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  • Ciencia

¿De verdad tenemos un «tipo» de pareja?

  • 03/07/2026
  • David Aparicio

Casi todos conocemos a alguien —o somos esa persona— que termina una relación jurando que la próxima pareja va a ser completamente distinta. Más tranquila, menos celoso, más organizada, lo que sea que «aprendimos» de la relación anterior. Y sin embargo, cuando les preguntas a los amigos en común, la respuesta suele ser algo como: «es igualito al anterior». Durante años esto quedó en el terreno del chisme y la anécdota. Un estudio publicado en 2019 en PNAS decidió medirlo en serio, y lo que encontró va a ser un poco incómodo, especialmente si crees que aprendiste rápido de tus experiencias relacionales.

Vamos con el artículo:

El problema con preguntarle a una sola persona

Antes de este estudio, casi toda la evidencia sobre «tipos» de pareja venía de un mismo lugar: le preguntabas a alguien cómo describiría a su pareja actual y a su ex, y comparabas las respuestas. El problema es obvio si trabajas en terapia de pareja: la forma en que describimos a alguien con quien estamos —o con quien terminamos mal— está cargada de sesgo motivacional. Idealizamos a quien tenemos al lado y a veces caricaturizamos a quien dejamos atrás para justificar la ruptura. No es mentira consciente, es la mente ordenando la narrativa.

Yoobin Park y Geoff MacDonald, de la Universidad de Toronto, resolvieron esto de una forma elegante: en vez de preguntarle a una persona cómo eran sus dos parejas, usaron datos del German Family Panel, un estudio longitudinal alemán que sigue a miles de personas desde 2008, y que en algún momento le pidió a las parejas mismas —no al participante— que describieran su propia personalidad con el Big Five Inventory. Así consiguieron 332 personas que tenían autorreportes de personalidad de dos parejas distintas en momentos diferentes de su vida: la ex y la actual, ambas hablando de sí mismas, no siendo descritas por un tercero con sesgo.

Lo que encontraron

El análisis estadístico es más sofisticado de lo que parece a simple vista, así que vale la pena entender qué estaban tratando de separar. Cuando la pareja actual se parece a la ex, eso puede pasar por tres razones distintas:

Primero, porque la gente en general tiende a describirse de forma parecida y socialmente deseable.

Segundo, porque ambas parejas se parecen a ti mismo. Esto es el clásico efecto de emparejamiento selectivo (assortative mating): si tiendes a salir con gente parecida a ti, entonces tu ex y tu actual van a parecerse entre sí simplemente porque las dos se parecen a ti.

Y tercero —lo interesante de verdad— es que la pareja actual se parezca a la ex de una forma que no se explica ni por lo normativo ni por el parecido contigo. A esto lo llamaron similitud distintiva, y es la evidencia más limpia posible de que existe un «tipo» independiente de nosotros mismos.

El resultado: incluso controlando esos dos factores, la similitud distintiva fue significativa (b = 0.22, p < 0.001). Traducido: el perfil de personalidad de tu pareja actual predice, en algo, el perfil de tu ex, más allá de cualquier parecido contigo o de rasgos socialmente deseables compartidos. Y esto se replicó con un método estadístico completamente distinto (correlación intrapersona), lo que le da bastante solidez al hallazgo.

Quién tiene menos «tipo» fijo

La parte que más me interesó fue la de diferencias individuales. Extraversión y apertura a la experiencia se asociaron negativamente con la similitud distintiva: las personas más extravertidas y más abiertas tendían a tener parejas actuales menos parecidas a sus ex, no más.

Los autores ofrecen dos lecturas posibles, y ninguna es definitiva porque el diseño no permite separarlas. Una es que las personas altas en apertura buscan activamente la novedad, incluyendo novedad en el tipo de pareja. La otra, más interesante desde una óptica contextual, es que la extraversión y la apertura predicen redes sociales más grandes y heterogéneas, así que el «pool» de personas disponibles para emparejarse es simplemente más diverso, sin que haya necesariamente una búsqueda activa de diferencia. El estudio no puede decirte cuál de las dos está pasando, y los propios autores son honestos al señalar que este hallazgo no se replicó completamente en el análisis alternativo, así que hay que tomarlo con cautela.

Por qué esto importa en consulta

No hace falta forzar demasiado la conexión clínica. Cuando alguien llega a terapia después de una ruptura convencido de que «esta vez va a ser distinto», vale la pena sostener esa intención sin prometerle que el patrón desaparece solo. Los datos sugieren que el tipo de pareja que elegimos —o que nos elige, porque el estudio no puede distinguir activamente entre elegir y ser elegido— tiene más inercia de la que la narrativa post-ruptura suele admitir. Eso no es una condena determinista; es información. Si el patrón es real y en parte está fuera de la conciencia, entonces el trabajo terapéutico útil no es solo «elegir distinto» como acto de voluntad, sino entender qué necesidades, contextos o redes sociales siguen produciendo el mismo tipo de encuentro una y otra vez.

También hay una lectura menos ansiosa: los autores mencionan en la discusión que parecerse a rasgos del expareja no es necesariamente malo. Puede reflejar patrones de interacción que funcionaron bien en la relación anterior y que ahora se replican, o una sensación de familiaridad que facilita la apertura emocional más rápido con la nueva pareja. El patrón en sí no es el problema; el contenido específico de ese patrón sí importa.

Una limitación que vale la pena mencionar

La muestra es alemana, mayormente sin trasfondo migratorio, con relaciones pasadas relativamente jóvenes (promedio de casi 26 años al momento del último reporte con la ex) y de corta duración (3 años y 10 meses en promedio). No sabemos si este patrón se sostiene en poblaciones latinoamericanas, en relaciones más largas o en personas mayores que ya llevan varios ciclos de pareja. Además, el efecto es real pero modesto: hay similitud distintiva, no somos clones repitiendo siempre a la misma persona.

Dicho eso, es de los pocos estudios que logra separar metodológicamente el «yo elijo gente parecida a mí» del «mis parejas se parecen entre sí más allá de mí», usando autorreportes reales de ambas parejas en vez de descripciones filtradas por quien cuenta la historia. Eso, en un tema tan cargado de anécdota y sentido común, ya es ganancia.

Referencia: Park, Y., & MacDonald, G. (2019). Consistency between individuals’ past and current romantic partners’ own reports of their personalities. Proceedings of the National Academy of Sciences, 116(26), 12793–12797.

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  • Ciencia

Marihuana en la adolescencia: el riesgo de psicosis y bipolaridad que la evidencia ya no puede ignorar

  • 01/07/2026
  • David Aparicio

Cada vez es más fácil para un adolescente conseguir cannabis. La legalización avanza, la percepción de riesgo baja generación tras generación, y los productos que circulan hoy tienen concentraciones de THC muy superiores a las de hace veinte años. En ese contexto, un estudio publicado en JAMA Health Forum le pone números a una pregunta que como clínicos nos hacemos todo el tiempo: ¿qué tan grande es el riesgo real de que el consumo de cannabis en la adolescencia derive en un trastorno psiquiátrico diagnosticado?

La respuesta corta: mayor del que muchos padres, adolescentes —y hasta algunos colegas— asumen. La respuesta larga tiene matices que vale la pena entender antes de sacar conclusiones apresuradas.

Un estudio con una escala poco habitual

Lo primero que llama la atención de este trabajo, liderado por Kelly Young-Wolff y su equipo en Kaiser Permanente Northern California, es el tamaño de la muestra: 463,396 adolescentes de entre 13 y 17 años, seguidos hasta los 25 años, entre 2016 y 2023.

No es una encuesta retrospectiva basada en lo que la gente recuerda haber consumido años atrás. Es un sistema de salud integrado que le pregunta a cada adolescente, de forma confidencial, en cada control pediátrico: ¿usaste marihuana en el último año? Esa pregunta se repite cada dos años aproximadamente, lo que permite tratar el consumo como una variable que cambia en el tiempo —no como una etiqueta fija— y cruzarla con los diagnósticos que después aparecen en la historia clínica electrónica.

Esa es la gran fortaleza metodológica del estudio: en vez de depender de síntomas autorreportados o de diagnósticos de trastorno por uso de cannabis (que suelen implicar consumo más severo), midieron cualquier consumo autorreportado en el último año. Y aun así, encontraron asociaciones consistentes y estadísticamente sólidas con cuatro categorías diagnósticas: trastornos psicóticos, bipolares, depresivos y de ansiedad.

