Medicarse para no sentir: lo que sabemos del abuso de medicamentos en adolescentes
El abuso de medicamentos en adolescentes no siempre busca euforia: muchas veces es un intento de apagar la ansiedad. Los estudios sugieren que buena parte de los jóvenes que usan fármacos sin indicación médica lo hace para relajarse, dormir o dejar de preocuparse, y que ese consumo se asocia con más autolesiones y conducta suicida. Son asociaciones, no pruebas de causa, pero dibujan un patrón que conviene conocer: el de quien se medica por su cuenta para no sentir.
Un reportaje de Laura Bicker, corresponsal en Pekín, publicado en BBC Mundo, le pone rostro. Cuenta la historia de Xiaomei (un seudónimo), una alumna brillante que a los 14 años empezó a tomar un antitusivo comprado por internet y que durante dos años fue pasando a analgésicos y anticonvulsivos que le recomendaban en grupos de chat. Lo hacía cuando la presión de los exámenes o las discusiones con sus padres se volvían insoportables: «Intentaba huir de la realidad».
Un fármaco detrás de otro
Por la descripción y las medidas que menciona el reportaje, el antitusivo es el dextrometorfano. China lo pasó a venta con receta en 2021, prohibió su venta minorista en línea en 2022 y, desde el 1 de julio de 2024, lo clasifica como psicotrópico de segunda categoría (NMPA et al., 2024; Li, 2026).
La demanda no desapareció. Según médicos citados por el medio chino Sixth Tone, muchos jóvenes se pasaron a la pregabalina, un fármaco para la epilepsia, el dolor neuropático y la ansiedad generalizada, barato y fácil de obtener tras una breve consulta en línea. Un especialista del Centro de Salud Mental de Shanghái contó que los casos que atendía casi se cuadruplicaron en la segunda mitad de 2025 (Li, 2026). Es una observación clínica, no un dato epidemiológico, pero en abril de 2026 las autoridades endurecieron también las reglas para la pregabalina oral y los preparados de dextrometorfano con guaifenesina: ni venta en línea ni a menores, receta archivada en la farmacia y aviso ante compras repetidas (Dai, 2026).
Es un efecto de sustitución: cuando se restringe un fármaco, quien lo usa para regular sus emociones busca otro con efectos parecidos. El propio especialista de Shanghái advierte que controlar un medicamento concreto no elimina la demanda.
¿Qué tan frecuente es?
No hay cifras nacionales recientes, y la BBC señala que hay pocos datos oficiales. Las mejores estimaciones en China vienen de encuestas escolares anteriores a esta ola.
En una muestra de 21.774 estudiantes de secundaria de Guangdong, el 6,3 % había usado alguna vez un medicamento recetado sin indicación médica: opioides (3,9 %), sedantes (3,2 %) o estimulantes (2,5 %). El consumo se asoció con factores familiares como la relación entre los padres, el nivel económico o los problemas de alcohol o drogas de los padres (Wang et al., 2019). En otra encuesta, con 12.923 estudiantes de formación profesional de seis ciudades, el 3,47 % había tomado jarabe para la tos sin fines médicos; la impulsividad y la búsqueda de sensaciones aumentaban el riesgo, y una mayor supervisión de los padres se asoció con menos consumo (Wu et al., 2016).
El fenómeno no es exclusivo de China. Una revisión sobre su epidemiología mundial lo describe como un problema internacional, aunque casi toda la evidencia sobre prevención y tratamiento procede de Estados Unidos y es de calidad limitada (Perlmutter et al., 2018).
Medicarse para no sentir
Para la psicología, lo más relevante de la historia de Xiaomei es el para qué. En una muestra nacional de 12.431 estudiantes estadounidenses del último año de secundaria, cerca del 75 % de quienes usaban opioides, estimulantes o tranquilizantes sin receta lo hacía por más de un motivo, y entre los perfiles identificados estaban «relajarse» y «regular el estado de ánimo» (McCabe y Cranford, 2012).
