Uso de pantallas asociado con cambios estructurales en el cerebro de los niños
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Esta es la razón por la cual prefiero comprar libros académicos en formato impreso y los de ficción en formato digital:
Nuestro trabajo ha puesto de manifiesto que existe una discrepancia importante porque los estudiantes afirmaban que preferían leer en formato digital y que obtenían mejores resultados, mientras que en realidad su rendimiento solía empeorar si leían en pantallas.
Por ejemplo, cuando nos pusimos a revisar los estudios que se han llevado a cabo al respecto desde 1992, nos dimos cuenta de que los estudiantes podían comprender mejor la información impresa en textos de más de una página, algo que parece estar relacionado con el efecto perjudicial que tiene el desplazamiento por las ventanas de las pantallas en la comprensión lectora. También nos sorprendimos al saber que fueron muy pocos los investigadores que evaluaron el nivel de comprensión lectora o que documentaron el tiempo de lectura en sus estudios sobre textos impresos y digitales.
Sería un error asumir que los alumnos van a sacar provecho automáticamente de la lectura digital simplemente porque sea su medio preferido para leer.
Rafael Pampillón:
Leer en papel, en cambio, exige presencia. El texto no se mueve solo, no parpadea ni promete recompensas inmediatas. Pide tiempo. Y ese tiempo, hoy, parece casi un lujo. Luego nos sorprende que los alumnos no lean, o que lean sin comprender, o que leer les genere ansiedad.
También escriben peor. Porque escribir bien exige pensar bien. Y pensar bien requiere lentitud. La escritura a mano obliga a ordenar ideas, jerarquizar y decidir qué es importante.
(…)
La inteligencia artificial no es el enemigo. El problema es introducirla en un sistema educativo que ya estaba debilitado en términos de atención, esfuerzo y exigencia. Pensar que la tecnología va a arreglar lo que no hemos sabido resolver pedagógicamente es una huida hacia adelante.
Aquí hay algo incómodo que conviene decir: hemos confundido medios con fines. Hemos renunciado a exigir porque exigir incomoda. Y sin exigencia no hay aprendizaje profundo, solo cumplimiento superficial.
Me encanta la tecnología. De hecho, escribo esto justo después de lanzar una red social privada para los miembros de Psyciencia. Pero al mismo tiempo estoy cansado, saturado de pantallas. Puedo notar el efecto que tiene en mi atención y concentración. Por eso elijo cada día más el papel, y a mis estudiantes de maestría les pido que no usen computadora ni tablet en el aula. Al final, nada de eso los ayudará a aprender mejor. Con lápiz, papel y atención es suficiente.
Mary Harrington escribió un artículo contundente sobre cómo el consumo de contenido “chatarra” en internet está ampliando la brecha de desigualdad. Expone cómo los grupos económicos más poderosos están aprovechando esta tendencia para reforzar su control sobre las masas.
Lo interesante del ensayo es que muestra cómo las élites —con mayor poder adquisitivo— están tomando medidas activas para protegerse: limitan el uso de pantallas, pagan escuelas donde se restringe la tecnología, y priorizan el desarrollo de la lectura y la concentración en sus hijos. Mientras tanto, las personas con menos recursos no tienen ese margen de elección y quedan expuestas al consumo constante de videos y contenidos superficiales, lo que deteriora su comprensión lectora y su capacidad de atención:
La idea de que la tecnología está alterando nuestra capacidad no solo de concentración, sino también de lectura y razonamiento, está calando. Sin embargo, la conversación para la que nadie está preparado es cómo esto puede estar creando otra forma de desigualdad.
Piensa en esto comparándolo con los patrones de consumo de comida basura: a medida que las chucherías ultraprocesadas se han hecho más accesibles e inventivamente adictivas, las sociedades desarrolladas han visto surgir una brecha entre quienes tienen los recursos sociales y económicos para mantener un estilo de vida sano y quienes son más vulnerables a la cultura alimentaria obesogénica. Esta bifurcación tiene una fuerte influencia de clase: en todo el Occidente desarrollado, la obesidad se ha correlacionado fuertemente con la pobreza. Me temo que lo mismo ocurrirá con la marea de la postalfabetización.
La alfabetización a largo plazo no es innata, sino que se aprende, a veces laboriosamente. Como ha ilustrado Maryanne Wolf, académica de la alfabetización, adquirir y perfeccionar una capacidad de “lectura experta” de formato largo altera literalmente la mente. Reconfigura nuestro cerebro, aumenta el vocabulario, desplaza la actividad cerebral hacia el hemisferio izquierdo analítico y perfecciona nuestra capacidad de concentración, razonamiento lineal y pensamiento profundo. La presencia de estas características a escala contribuyó a la aparición de la libertad de expresión, la ciencia moderna y la democracia liberal, entre otras cosas.
Los hábitos de pensamiento formados por la lectura digital son muy diferentes. Como muestra Cal Newport, experto en productividad, en su libro de 2016, Céntrate, el entorno digital está optimizado para la distracción porque diversos sistemas compiten por nuestra atención con notificaciones y otras exigencias. Las plataformas de las redes sociales están diseñadas para crear adicción, y el mero volumen de material incentiva intensos “bocados” cognitivos de discurso calibrados para la máxima compulsividad por encima del matiz o el razonamiento reflexivo. Los patrones de consumo de contenidos resultantes nos forman neurológicamente para hojear, reconocer patrones y saltar distraídamente de un texto a otro, si es que acaso utilizamos nuestros teléfonos para leer.
La capacidad de concentración se ha vuelto un recurso escaso, y por eso mismo, cada vez más valioso. Si hay una habilidad que puede darte una ventaja real en el mundo actual, es esta: leer más libros y pasar menos tiempo frente a las pantallas.
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