Los números

De los casi 465 mil adolescentes, un 5.7% reportó consumo de cannabis en el año previo al inicio del seguimiento. Ese grupo, comparado con quienes no consumieron, mostró un riesgo ajustado (hazard ratio ajustado, o AHR) de:

  • 2.19 veces más riesgo de desarrollar un trastorno psicótico
  • 2.01 veces más riesgo de desarrollar un trastorno bipolar
  • 1.34 veces más riesgo de desarrollar un trastorno depresivo
  • 1.24 veces más riesgo de desarrollar un trastorno de ansiedad

Los modelos ya venían ajustados por sexo, etnia, nivel socioeconómico del vecindario, tipo de seguro médico y consumo de alcohol y otras sustancias (también medido como variable cambiante en el tiempo, no como un dato fijo).

Vale la pena traducir esto a algo más concreto: durante el seguimiento hubo 4,105 diagnósticos nuevos de trastorno psicótico y 4,061 de trastorno bipolar —cifras bajas en términos absolutos, porque son condiciones poco frecuentes—, frente a 62,137 diagnósticos nuevos de depresión y 73,096 de ansiedad, que son mucho más comunes. Es decir: el cannabis se asoció con un salto proporcional enorme en condiciones raras y graves, y con un incremento más moderado pero afecta a muchísima más gente en condiciones frecuentes.

Lo que más me interesó como clínico: el riesgo cambia con la edad

Este es, para mí, el hallazgo más útil del estudio para la práctica clínica. Para depresión y ansiedad, la fuerza de la asociación no es constante: es más alta cuanto más joven es el adolescente y prácticamente desaparece hacia los 21-25 años.

Para depresión, el AHR fue de 1.78 entre los 13 y 15 años, bajó a 1.35 entre los 16 y 17, a 1.21 entre los 18 y 20, y dejó de ser estadísticamente significativo entre los 21 y 25 años. El patrón para ansiedad fue prácticamente calcado.

En cambio, para los trastornos psicóticos y bipolares esa atenuación con la edad no aparece de la misma forma: el riesgo se mantiene alto durante toda la ventana de seguimiento. Esto encaja con la hipótesis de que la adolescencia temprana —cuando el sistema endocannabinoide todavía está en pleno desarrollo y los receptores CB1 tienen una expresión particularmente alta en el cerebro— es una ventana de vulnerabilidad especial, sobre todo para la psicopatología más severa.

¿Causa o consecuencia? El problema de siempre

Cualquiera que trabaje en salud mental sabe que esta es la pregunta incómoda. ¿El cannabis genera el trastorno, o los chicos que ya venían con síntomas prodrómicos empiezan a consumir para automedicarse?

Las autoras hicieron varios ejercicios para intentar acotar esa incertidumbre:

Ajustaron por historia psiquiátrica previa. Cuando controlaron por diagnósticos psiquiátricos anteriores (sin incluir la historia del mismo desenlace que estaban midiendo), las asociaciones bajaron un poco pero siguieron siendo significativas: psicótico 1.92, bipolar 1.73, depresivo 1.33, ansiedad 1.19.

Excluyeron a todo el que tuviera antecedentes psiquiátricos. En un análisis todavía más conservador, sacaron del análisis a cualquier adolescente con historia previa de cualquiera de los cuatro trastornos o de trastorno de conducta disruptiva. Los resultados se mantuvieron prácticamente iguales.

Midieron el orden temporal. El tiempo promedio entre el primer reporte de consumo de cannabis y el diagnóstico psiquiátrico incidente fue de 1.7 a 2.3 años, según el trastorno. El consumo precedió al diagnóstico, lo cual apoya —sin probar— una relación causal.

Calcularon E-values. Esta es una herramienta estadística que estima qué tan fuerte tendría que ser un factor de confusión no medido (genética, experiencias adversas en la infancia, salud mental de los padres) para anular por completo la asociación observada. Para trastorno psicótico, el E-value fue 3.79; para bipolar, 3.44; para depresión, 2.02; para ansiedad, 1.79. En criollo: haría falta un factor de confusión bastante potente —casi cuadruplicando el riesgo por sí solo— para explicar por completo lo que se encontró en psicosis y bipolaridad. Para ansiedad, en cambio, un confusor más modesto ya podría explicar buena parte del efecto.

Ninguno de estos análisis prueba causalidad. Los diseños observacionales no pueden hacerlo, y las mismas autoras lo reconocen: la causalidad reversa —consumir cannabis para automedicar síntomas prodrómicos todavía no diagnosticados— sigue siendo una explicación plausible, sobre todo para ansiedad y depresión.

Por qué esto le importa a quien hace clínica con adolescentes

Más allá del debate estadístico, hay algo que este estudio deja bastante claro y que es útil llevar a la consulta: la adolescencia temprana parece ser el período de mayor vulnerabilidad, y los trastornos psicótico y bipolar muestran las asociaciones más fuertes y más persistentes en el tiempo.

Esto tiene implicaciones prácticas concretas:

  • Vale la pena preguntar rutinariamente por consumo de cannabis en la anamnesis con adolescentes, sobre todo si hay antecedentes familiares de trastornos del espectro psicótico o bipolar.
  • Frente a un primer episodio de síntomas afectivos o psicóticos en un adolescente que consume cannabis, tiene sentido abordar ambas hipótesis a la vez —que el consumo esté precipitando el cuadro, y que el cuadro esté motivando el consumo— en lugar de asumir una sola dirección.
  • El mensaje de prevención más honesto no es «el cannabis causa esquizofrenia», que sería una simplificación excesiva de datos observacionales. El mensaje más ajustado a la evidencia es que el consumo temprano se asocia con un aumento sustancial del riesgo de varios trastornos psiquiátricos, con la señal más fuerte en los cuadros más severos, y que ese riesgo parece concentrarse en los años de la adolescencia temprana y media.

Las limitaciones que hay que tener presentes

El estudio se hizo en un solo sistema de salud del norte de California, con población asegurada, lo que limita su generalización a poblaciones sin acceso regular a atención médica o a contextos donde el cannabis no está legalizado. El consumo se midió con una sola pregunta de sí o no, sin datos de frecuencia, vía de consumo o potencia del producto —variables que otros estudios han señalado como determinantes del riesgo—. Y como suele pasar con el autorreporte, es probable que el consumo real esté subestimado.

Tampoco hay que perder de vista que casi dos tercios de los diagnósticos de trastorno psicótico fueron clasificados como «psicosis no especificada», lo cual probablemente refleja una práctica diagnóstica cautelosa en población adolescente más que un patrón clínico homogéneo.

La conclusión que me llevo

Este no es un estudio que resuelve el debate sobre causalidad —ninguno lo hace realmente en este campo—, pero sí es, hasta ahora, uno de los intentos más grandes y metodológicamente cuidadosos de cuantificar el problema con datos clínicos reales, no con síntomas autorreportados ni muestras pequeñas.

Con la reserva de que la asociación no es lo mismo que causa, el patrón que emerge es difícil de ignorar: cuanto antes empieza el consumo, mayor parece ser el riesgo, y ese riesgo es particularmente alto para las condiciones psiquiátricas más severas. Para cualquiera que trabaje en salud mental con población adolescente, es un dato más para tener en la cabeza al momento de pensar en prevención, psicoeducación con familias, y abordaje temprano.

Referencia: Young-Wolff KC, Cortez CA, Alexeeff SE, et al. Adolescent Cannabis Use and Risk of Psychotic, Bipolar, Depressive, and Anxiety Disorders. JAMA Health Forum. 2026;7(2):e256839. doi:10.1001/jamahealthforum.2025.6839

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Límites: un recurso completo para psicoeducación y trabajo clínico

  • 01/07/2026
  • David Aparicio

Los límites son uno de esos temas que aparecen en casi cualquier proceso terapéutico, pero que no siempre es fácil explicar con claridad, sobre todo cuando la persona nunca se ha detenido a pensar en ellos como algo que se puede nombrar, evaluar y trabajar de forma concreta.

¿Qué son los límites personales, técnicamente hablando?

En términos clínicos, los límites se entienden como las reglas y expectativas —explícitas o implícitas— que una persona establece sobre cómo otros pueden tratarla, y sobre cuánto de sí misma comparte en una relación. No son un rasgo fijo de personalidad, sino un patrón relacional que varía según el vínculo, el contexto y el momento vital.