Entre adolescentes estadounidenses evaluados para recibir tratamiento por consumo de sustancias (alcohol, cannabis u otras drogas), el motivo más citado fue «sentirse tranquilo o relajado» (73 %), seguido de «dejar de preocuparse por un problema u olvidar malos recuerdos» (44 %) y «ayudar con la depresión o la ansiedad» (40 %). La mitad consumía a solas (Connolly et al., 2024). No es una muestra representativa, pero sugiere que el malestar emocional está en el centro del consumo.
El mecanismo es conocido: si una pastilla quita la angustia en minutos, el alivio refuerza tanto el consumo como la evitación. La tolerancia obliga a subir la dosis, como le pasó a Xiaomei, y los problemas de fondo siguen ahí.
La presión académica, un factor de riesgo plausible
La primera revisión sistemática sobre presión académica y salud mental adolescente reunió 52 estudios, la mitad de Asia. En 48 se encontró una asociación entre la presión académica (o la cercanía de los exámenes) y la depresión, la ansiedad, las autolesiones o la ideación suicida. Pero 39 eran transversales, de modo que no se puede afirmar que la presión cause esos problemas (Steare et al., 2023).
En China, una encuesta en dos fases que cribó a 73.992 niños y adolescentes de 6 a 16 años y evaluó en detalle a 17.524 estimó que el 17,5 % tenía algún trastorno mental (Li et al., 2022). Para atenderlos, el país contaba con menos de 500 psiquiatras infantojuveniles a tiempo completo, la cifra que también recoge la BBC (Zheng, 2020). En el reportaje, el sociólogo Xiang Biao, director del Instituto Max Planck de Antropología Social, suma otros factores: familias con un solo hijo que concentran en él sus expectativas, jornadas escolares de nueve o diez horas y poco espacio para la vida social.
Los riesgos de cada fármaco
Que un medicamento sea legal no significa que sea seguro fuera de la dosis y la indicación:
- Dextrometorfano. En dosis altas, su metabolito activo bloquea los receptores NMDA y produce experiencias disociativas parecidas a las de la ketamina; con algunos antidepresivos puede desencadenar un síndrome serotoninérgico (Schifano et al., 2021). Un análisis de farmacovigilancia en Shenzhen describió a quienes abusaban de él como personas jóvenes, con consumo prolongado y dificultad para dejarlo (Xing et al., 2026).
- Pregabalina y gabapentina. Una revisión sistemática de 100 estudios confirma que se usan mal con fines terapéuticos y recreativos, que mezclarlas con opioides o benzodiacepinas aumenta el riesgo de sobredosis y que hay cada vez más casos en adolescentes (Evoy et al., 2026). En Francia, el uso recreativo supuso el 24,6 % de las exposiciones intencionales a pregabalina en adolescentes, frente al 3,6 % en adultos; la mayoría de esos chicos vivía en la calle o en centros para migrantes, y el 8 % tuvo síntomas graves, como coma o convulsiones (Dufayet et al., 2021).
- Anticolinérgicos. El reportaje menciona un antiparkinsoniano recomendado en los chats «para alucinar». Los anticolinérgicos que se usan en el párkinson, como el trihexifenidilo, tienen un mal uso documentado que puede causar taquicardia, agitación y delirio (Chiappini et al., 2022).
A una chica intoxicada le aconsejaron en un chat «simplemente duerme». Es un mal consejo: con sedantes, mezclas y dosis desconocidas, dormir no protege. Ante una posible sobredosis hay que pedir atención de urgencia.
El vínculo con las autolesiones
Xiang Biao observa además una relación entre el abuso de fármacos y las autolesiones, y la investigación con adolescentes chinos apunta en la misma dirección. En un estudio longitudinal con 3.273 estudiantes de Guangzhou, quienes usaban medicamentos sin indicación médica al inicio tenían, un año después, más probabilidades de ideación suicida (OR ajustada = 1,97) y de intentos de suicidio (OR ajustada = 2,91), aun teniendo en cuenta los síntomas depresivos y la conducta suicida previa. Parte de esa relación pasaba por la depresión (Guo et al., 2016).
