¿Qué miden las escalas para depresión?

En la Navidad de 2018, Miguel Terol perdió de forma repentina la vista en el ojo derecho. Seis semanas después, sintió algo extraño en el otro ojo. Se fue a urgencias y allí, esperando, sintió como se le iba apagando la luz. Asustado, se puso a gritar: “¡Que no veo, que no veo!» En el hospital le diagnosticaron una neuropatía óptica isquémica anterior no arterítica, una pérdida súbita de la visión que se produce por la falta de flujo al nervio óptico. “Es un tipo de infarto que va a los ojos”, explica Terol. Su neuróloga le habló de un ensayo experimental en la Universidad Miguel Hernández (UMH) de Elche. En junio del 22, en plena pandemia, le abrieron la cabeza para colocarle un minúsculo implante de 4×4 milímetros con 100 microagujas en su corteza visual, en la zona de la nuca. Buscaban estimular el córtex para reproducir percepciones visuales. Aunque el ensayo era para validar la tecnología, él recuperó la suficiente visión para percibir la luz, detectar movimientos, identificar objetos y hasta leer grandes caracteres en una pantalla. Fue inesperado. Y aunque es un solo caso, será la base para intentarlo con otros.
https://elpais.com/ciencia/2026-02-03/un-implante-en-el-cerebro-permite-recuperar-la-vision-a-un-hombre-ciego-por-una-lesion-en-el-nervio-optico.html
Según el estudio, liderado por el biólogo molecular Uri Alon, del Instituto de Ciencia Weizmann de Israel, hasta el 55% de la variación en la duración de la vida humana estaría determinada por factores genéticos, siempre que se sustraiga el efecto de las causas de muerte externas, como accidentes o infecciones. Esta tasa es más del doble que lo que decían las estimaciones previas, que situaban la heredabilidad de la duración de la vida humana entre el 6% y el 33%.
Hoy me encontré este Substack de Francisco Alcoba que tiene muchas cosas para reflexionar:
Antes, discrepar abría una conversación. Hoy, suele cerrarla. No porque falten datos o razones, sino porque el desacuerdo ha dejado de ser un proceso y se ha convertido en un punto de llegada.
Formular una hipótesis, corregirla, matizarla, retirarla cuando era desmontada: esos pasos formaban parte natural del debate. Permitían avanzar, incluso cuando no había acuerdo. Hoy, en cambio, discrepar suele fijar una posición. Se enroca la idea, se clausura la alternativa y se elimina la posibilidad del error.
El problema no es discrepar.
Es que, una vez hecho, ya no hay marcha atrás.Cuando el desacuerdo deja de ser reversible, deja de ser útil. Sin capas, sin matiz, sin posibilidad de corrección, no hay debate funcional: solo afirmaciones enfrentadas.
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