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  • Ciencia

¿Ozempic reduce la violencia?

  • 01/07/2026
  • David Aparicio

Hay estudios que uno lee con escepticismo automático apenas ve el titular. «Ozempic reduce la violencia» suena exactamente al tipo de afirmación que se vuelve viral, se simplifica hasta la caricatura, y termina generando más ruido que comprensión. Pero el estudio detrás de ese titular, publicado en Criminology, vale la pena mirarlo con calma, porque lo que realmente encontró es más matizado —y más interesante— que la versión de redes sociales.

La pregunta de fondo

Los agonistas del receptor GLP-1 (GLP-1 RA, por sus siglas en inglés) —Ozempic, Wegovy, Trulicity y similares— se diseñaron para tratar diabetes tipo 2 y obesidad. Pero desde hace un tiempo viene acumulándose evidencia de que hacen algo más: parecen modular el sistema de recompensa cerebral, reduciendo el craving, el consumo de alcohol y algunas conductas compulsivas como el juego patológico.

Daniel Semenza y Christopher Thomas, investigadores de Rutgers, se preguntaron algo que nadie había explorado todavía: si estos medicamentos modulan impulsividad y consumo de sustancias, ¿podrían también modular su traducción en violencia? No es una pregunta menor para quienes trabajamos en salud mental, porque la impulsividad y el consumo de alcohol son dos de los predictores más sólidos y replicados de conducta violenta en la literatura criminológica.

Cómo lo investigaron

Usaron datos de una encuesta representativa a nivel nacional en Estados Unidos, con 7.521 adultos encuestados en 2025. De ahí, se quedaron con 821 personas que habían usado GLP-1 alguna vez en su vida: 597 usuarios actuales y 224 usuarios anteriores.

La comparación entre usuarios actuales y anteriores —en lugar de comparar usuarios contra no usuarios— es una decisión metodológica inteligente. Resuelve, al menos parcialmente, un problema obvio: la gente que busca y accede a estos medicamentos ya es distinta de la población general (en peso, en acceso a salud, en comorbilidades). Comparar solo entre quienes alguna vez los usaron reduce ese sesgo de selección, aunque —como los mismos autores reconocen— no lo elimina del todo: las razones por las que alguien deja de tomar el medicamento (efectos secundarios, costo, pérdida de seguro) podrían correlacionarse también con el riesgo de violencia.

Midieron violencia con una escala validada de autorreporte (haber golpeado a alguien, haber estado en una pelea física, haber amenazado o robado con arma), impulsividad con una subescala derivada del Triarchic Psychopathy Measure, y consumo de alcohol con dos ítems del AUDIT. Ajustaron por un montón de covariables —ingreso, educación, salud mental percibida, seguridad del vecindario, diagnóstico de diabetes, entre otras— y usaron ponderación por superposición (overlap weighting) para balancear las características entre ambos grupos.

Lo que encontraron

Acá está el hallazgo central, y vale la pena leerlo con precisión: en el grupo de exusuarios, la impulsividad se asoció fuertemente con violencia (cada aumento de una desviación estándar multiplicaba el riesgo de violencia por 2.8). En el grupo de usuarios actuales, esa asociación prácticamente desapareció (IRR = 1.07, sin significancia estadística).

En otras palabras: el vínculo bien documentado entre impulsividad y violencia —el mismo que sostiene buena parte de la criminología conductual desde Gottfredson y Hirschi— se debilitó en aproximadamente un 62% entre quienes tomaban GLP-1 actualmente.

Con el alcohol pasó algo similar pero más frágil: la asociación se debilitó alrededor de un 52% entre usuarios actuales, aunque este resultado perdió significancia en varios de los análisis de sensibilidad (modelos zero-inflated, exclusión de observaciones influyentes). El propio equipo de investigación es honesto al respecto: la interacción con impulsividad es robusta, la del alcohol hay que tomarla con pinzas.

El dato que more me interesa como clínico

Algo que muchas coberturas periodísticas del estudio están pasando por alto: los autores testearon si el GLP-1 reducía la impulsividad en sí misma (mediación) o si más bien cambiaba lo que pasa después de sentir el impulso (moderación). Los análisis de mediación no mostraron que el medicamento bajara los niveles de impulsividad reportados. Lo que sí mostraron es que, en personas con niveles altos de impulsividad, ese impulso se traducía menos en conducta violenta si estaban tomando el medicamento actualmente.

Esto es clínicamente relevante porque es exactamente el mecanismo que buscamos en DBT cuando trabajamos tolerancia al malestar y regulación de impulsos: no eliminar la urgencia, sino crear espacio entre el impulso y la acción. Los propios autores hacen esta comparación explícita, sugiriendo que el GLP-1 podría estar operando de forma análoga a una intervención cognitivo-conductual —atenuando la traducción del riesgo en daño sin necesariamente eliminar el riesgo subyacente.

Lo que este estudio NO dice

Y aquí es donde hay que frenar el entusiasmo, porque el diseño tiene límites importantes:

Es transversal. No hay forma de establecer causalidad con estos datos. La asociación podría reflejar, parcialmente, diferencias no medidas entre quienes continúan el tratamiento y quienes lo abandonan.

La muestra es de población general, con baja prevalencia de violencia. Los propios autores señalan que esto limita la magnitud del efecto que se puede estimar de forma confiable, y que hacen falta estudios en poblaciones de mayor riesgo (por ejemplo, personas en contacto con el sistema de justicia) para ver si el patrón se sostiene o se amplifica.

El desfase temporal entre «uso actual» y «violencia en los últimos 12 meses» introduce ruido, aunque un análisis suplementario que ajustó la ventana temporal mantuvo el hallazgo de impulsividad.

No se midieron mecanismos biológicos directamente. Las hipótesis sobre dopamina, eje HPA, y reducción de neuroinflamación son plausibles según la literatura existente, pero este estudio no las testeó.

Por qué vale la pena seguirle la pista

Más allá del titular llamativo, lo que este estudio realmente aporta es una hipótesis bien construida y empíricamente respaldada —aunque preliminar— sobre cómo una clase de medicamentos cada vez más recetada podría estar interactuando con uno de los mecanismos conductuales más estudiados en criminología. No es la primera señal: ya había evidencia preclínica en ratones (Vestlund et al., 2022) y un caso clínico aislado en una persona con autismo (Järvinen et al., 2019) que apuntaban en esta dirección.

Los autores son cuidadosos en remarcar algo que comparto completamente: esto no debería leerse como «démosle Ozempic a la gente violenta» ni como una narrativa determinista donde la biología reemplaza el contexto social. La violencia sigue siendo un fenómeno biopsicosocial. Lo que este tipo de hallazgos aporta es una pieza más al rompecabezas de qué factores —incluyendo los farmacológicos— modulan la distancia entre el impulso y el acto.

Dado lo masivo que se ha vuelto el uso de estos medicamentos a nivel global, entender sus efectos conductuales —más allá de lo metabólico— me parece un terreno que la psicología clínica y la criminología deberían seguir de cerca, con el mismo rigor y la misma cautela que pide cualquier hallazgo correlacional con implicaciones tan llamativas.

Referencia: Semenza, D. C., & Thomas, C. (2026). Glucagon-like peptide-1 receptor agonist use and violent crime among US adults. Criminology, 1–16. https://doi.org/10.1111/1745-9125.70058

  • Neurociencias

El omega-3 sí llega al cerebro. Pero no lo protege

  • 30/06/2026
  • David Aparicio

Durante años, cuando los estudios de omega-3 no mostraban beneficios cognitivos, quedaba una excusa a mano: «tal vez el DHA no está llegando al cerebro». Un ensayo publicado en eBioMedicine acaba de probar, con mediciones directas, que sí llega. Y que de todas formas no sirve para proteger la cognición.

El diseño

El ensayo PreventE4 reclutó a 365 adultos de 55 a 80 años, sin demencia, todos con ingesta baja de DHA en su dieta y al menos un factor de riesgo cardiovascular o de demencia. Casi la mitad eran portadores del alelo APOE ε4, la variante que más eleva el riesgo de Alzheimer.