En una encuesta nacional con 152.527 estudiantes, el uso no médico de opioides (OR ajustada = 1,82) y de sedantes (OR ajustada = 2,03) se asoció con más autolesiones no suicidas, incluso después de ajustar por presión académica y síntomas depresivos; en las chicas, la asociación con los sedantes fue más fuerte (Xie et al., 2021). Encaja con lo que se sabe en adultos: el trastorno por consumo de sustancias se asocia con un riesgo mucho mayor de conducta suicida.
¿Qué tan sólida es la evidencia?
- El reportaje no es un estudio. Sus testimonios ilustran el fenómeno, pero no dicen cuán extendido está.
- Los datos chinos son antiguos y locales. Las encuestas escolares son de 2009 a 2015, muchas de Guangdong, y se basan en autoinformes. Sobre la ola de dextrometorfano y pregabalina solo hay informes de casos y observaciones clínicas.
- Predominan los diseños transversales, tanto en presión académica como en autolesiones. El estudio de Guo et al. (2016) es longitudinal, pero sigue siendo observacional, y la relación puede ir en ambos sentidos: el malestar lleva al consumo y el consumo agrava el malestar.
- Los estudios sobre motivos son estadounidenses y analizan otros fármacos, sobre todo opioides, estimulantes y tranquilizantes.
Implicaciones clínicas y prácticas
En consulta
- Preguntar de forma explícita. Muchos adolescentes no consideran «drogas» un jarabe o una pastilla de farmacia. La Academia Estadounidense de Pediatría propone integrar en la consulta el cribado del consumo, la intervención breve y la derivación (Levy et al., 2016).
- Explorar la función. Saber qué alivia la pastilla orienta el tratamiento: si calma la ansiedad, el foco es la ansiedad y otras formas de regularla.
- Evaluar el riesgo suicida siempre que haya uso no médico de medicamentos.
- Informar para reducir daños: no mezclar con alcohol, opioides ni benzodiacepinas, no consumir a solas y reconocer los signos de una intoxicación grave.
En casa
Xiaomei cuenta que lo que cambió las cosas fue que sus padres, tras la sobredosis, no la regañaron y empezaron a escucharla. Una historia no permite generalizar, pero la supervisión de los padres y el clima familiar se asocian con menos consumo (Wang et al., 2019; Wu et al., 2016). Y en tres ensayos aleatorizados, programas breves de prevención con familias y escuelas aplicados en los primeros años de secundaria redujeron el uso indebido de medicamentos recetados años después, con reducciones relativas de entre el 20 % y el 79 % según el estudio y el subgrupo (Spoth et al., 2013). Para empezar la conversación, puede servir esta guía sobre cómo hablar de drogas con un adolescente.
En la escuela y las políticas públicas
El caso chino muestra los límites de cerrar el acceso fármaco por fármaco. Si la presión académica es un factor de riesgo, como sugiere la revisión de Steare et al. (2023), reducirla y ofrecer apoyo psicológico accesible es tan importante como vigilar las farmacias. Hay intervenciones no farmacológicas para reducir el estrés académico con evidencia en universitarios, y conviene recordar por qué presionar a los niños para que sean exitosos es contraproducente.
Más allá de las pastillas
Las historias que recoge la BBC sugieren que detrás de cada caja comprada en línea suele haber un malestar sin atender. Restringir la venta es necesario, pero la evidencia sugiere que también hay que atender ese malestar.
Este artículo es informativo y no sustituye la evaluación, el diagnóstico ni el tratamiento de un profesional de la salud. Si tú o alguien cercano ha tomado una dosis peligrosa o piensa en hacerse daño, busca atención de urgencia en tu país.
Este artículo se inspira en el reportaje «Los adolescentes chinos que consumen fármacos para adormecer la mente y “escapar de la realidad”», de Laura Bicker, publicado en BBC News Mundo el 2 de septiembre de 2026, y lo contrasta con la investigación original.
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Referencias
- Bicker, L. (2026, 2 de septiembre). Los adolescentes chinos que consumen fármacos para adormecer la mente y «escapar de la realidad». BBC News Mundo. https://www.bbc.com/mundo/articles/cy8zp49p5llo
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