Deficiencia de neuroactivo en mujeres con obesidad y anorexia
Raquel Lemos Rodríguez nos presenta una muy buena analogía, basada en la reconocida novela el túnel de Ernesto Sabato, sobre el proceso de duelo y aceptación:
Puede parecer paradójico, pero es que no hay duelo que cure sin dolor. Es necesario hundirnos en el pozo de nuestros sentimientos. Notar cómo nos dejamos caer mientras intentamos negar lo ocurrido, nos enfadamos y, posteriormente, liberamos toda la tristeza que se ha instalado en nuestro interior. Es, en esta penúltima fase, en la que la desesperanza hace acto de presencia y la situación se vuelve más crítica por el peligro de abandono.
La desesperanza nos quita las ganas de todo. Nos invita a sentirnos víctimas de las circunstancias y a que vayamos en búsqueda de la depresión, que con nuestras acciones llamamos de manera inconsciente. Creemos que no tenemos fuerzas para seguir adelante y salir de ese pozo en el que nos hemos sumergido. Un pozo que no parece tener salida.
El pozo, no es tal en realidad, ¡es un túnel! Debe ser transitado, entramos en él y tenemos que salir de él. Sin embargo, en nuestro miedo por sentir, experimentar y aceptar lo vivido, nuestra falta de esperanzas nos hace percibirlo como un pozo en el que todo carece de sentido.
Por eso, en ocasiones con la muerte de un familiar o la ruptura de una pareja creemos que no encontraremos de nuevo la manera de sentirnos bien, de ser felices y seguir adelante. Consideramos que después de ese final ya no habrá más obras ni más aventuras. Nos aferramos tanto a esas personas y situaciones vividas con ellas que creemos que no tenemos ninguna oportunidad. No obstante, esto no es así. Pero para comprenderlo hay que abrazar el dolor, sentirlo y, finalmente, aceptarlo para poder seguir adelante.
Imperdible entrevista que hizo Inés Abalo Rodríguez a Marino Perez Álvarez, catedrático de Psicología de la Personalidad y conocido crítico del neurocentrismo:
El cerebro humano actual es exactamente igual desde hace veinte, treinta o incluso cuarenta mil años, según algunos autores. Y sin embargo, actividades como el lenguaje, la escritura, la geometría o la ciencia han aparecido cronológicamente después; actividades cuya causa se atribuye en muchas ocasiones y de forma engañosa al cerebro. Todas estas actividades, incluyendo el lenguaje y la escritura, tienen una historia social y colectiva, no generada por un cerebro, sino por individuos, que tienen un cerebro, sí, pero que viven en una sociedad, en un contexto, que tienen sus circunstancias y unas posibilidades de vida. Y son esos contextos los que han permitido que el propio cerebro evolucione. El cerebro no crea estas actividades, sino que las media, las permite. El cerebro es un órgano mediador, no causador, de las actividades humanas. El cerebro forma parte de un andamiaje (como se dice en términos evolutivos y psicológicos) histórico y cultural gracias al cual media las actividades humanas, pero no las crea. Por eso hablo del “mito del cerebro creador”; porque el cerebro no crea, sino que media y permite la existencia de las actividades que se le atribuyen, pero estas actividades son históricas y sociales, colectivas, antes que generadas por ningún cerebro.
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