Durante 24 meses, mitad tomó DHA (2 g diarios), mitad placebo. Lo que distingue a este estudio es que un subgrupo aceptó punción lumbar al inicio y a los 6 meses, lo que permitió medir directamente cuánto DHA llegaba al líquido cefalorraquídeo. No es una inferencia indirecta: es medición directa en el sistema nervioso central.

Llegó. Y llegó bien.

A los 6 meses, el grupo con DHA mostró un aumento claro en la proporción DHA/ácido araquidónico en el LCR (d de Cohen = 1,64, un tamaño de efecto grande). El índice de omega-3 en sangre subió de 4,9% a 11%.

Y pasó igual en portadores y no portadores del APOE ε4. La hipótesis de que ese genotipo bloquea el paso del DHA al cerebro no se sostiene, al menos en esta etapa previa al deterioro.

Pero la cognición no se movió ni un milímetro

A los 24 meses: sin diferencias en volumen del hipocampo, sin diferencias en grosor cortical, sin diferencias en la batería cognitiva RBANS. Ambos grupos mejoraron levemente con el tiempo, probablemente por efecto de práctica en las pruebas, pero de forma idéntica.

El DHA inundó el cerebro y el cerebro no notó la diferencia.

¿Por qué?

Los autores ofrecen tres explicaciones, y las tres me parecen razonables.

La primera es bioquímica: tal vez el problema no sea de llegada sino de degradación. Enzimas como la fosfolipasa A2 (cPLA2) pueden estar catabolizando el DHA en las membranas sinápticas antes de que cumpla su función.

La segunda es metodológica: la muestra era relativamente sana —66 años en promedio, buen nivel educativo, sin deterioro al inicio. Con un hipocampo que pierde menos del 0,5% de volumen al año, es muy difícil que cualquier intervención muestre efecto protector en solo dos años. El techo está muy alto.

La tercera es la que más me convence: 69% sedentarios, 52% hipertensos, 39% con obesidad. Pedirle a un solo nutriente que contrarreste inflamación vascular de fondo y múltiples factores de riesgo simultáneos es pedirle demasiado a una cápsula.

Lo que cambia para la práctica

Este estudio no descarta el rol del DHA en salud cerebral, pero sí responde algo concreto: el problema nunca fue que no llegara al cerebro. Llegaba. Simplemente no alcanzaba.

Esto debería mover el foco de la investigación: en vez de seguir subiendo dosis, tiene más sentido preguntarse qué pasa con el DHA una vez que está en el cerebro, en qué subgrupos podría haber beneficio real (personas con biomarcadores tempranos de neurodegeneración, por ejemplo) y si las intervenciones multimodales —actividad física, salud vascular, alimentación— rinden más que cualquier suplemento aislado.

Para lo que nos compete en consulta: si un paciente pregunta si debería tomar omega-3 para prevenir el Alzheimer, la evidencia actual dice que no, al menos no como estrategia aislada en personas cognitivamente sanas. Comer pescado graso sigue siendo buena idea por otras razones. Pero vender la cápsula como blindaje cerebral es, con lo que tenemos hasta ahora, una promesa sin respaldo.

Referencia: Yassine, H. N., et al. (2026). CNS target engagement of high-dose DHA supplementation in older adults at risk for dementia: a randomised, double-blind, placebo-controlled trial. eBioMedicine. https://doi.org/10.1016/j.ebiom.2026.106316

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¿Quieres ayudar pero no sabes cómo? Empieza por formarte

  • 29/06/2026
  • David Aparicio

Después del terremoto en Venezuela, muchos sentimos el mismo impulso: hacer algo, estar ahí, sostener a quienes la están pasando mal. Y como decía ayer, ese impulso es valioso, pero no alcanza. Querer ayudar sin ninguna preparación puede terminar haciendo más daño que bien. En una crisis, acercarse a alguien que acaba de perderlo todo sin saber qué decir, qué evitar o cómo cuidarte a ti mismo en el proceso, no es ayudar: es improvisar sobre el dolor de otra persona.

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Hermoso:

Lo que te pasó en la vida hace mucho tiempo, sea cual sea el carrusel en el que estuviste, te recuerda a ti mismo, y también a que exististe hace mucho. Así que se te saltan las lágrimas por todo lo que se ha ido, por todo ese pasado monumental, vasto y variado. Últimamente, tengo tanto pasado a mis espaldas y dentro de mí, que parece que se me sale por todas partes.

Léelo en The New York Times.

  • Clinica

Después del terremoto en Venezuela: por qué «ofrecer terapia» puede hacer más daño que bien

  • 28/06/2026
  • David Aparicio

El impulso de ayudar es genuino. Pero en salud mental post-desastre, la evidencia es clara: las intervenciones no especializadas pueden empeorar los síntomas que intentan aliviar.

Cada vez que ocurre una tragedia de gran escala, ocurre también algo predecible y profundamente humano: cientos de psicólogos, terapeutas, coaches y voluntarios abren sus agendas, publican en redes sociales y ofrecen sesiones gratuitas, espacios de «contención emocional» y apoyo psicológico a quienes lo necesiten. Lo hemos visto después de cada desastre, y el terremoto que sacudió Venezuela el 24 de junio no fue la excepción.

Esa respuesta habla bien de nuestra profesión y de la solidaridad humana. Este artículo no es un cuestionamiento a quienes la protagonizan. Es, más bien, una alerta dirigida especialmente a los profesionales de la salud mental que quieren ayudar pero que quizás no han tenido formación específica en intervención en crisis y emergencias: la evidencia científica acumulada durante décadas muestra que ciertas intervenciones bien intencionadas pueden, paradójicamente, empeorar los síntomas de las personas a las que buscan ayudar.

Las intenciones son genuinas y el impulso solidario es completamente comprensible. Sin embargo, hay que ser cautelosos: la ciencia lleva décadas advirtiéndonos que este tipo de intervenciones —cuando no están especializadas en trauma de emergencia— pueden ser iatrogénicas, es decir, pueden causar daño real y documentado, incluso cuando quien las ofrece tiene formación en psicología.

La trampa del debriefing

La intervención más común después de un desastre es también la más estudiada y, paradójicamente, la más cuestionada: el debriefing psicológico. En su versión más extendida, el Critical Incident Stress Debriefing (CISD), consiste en reunir a los afectados poco después del evento y pedirles que narren lo que vivieron, identificando sus emociones y reacciones. La lógica intuitiva es atractiva: hablar libera, procesar alivia.

Pero la evidencia dice lo contrario.

En un ensayo clínico aleatorizado con víctimas de quemaduras graves, Bisson y colaboradores (1997) encontraron que el 26% de quienes recibieron debriefing desarrollaron trastorno de estrés postraumático (TEPT) a los 13 meses de seguimiento, frente al 9% del grupo control que no recibió ninguna intervención. No es un resultado aislado: Mayou y colaboradores (2000) siguieron durante tres años a víctimas de accidentes de tráfico y reportaron que el grupo que recibió debriefing tuvo peores resultados en síntomas psiquiátricos, ansiedad, funcionamiento general y calidad de vida que quienes no fueron intervenidos.

La revisión Cochrane de Rose y colaboradores (2002), que analizó 11 ensayos controlados, fue contundente: el debriefing no reduce la morbilidad psicológica general, no previene el TEPT y, en al menos un ensayo, aumentó significativamente el riesgo de desarrollarlo. Los autores recomendaron que el debriefing obligatorio post-trauma cesara. Más de dos décadas después, esa recomendación sigue siendo válida y ha sido respaldada por un meta-análisis publicado en Frontiers in Psychology en 2023.

¿Por qué algo tan intuitivo puede hacer daño?

El mecanismo tiene base neurobiológica. En las horas y días posteriores a un trauma, el sistema nervioso está en estado de hiperactivación: los niveles de cortisol y adrenalina son elevados, y el cerebro está en proceso de consolidar —o no— los recuerdos del evento. Forzar la narración detallada del trauma en ese momento puede sobreconsolidar la memoria traumática, grabando con mayor intensidad las emociones asociadas al miedo y la indefensión. El resultado es lo opuesto a la catarsis: una huella más profunda, más difícil de procesar después.

Dicho de otro modo: revivir el trauma cuando el sistema de estrés aún está activo no es procesar, es retraumatizar.

