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Este artículo de The New York Times me pareció excelente por su equilibrio y actualidad, ya que presenta la información más reciente sobre los efectos de los antidepresivos. Además, aborda de manera clara las principales preocupaciones y debates en torno a su uso, como el embotamiento emocional, el aumento de peso, la ideación suicida, los síntomas de abstinencia, los efectos en la vida sexual y su comparación con los placebos.
A continuación les comparto un fragmento sobre el embotamiento emocional y antidepresivos:
Cuando un antidepresivo empieza a hacer efecto, puedes sentirte una persona diferente en algunos aspectos, dijo Naomi Torres-Mackie, psicóloga clínica de Nueva York.
“Imagínate esta nube gigante y oscura que te agobia: cuando se disipe, el mundo parecerá distinto”, dijo, y añadió: “Pero a medida que te acostumbras a ello, puedes ver que en realidad te permite tener más alegría en tu vida”.
Por otra parte, hasta la mitad de las personas que toman antidepresivos pueden experimentar cierto grado de embotamiento emocional o adormecimiento de las emociones, y las investigaciones sugieren que es más probable que el embotamiento se produzca con una dosis más grande de medicación.
Cuando los antidepresivos funcionan correctamente, los pacientes deberían seguir sintiendo una variedad de emociones, aunque la tristeza que solían sentir a diario haya desaparecido, dijo Laine Young-Walker, jefa del departamento de psiquiatría de la Facultad de Medicina de la Universidad de Misuri.
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Muy buena revisión del término gente tóxica en el diario El País:
A pesar de su popularidad, la categoría carece por completo de base científica. Hablar de consenso respecto a sus características carece de sentido, ya que no se trata de un fenómeno de investigación empírica. Su vaguedad está más próxima a las acusaciones medievales de brujería que al estudio riguroso de la mente y el comportamiento humanos. Aun así, sin observación analítica ni criterio estable, las advertencias sobre los humanos tóxicos han corrido de boca en boca hasta convertirse en un mantra social.
La testosterona, una hormona que se produce sobre todos en los testículos, se ha identificado con la masculinidad. En algunos ámbitos se aspira a diluirla, pero el atractivo de los suplementos de testosterona muestra que muchos hombres, sobre todo a partir de cierta edad, siguen creyendo en su poder como fuente de energía, confianza y deseo sexual. Aunque unos niveles más elevados de testosterona se asocian a una mayor masa muscular o fuerza, ambos rasgos asociados a la hombría tradicional, la medición científica de esta hormona muestra que la correlación no existe con algo tan escurridizo como el deseo.
Hoy miércoles, la revista Proceedings of the Royal Society B publica un trabajo en el que se pone a prueba la creencia de que la testosterona regula las fluctuaciones en el deseo masculino. Para analizar esa relación, los autores midieron la testosterona en la saliva de 41 hombres durante un mes y les pidieron que registrasen sus niveles de deseo sexual diariamente. Durante ese tiempo, no encontraron una relación positiva entre los niveles de testosterona y deseo, algo que interpretan como la confirmación, que ya se ha recogido en otros estudios, de que esta hormona no está relacionada con cambios en el deseo de hombres que la tienen en una cantidad normal.
Algo que sí se ha visto, sin embargo, es que la testosterona puede devolver el deseo a hombres con niveles de testosterona por debajo de lo considerado saludable o que las mujeres, que de forma natural producen muy poca, sienten un incremento en su deseo cuando la reciben como suplemento. Sin embargo, cuando se superan los umbrales mínimos, los picos de testosterona no ceban el deseo.
Muy interesante estos datos. Es común pensar que más testosterona elevará el deseo y no es así. Puedes leer el artículo completo en El País.
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