La evidencia conductual y psicológica apunta en la misma dirección. Desde los modelos cognitivos del TEPT —en particular el modelo de Ehlers y Clark (2000)— sabemos que el trastorno se mantiene cuando la persona elabora el trauma de una manera que genera una sensación de amenaza actual grave y permanente. Una intervención que invite a narrar el evento en detalle, sin las condiciones adecuadas de seguridad y sin un encuadre terapéutico estructurado, puede reforzar precisamente ese tipo de procesamiento disfuncional: la persona no sale de la sesión habiendo integrado la experiencia, sino con una narrativa más vívida del peligro y de su propia vulnerabilidad. A esto se suma el efecto de la pérdida de control percibida: cuando alguien es «convocado» a hablar de su trauma —en un grupo, en una sesión online improvisada— sin haberlo elegido libremente, la experiencia puede reproducir la sensación de indefensión característica del propio evento traumático. La investigación sobre exposición terapéutica es clara en este punto: la exposición sin las condiciones correctas no extingue el miedo, lo consolida.

El error de tratar lo normal como patológico

Hay otro problema menos discutido pero igualmente relevante. La mayoría de las personas expuestas a un desastre atraviesan una respuesta de estrés agudo completamente normal: llanto, shock, insomnio, irritabilidad, dificultad para concentrarse. Estas reacciones no son síntomas de un trastorno; son respuestas adaptativas del sistema nervioso ante una amenaza real.

Cuando un terapeuta no especializado interviene sobre esas reacciones como si fueran señales de psicopatología, puede generar dos efectos negativos: primero, patologizar lo que es normal, instalando en la persona la idea de que algo está «mal» en ella; segundo, interferir con los procesos naturales de recuperación que, para la mayoría de los sobrevivientes, ocurren espontáneamente con el tiempo, el apoyo social y la recuperación de la seguridad básica.

La investigación estima que solo entre el 20% y el 25% de las personas expuestas directamente a un evento traumático desarrollarán TEPT u otros cuadros clínicos que requieran intervención especializada. El resto se recupera sin terapia formal.

Qué sí funciona: los Primeros Auxilios Psicológicos

Frente al debriefing, la evidencia respalda un enfoque radicalmente distinto: los Primeros Auxilios Psicológicos (PAP), recomendados por la Organización Mundial de la Salud, la Cruz Roja y la Federación Internacional de Psicología de la Emergencia —que tras el terremoto en Venezuela ha puesto a disposición profesionales especializados en psicología de emergencias.

Los PAP no son terapia. No piden a la persona que narre el trauma, no intentan «procesar» nada en la fase aguda. Su objetivo es mucho más concreto: ofrecer presencia calmante, ayudar a cubrir necesidades básicas (agua, refugio, contacto con familiares), reducir la activación fisiológica y conectar a la persona con sus redes de apoyo naturales. Son, en esencia, una intervención de estabilización, no de procesamiento.

La distinción es crítica y no siempre es comprendida por quienes —con toda la buena voluntad— ofrecen «contención emocional» o «espacio terapéutico» a distancia en las horas posteriores al sismo.

Una advertencia necesaria, no un reproche

Quiero ser claro. Nada de esto es un cuestionamiento a quienes quieren ayudar. El impulso solidario es valioso y debe canalizarse. Pero en salud mental, como en medicina, «hacer algo» no siempre es mejor que «no hacer nada», y el daño iatrogénico existe aunque no sea la intención.

La recomendación de la OMS es explícita: el debriefing psicológico no debe usarse como intervención para personas expuestas recientemente a un evento traumático. Y la intervención de profesionales no especializados en trauma de emergencia —independientemente de sus credenciales generales— entra en una zona de riesgo documentada.

Si quieres ayudar a alguien afectado por el terremoto en Venezuela, lo más útil que puedes hacer en este momento es acompañar sin presionar, escuchar sin interrogar, ayudar a cubrir necesidades concretas y, si la persona lo necesita, conectarla con profesionales especializados en psicología de emergencias. El tiempo, la seguridad y el apoyo social son, por ahora, los mejores aliados de la recuperación.

Referencias

  • Bisson, J. I., Jenkins, P. L., Alexander, J., & Bannister, C. (1997). Randomised controlled trial of psychological debriefing for victims of acute burn trauma. The British Journal of Psychiatry, 171(1), 78–81.
  • Mayou, R. A., Ehlers, A., & Hobbs, M. (2000). Psychological debriefing for road traffic accident victims: Three-year follow-up of a randomised controlled trial. The British Journal of Psychiatry, 176(6), 589–593.
  • Rose, S., Bisson, J., Churchill, R., & Wessely, S. (2002). Psychological debriefing for preventing post traumatic stress disorder (PTSD). Cochrane Database of Systematic Reviews, (2).
  • Sijbrandij, M., et al. (2023). Revisiting the debriefing debate: does psychological debriefing reduce PTSD symptomology following work-related trauma? A meta-analysis. Frontiers in Psychology, 14.
  • Organización Mundial de la Salud (OMS). Psychological debriefing in people exposed to a recent traumatic event. Disponible en: who.int

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  • Clínica

Empezar por el trauma menos doloroso: ¿conviene graduar la exposición imaginal en el TEPT?

  • 26/06/2026
  • David Aparicio

La terapia de exposición prolongada (EP) funciona. Es uno de los tratamientos con mejor evidencia para el trastorno de estrés postraumático (TEPT) y aparece recomendado en todas las guías de práctica clínica. Pero tiene un problema viejo y conocido: duele. La parte de exposición imaginal —revisitar el recuerdo traumático una y otra vez en sesión— es angustiante, y esa angustia es una de las razones que más se repiten cuando los pacientes abandonan el tratamiento. En un estudio, el 60% de quienes desertaron dijeron que lo hicieron porque el tratamiento les resultó demasiado estresante.

Acá hay una tensión que cualquiera que haya hecho exposición conoce de cerca. La activación emocional no es un efecto secundario molesto: es parte del mecanismo. La teoría del procesamiento emocional de Foa y Kozak sostiene que hay que activar la estructura de miedo para que ocurra el aprendizaje correctivo. O sea, necesitas que el paciente se angustie. Pero si se angustia demasiado, deja de venir. Y un tratamiento que abandonas no te sirve de nada.

Un estudio reciente publicado en Journal of Behavioral Medicine se mete justo en esa grieta y propone algo simple: ¿y si cambiamos el orden?

Qué probaron

En la EP tradicional, la exposición imaginal arranca por el evento más angustiante (el «evento índice») y lo mantiene como foco central del tratamiento. Tiene sentido histórico: la EP se desarrolló trabajando con sobrevivientes de agresión sexual, donde muchas veces había un trauma claramente identificable. El problema aparece con la población militar, donde lo habitual no es un trauma sino varios, y elegir uno solo se vuelve artificial.

Los investigadores compararon dos formas de hacer la exposición imaginal en militares en actividad y veteranos con TEPT:

  1. Exposición estándar: el paciente trabaja únicamente su evento más angustiante.
  2. Exposición graduada: el paciente identifica sus tres eventos más angustiantes y los aborda en orden, empezando por el tercero (el menos angustiante de los tres) y subiendo hasta el más angustiante.

La lógica de la versión graduada es la misma que usamos hace décadas en los trastornos de ansiedad: armar una jerarquía y trepar de a poco. De hecho, esa lógica ya está dentro de la EP en la parte de exposición en vivo. Lo curioso es que casi nunca se aplicó a la exposición imaginal del TEPT.

La medida fue el SUDS (Subjective Units of Distress Scale), de 0 a 100, donde 0 es calma absoluta y 100 es la peor ansiedad jamás experimentada. Compararon el pico de malestar promedio entre los grupos.

Qué encontraron

La diferencia fue clara y consistente. Los participantes en exposición estándar reportaron un pico promedio de 88,1 para su evento más angustiante. Los de exposición graduada reportaron 75,2 para su evento más angustiante, con un tamaño del efecto mediano-grande (d = 0,70).

Y no solo eso: el grupo graduado reportó picos más bajos en cada uno de sus tres eventos en comparación con el evento único del grupo estándar:

  • Segundo evento más angustiante: 72,2 (d = 0,81)
  • Tercer evento (el menos angustiante): 74,6 (d = 0,69)
  • Todos los eventos combinados: 74,0 (d = 0,72)

Es decir, abordar tres traumas empezando por el más manejable produjo menos malestar pico que abordar uno solo, el peor, de entrada. Hasta acá, la conclusión obvia: graduar la exposición la hace más tolerable.

Por qué no me apuraría a celebrar

Acá es donde conviene leer con cuidado, porque el estudio tiene letra chica que cambia bastante la interpretación.

Primero, es un análisis secundario. Los datos vienen de un ensayo clínico que comparaba dos formatos de EP: masiva (M-PE) e intensiva ambulatoria (IOP-PE). El grupo «estándar» de este artículo es el M-PE y el grupo «graduado» es el IOP-PE. El problema es que esos dos protocolos no se diferenciaban solo en si la exposición era graduada o no. Se diferenciaban en ocho cosas: terapia en equipo, tareas hechas en clínica, sesiones breves de feedback, soporte social ampliado con participación de la pareja, revisión de la línea de tiempo, sesiones de refuerzo posteriores, y demás. Atribuirle toda la diferencia de malestar a la exposición graduada es un salto que los propios autores reconocen que no pueden sostener del todo. Cualquiera de esos otros componentes —por ejemplo, tener a una persona de apoyo en la sala— pudo haber bajado el malestar.

Segundo, y más importante: menos malestar no es lo mismo que mejor resultado. El estudio midió angustia, no síntomas ni abandono. Y cuando uno mira los resultados del ensayo principal, aparece algo incómodo para la narrativa de «menos malestar es mejor»: las tasas de remisión del TEPT al terminar el tratamiento fueron del 48% en el grupo graduado (IOP-PE) y del 61% en el grupo estándar (M-PE). El grupo que se angustió más fue el que más remitió al cierre del tratamiento (ambos quedaron cerca del 50% a los seis meses). La activación, otra vez, parece importar.

Esto conecta con un hallazgo cualitativo que los autores citan y que me parece la parte más rica del trabajo: lo que predice si alguien completa o abandona no es el malestar en sí, sino cómo lo interpreta. Quienes completan el tratamiento leen su angustia como parte del proceso. Quienes abandonan la leen como señal de que están empeorando y de que el tratamiento no funciona. Si esto es así, hay una posibilidad rara: un paciente acostumbrado a interpretar la angustia como «esto está funcionando» podría leer el malestar más bajo de la exposición graduada como «esto no me está sirviendo». El malestar no es solo una cantidad a minimizar; es algo que el paciente está interpretando todo el tiempo.

La conclusión clínica

Lo que el estudio muestra con solidez es que graduar la exposición imaginal —empezar por un trauma más manejable y subir— produce picos de malestar más bajos. Es información útil, sobre todo para esa franja de pacientes que no inician el tratamiento o lo dejan en las primeras sesiones por anticipar que va a ser insoportable. Vale la pena recordar que la mayoría de los abandonos ocurren entre la tercera y la sexta sesión, justo cuando arranca la exposición imaginal. Bajar el malestar inicial podría ser la diferencia entre que alguien siga o se vaya.

Lo que el estudio no muestra es que graduar mejore los resultados. No está diseñado para eso, y los datos del ensayo principal sugieren más bien lo contrario en remisión a corto plazo. Así que la lectura honesta es: la exposición graduada parece una herramienta razonable para hacer el tratamiento más tolerable y mejorar la retención, sin evidencia todavía de que eso se pague con peores resultados ni de que los mejore. Para confirmarlo haría falta un estudio que cambie solo esta variable, manteniendo todo lo demás constante.

Mientras tanto, me quedo con la pregunta de fondo, que sigue abierta: ¿cuánto malestar necesita un paciente para que la exposición funcione, y cuánto es solo sufrimiento que lo empuja a la puerta? La respuesta probablemente no sea un número, sino una conversación clínica sobre qué significa esa angustia para la persona que la está sintiendo.

Referencia: Buccellato, K. H., et al. (2026). Graduated exposure to traumatic events decreases distress during prolonged exposure therapy for posttraumatic stress disorder. Journal of Behavioral Medicine. https://doi.org/10.1007/s10865-026-00666-2

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Para nuestra comunidad en Venezuela

  • 26/06/2026
  • David Aparicio

El miércoles 24 de junio, Venezuela fue sacudida por dos terremotos seguidos —de magnitud 7,2 y 7,5— los más fuertes en más de un siglo. Edificios derrumbados, personas buscando a sus familias, ciudades enteras en emergencia.

Muchos de ustedes están ahí. Lectores de hace años, colegas que conocemos por su trabajo, personas que forman parte de esta comunidad. No sabemos exactamente cómo están, y eso nos pesa.

Queremos que sepan que los tenemos presentes. Que estamos siguiendo lo que pasa con preocupación genuina, y que esperamos con todo el corazón que estén a salvo, que sus familias estén bien, y que tengan lo que necesitan en este momento difícil.

Si quieren escribirnos, aquí estamos.

Con mucho cariño,
David, editor general.

  • Ciencia

Interactuar con tu perro o tu gato no amortigua el estrés

  • 24/06/2026
  • David Aparicio

Tener una mascota se asocia popularmente con sentirse mejor, más tranquilo, menos solo. La idea de que los animales de compañía funcionan como un colchón emocional ante el estrés es tan intuitiva que rara vez se cuestiona. Sin embargo, la evidencia científica es mucho más heterogénea de lo que sugiere ese relato. Un nuevo estudio publicado en Frontiers in Psychology aporta datos de la vida cotidiana que matizan bastante esa imagen.

Qué se investigó

Peeters y colegas (2026) reclutaron a 188 dueños de perros y gatos en Países Bajos y Bélgica para un estudio de evaluación momentánea ecológica (EMA por sus siglas en inglés). Durante cinco días consecutivos, los participantes respondieron hasta diez veces por día una encuesta breve en su teléfono. Reportaban su afecto positivo y negativo, el nivel de estrés que experimentaban —tanto por eventos como por las actividades que realizaban—, y si en ese momento estaban interactuando con su mascota.

El diseño tiene una ventaja importante sobre los estudios retrospectivos: captura la experiencia tal como ocurre, sin depender de la memoria. Cada persona funcionó como su propio control, lo que reduce el efecto de diferencias individuales previas entre dueños de mascotas y no dueños.

Lo que encontraron: interactuar con la mascota mejora el afecto

El hallazgo más claro del estudio es que los momentos de mayor interacción con la mascota coincidían con mayor afecto positivo y menor afecto negativo, independientemente de si el animal era un perro o un gato. El efecto se mantuvo incluso después de controlar por edad, género y si el participante estaba solo o acompañado por otras personas.

Lo segundo relevante es que no hubo diferencias entre especies. A diferencia de lo que algunos estudios anteriores sugerían —que los perros ofrecerían mayores beneficios emocionales por su naturaleza social y afiliativa—, en este caso perros y gatos se asociaron con mejoras comparables en el estado de ánimo. Los autores proponen que probablemente los mecanismos difieran: los perros pueden aumentar el bienestar a través de la interacción activa y la respuesta social, mientras que los gatos lo harían mediante una compañía más pasiva y presencia consistente. Pero el resultado emocional en ese momento sería equivalente.

Lo que no encontraron: el efecto amortiguador del estrés

Aquí el estudio va contra la narrativa dominante. La hipótesis del amortiguamiento del estrés plantea que las mascotas reducen el impacto negativo de situaciones estresantes sobre el estado de ánimo. El estudio la puso a prueba de dos formas distintas —estrés por eventos y estrés por actividades— y en ninguna encontró evidencia de ese efecto.

Es decir: cuando la persona estaba más estresada, interactuar más con su mascota no reducía el impacto del estrés sobre el afecto. El beneficio de interactuar con la mascota parece ser directo y aditivo —te sientes mejor en ese momento—, pero no opera como un buffer ante el malestar.

Hay un matiz metodológico importante que los propios autores señalan: los análisis solo incluyeron momentos en que la mascota estaba presente. Esto significa que no compararon «mascota presente» versus «mascota ausente», sino niveles de interacción dentro de los momentos en que el animal ya estaba ahí. Es posible que el efecto amortiguador sí emerja cuando se compara la presencia de la mascota con su ausencia —algo que estudios previos del mismo grupo habían sugerido. En otras palabras, podría ser la presencia del animal, y no la interacción activa con él, lo que amortigua el estrés.

El hallazgo inesperado con los gatos

El estudio reveló un patrón específico de especie que no estaba previsto: en el caso de los gatos, mayor interacción durante momentos de estrés se asoció con más afecto negativo, no con menos. Esto no ocurrió con los perros.

Los autores proponen varias explicaciones. Una posibilidad es que las interacciones con gatos —más pasivas y de baja demanda— sean más emocionalmente salientes en contextos de estrés, amplificando la respuesta en lugar de mitigarla. Otra línea interpretativa recurre a la literatura sobre apoyo social: el apoyo que no encaja con las necesidades del momento puede empeorar las cosas, un fenómeno conocido como «deterioro del apoyo». A diferencia de los perros, cuya interacción suele implicar actividad física o compromiso social activo, el gato simplemente está ahí —lo cual puede no ser lo que una persona necesita cuando acaba de ocurrir algo estresante.

Los autores son cautelosos al respecto: el efecto fue pequeño en magnitud y requiere replicación en muestras más grandes y balanceadas.

Qué significa esto para la psicología clínica

Estos resultados tienen implicaciones para cómo entendemos el llamado «efecto mascota» y cómo lo comunicamos a pacientes y público general.

Primero, el beneficio emocional de interactuar con animales de compañía parece robusto en la vida cotidiana. No es trivial: en el contexto de EMA, los efectos pequeños pero consistentes a lo largo de múltiples momentos del día tienen relevancia clínica.

Segundo, ese beneficio probablemente no opera a través del mecanismo que más se invoca en la divulgación: el amortiguamiento del estrés. Esto no significa que las mascotas no ayuden con el estrés —sino que quizás lo hacen de una forma diferente a la que asumimos. Tal vez el mecanismo más relevante sea simplemente que la interacción con el animal eleva el afecto positivo de base, lo que de forma indirecta hace más manejables las situaciones difíciles.

Tercero, la especie importa para algunos efectos, aunque no para todos. Asumir que perros y gatos funcionan igual en todos los contextos no es sostenible. Para el afecto cotidiano general, la diferencia no parece significativa. Para la regulación del afecto bajo estrés, podría haberla —aunque en una dirección contraintuitiva para los gatos.

Finalmente, el estudio subraya la importancia de no extrapolar de hallazgos en laboratorio o de estudios transversales a la experiencia real de las personas. La EMA es un método exigente, pero es el que más se aproxima a cómo las personas viven con sus animales de compañía: de forma fragmentada, en contextos cambiantes, con niveles variables de atención e interacción.

Referencia Peeters, S., Jacobs, N., Hediger, K., Eshuis, J., & Janssens, M. (2026). Human-animal interaction: understanding the role of dog and cat interactions in emotional wellbeing. Frontiers in Psychology, 17, 1768288. https://doi.org/10.3389/fpsyg.2026.1768288

  • Ciencia
  • Recursos

¿Se puede reparar el vínculo tras una crisis?

  • 20/06/2026
  • David Aparicio

En el reciente episodio de Psicolab Studio, el Dr. Jorge Barraca, experto en terapias contextuales y autor del libro Infidelidad (2025), nos invita a profundizar en la psicología de pareja más allá de los consejos virales. A continuación, desglosamos los pilares fundamentales para entender cómo las diferencias y las crisis de confianza pueden transformar una relación.

Puntos más importantes:

1. Ser diferentes: ¿Reto o Incompatibilidad?

Contrario a la creencia popular, ser diferentes no es una señal de incompatibilidad, sino una oportunidad de enriquecimiento. El verdadero conflicto surge cuando intentamos, sutil o directamente, obligar al otro a cambiar para que se ajuste a nuestras expectativas.

  • Gestión vs. Cambio: La clave no está en eliminar las diferencias, sino en cómo se gestionan.
  • Áreas sensibles: Los conflictos suelen girar en torno a la proximidad física y afectiva (cuánto espacio necesita cada uno), la responsabilidad en el hogar y las visiones de vida (convencional vs. alternativa).
  • Vulnerabilidades: Nuestras reacciones ante las diferencias suelen estar ligadas a nuestra historia personal; por ejemplo, alguien que vivió inseguridad económica será más sensible a la gestión del dinero de su pareja.

2. Aceptación no es «Aguantar»

Un concepto central en la terapia de pareja moderna es la aceptación. Es vital distinguir que aceptar no significa resignarse o permitir comportamientos dañinos.

  • Lo que se acepta: Se acepta que el otro es una persona con una historia distinta y que es normal que existan diferencias.
  • Límites claros: Jamás se debe normalizar el maltrato, las agresiones, las vejaciones o los derroches económicos que afecten al núcleo familiar.
  • El equilibrio: Se puede trabajar la aceptación y, al mismo tiempo, pedir cambios si estos se perciben como un beneficio propio para quien debe cambiar, no solo como una imposición del otro.

3. Sexualidad y el «Pacto de Silencio»

La sexualidad es a menudo un tema que las parejas evitan hasta que el dolor es evidente. En relaciones largas, es normal que el deseo no siempre coincida en tiempo y forma.

  • Empatía sobre presión: Tirar de la «cuerda» o enfadarse por la falta de sexo solo genera más distancia. La aceptación y la calidez emocional son mejores predictores de un reencuentro sexual sano.
  • El peligro del sexo como «pegamento»: A veces, una sexualidad intensa puede ocultar problemas profundos que no se están hablando, funcionando como un parche perverso.

4. Infidelidad en la Era Digital

Hoy en día, los límites de la fidelidad son borrosos debido a las redes sociales. Jorge Barraca sugiere dos criterios clave para identificar si se ha cruzado una línea: el secretismo (ocultarlo a la pareja) y la activación/alquimia (sentir «mariposillas» o deseo afectivo/sexual por otra persona).

  • El trauma digital: Tener acceso a geolocalizaciones, fotos y mensajes detallados puede ser más devastador que la infidelidad en sí, generando pensamientos obsesivos.
  • Ruptura de identidad: La infidelidad no solo rompe la confianza; destruye la imagen que teníamos de nosotros mismos y la creencia de que nuestro vínculo era «especial» o «exclusivo».

5. ¿Es posible la reparación?

La respuesta es sí, pero requiere un trabajo arduo de ambas partes.

  1. Fase de Contención: Lo primero es el cuidado emocional y físico, evitando que la persona ofendida se haga daño y buscando consuelo y disculpas sinceras del ofensor.
  2. Responsabilidad del Ofensor: Debe ofrecer información veraz, no culpar al otro y estar disponible para acompañar el dolor.
  3. Trabajo del Ofendido: Si decide seguir, debe intentar «enterrar el hacha de guerra» progresivamente para no vivir en un estado de venganza perpetua que termine por destruir cualquier posibilidad de amor.

Conclusión: Hacia una relación madura

A veces, separarse es la decisión más saludable si no hay voluntad de reparación. Sin embargo, si ambos se comprometen con la autenticidad y el perdón, la relación puede salir fortalecida, convirtiéndose en un vínculo más profundo, sincero y maduro de lo que era antes de la crisis.

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Te invito a un cineclub sobre Shrinking (23 de junio)

  • 18/06/2026
  • David Aparicio

Evento completamente gratuito para miembros de Psyciencia Pro. ¿No eres miembro de Psyciencia Pro? Únete aquí y recibirás un código para registrarte gratis.

Hola,

Quiero invitarte a algo distinto: vamos a ver y discutir Shrinking (Terapia sin filtro) juntos, como cineclub clínico.

Me interesa la serie porque pone a tres terapeutas en el centro y se toma en serio lo que hacemos. Y abre preguntas que pocas veces conversamos en voz alta: ¿qué haces cuando tu propia vida se mete en la consulta? ¿Dónde está la línea entre flexibilidad y acting out? ¿Qué pasa cuando el supervisor también está roto?

Si eres terapeuta, va a resonar contigo.

Shrinking está disponible en Apple TV+ y en Cuevana.

Cómo funciona

Ve la primera temporada (10 episodios de 30 minutos) antes del 23 de junio, y trae tus comentarios al encuentro en vivo.

El encuentro: 23 de junio, vía Zoom

Nos vamos a ver el 23 de junio para comentar la serie en vivo. Nos metemos de lleno en lo clínico: la «honestidad radical» de Jimmy y dónde se vuelve iatrogénica, el duelo del terapeuta, la autorrevelación, Paul como supervisor, el burnout y el cuidado del clínico, y cómo la serie retrata el TEPT, la violencia de pareja y el duelo adolescente.

Para llegar listo: trae al menos un comentario, pregunta u opinión de la serie.

  • Encuentro en vivo: 23 de junio
  • Hora: 
    • Panamá: 12:00 p.m.
    • México : 11:00 a.m.
    • Colombia: 12:00 p.m.
    • Perú: 12:00 p.m.
    • Chile: 1:00 p.m.
    • Argentina : 2:00 p.m.
    • España : 7:00 p.m.
  • Duración: alrededor de 60 minutos
  • Plataforma: Zoom

SÚMATE AL CINECLUB

  • Análisis
  • Artículos de opinión (Op-ed)

La psicología de las personas que no ven el mundial

  • 18/06/2026
  • David Aparicio

El canal de La Psicología Invisible resume algunas investigaciones que explican por qué algunas personas no les interesa el mundial o el fútbol en general. El video menciona varias investigaciones interesantes, pero yo quiero intentar hacer un análisis un poco más conductual. No va a ser una revisión profunda de los principios del análisis de conducta, es más una aproximación, una forma diferente de leer los mismos datos.

Y lo hago también por curiosidad propia: no es que no me guste el fútbol, lo disfruto, pero me cuesta conectar con toda esa fiebre y esa pasión de incluso llorar cuando pierden. Siempre quise entender qué hay detrás de eso.

Y es que el fútbol es ante todo una comunidad. Un grupo de personas que comparte una identidad, celebra los mismos goles y sufre las mismas derrotas.

Pero desde una perspectiva conductual, la pregunta que me parece más interesante no es «¿por qué a algunos les gusta el fútbol?» sino ¿qué historia de aprendizaje llevó a que esa persona se enganchara, o no, con ese deporte?

El comportamiento de hincha se aprende

Nadie nace fanático. La identificación con un equipo se construye a través de experiencias repetidas: ver partidos con el padre, celebrar goles en familia, recibir atención y aprobación social cuando usas la camiseta del equipo, sentir que eres parte de una conversación que todos a tu alrededor están teniendo. Cada uno de esos momentos funciona como un reforzador. Con el tiempo, el simple hecho de ver los colores del equipo activa esa historia.

Esto es lo que explica el fenómeno que Cialdini y colegas documentaron en 1976: tras una victoria, los estudiantes universitarios usaban más ropa con símbolos de su universidad y usaban «nosotros» para referirse a su equipo, mientras que tras una derrota decían «ellos». No es irracionalidad, es el resultado predecible de años de reforzamiento asociado a ese grupo.

La incertidumbre como reforzador de intervalo variable

Una de las razones por las que el fútbol engancha tanto tiene que ver con algo que el análisis conductual conoce bien: los programas de reforzamiento de intervalo variable. En este tipo de programa, el refuerzo no llega en momentos predecibles sino de forma irregular, y eso produce patrones de respuesta muy resistentes a la extinción. El gol puede llegar en el minuto 3 o en el 93. Nunca sabes cuándo. Y esa incertidumbre es precisamente lo que mantiene la conducta activa.

La neurociencia es compatible con este mecanismo. La dopamina no se libera principalmente cuando llega el gol, sino durante la anticipación. Los estudios muestran que la activación dopaminérgica se duplica aproximadamente cuando el resultado es incierto, comparado con cuando la recompensa está garantizada. Dicho de otra forma: el cerebro responde más a la posibilidad del refuerzo que al refuerzo mismo. Eso es lo que hace que los últimos minutos de un partido apretado sean tan difíciles de ignorar.

Pero hay un punto clave: ese mecanismo solo funciona si el resultado te importa. La incertidumbre sin historia de reforzamiento previa no produce tensión, produce aburrimiento. Si nunca aprendiste a asociar ese equipo con algo significativo, no hay nada en juego y el partido es simplemente ruido de fondo.

La pertenencia como función del comportamiento

La teoría de la identidad social de Tajfel y Turner (1979) explica que las personas incorporan la membresía a grupos como parte de su autoconcepto. Pero conductualmente, lo que esto significa es que los triunfos del grupo funcionan como reforzadores positivos para el individuo, aunque no haya participado en absoluto.

Esto conecta con algo más fundamental. Baumeister y Leary (1995) demostraron que la necesidad de pertenecer es una motivación humana poderosa y generalizada: las personas forman vínculos sociales fácilmente en la mayoría de condiciones y resisten activamente la disolución de esos vínculos. El fútbol es, en este sentido, un vehículo culturalmente muy eficiente para satisfacer esa necesidad, pero no es el único.

¿Por qué a algunas personas no les interesa?

Porque simplemente nunca tuvieron la historia de aprendizaje necesaria. No hubo exposición temprana con reforzamiento positivo, no hubo grupo de referencia que usara el fútbol como idioma social, no hubo victorias celebradas que se asociaran a una identidad de equipo. Y esto aplica incluso cuando juega la selección del propio país. La identidad nacional puede ser un vínculo poderoso, pero si nunca se construyó esa historia de aprendizaje, ni la bandera alcanza.

Eso no significa que esas personas sean menos sociales o menos emocionales. Significa que encontraron otros contextos donde sí ocurrió ese aprendizaje: una comunidad de videojuegos, un grupo de lectura, una afición específica. La evidencia respalda que la necesidad de pertenecer es universal. Lo que varía es el canal a través del cual cada persona aprendió a satisfacerla.

El fútbol no es especial porque active algo único en el cerebro humano. Es especial porque, en muchas culturas, fue el primer contexto donde millones de personas aprendieron que pertenecer a algo más grande que uno mismo se siente bien.

  • Artículos de opinión (Op-ed)

Distractibilidad sin diagnóstico: un nuevo motivo de consulta

  • 17/06/2026
  • Gretel Martinez

Por Gretel Martinez y Dr. Emilio Zieba.

Cuando llegás a tu casa y sobre la mesa está la tablet —con la notificación de nuevas vidas del Candy Crush— y un libro, una novela larga y compleja que tenías ganas de leer, tu cerebro se anticipa al dilema. Sabe que el dispositivo ofrece gratificación inmediata con mínimo esfuerzo. En esa evaluación ya se libera dopamina, antes de que hayas tomado ninguna decisión. Baja la tensión. En términos neurocognitivos, esa elección termina siendo injusta para Dostoevsky.

El problema clínico: una queja sin nombre

Cada vez con más frecuencia llegan al consultorio personas con una queja similar: «no me puedo concentrar». Pero son personas que no cumplen criterios para TDAH (Trastorno por Déficit de Atención con o sin Hiperactividad, F90, CIE-11), ni para ansiedad, ni para depresión. La sensación se parece a estar en una ciudad nueva con ganas de conocer un museo, sin saber qué camino tomar. Sin diagnóstico no solo perdemos la orientación práctica —qué protocolo aplicar, qué literatura consultar— sino algo más incómodo: no tenemos certeza de lo que el consultante trae. No sabemos si estamos ante un cuadro clínico, uno subclínico o una variante normal. No estamos seguros de que el museo exista.


Artículo recomendado: El diagnóstico del TDAH en adultos: características clínicas y evaluación


Una forma lógica de trabajar es transformar esas quejas en una conceptualización y, si es posible, en un diagnóstico —sea formal, presuntivo o al menos un organizador que marque rutas posibles de trabajo—. Los diagnósticos tienen dos grandes ventajas: nos ordenan y permiten la investigación, que a su vez mejora los tratamientos.

Pero ¿qué sucede cuando el consultante plantea algo que no puede ser diagnosticado? ¿Al menos no con un diagnóstico que realmente sirva o cierre?

Los diagnósticos sirven, y también tienen límites

No hay duda de que los diagnósticos son útiles. Pueden ser validantes para el consultante, ahorran tiempo al explicar y hacer informes, y sirven como guías en la práctica clínica. Con un diagnóstico claro, podemos psicoeducar, buscar un protocolo, aplicar intervenciones y medir su efecto clínico.

La salud mental actual tiende hacia un modelo dimensional: los cuadros se piensan como espectros que van desde presentaciones asintomáticas subclínicas hasta cuadros de alta gravedad. Esto organiza la práctica: no trabajamos igual con una depresión subclínica que con alguien que hace un mes no sale de la cama y tiene ideas de muerte.

Sin embargo, siempre aparecen situaciones que desafían incluso estos continuos. En el modelo dimensional podemos pensar que antes de un TDAH —incluso uno subclínico— existe lo que podríamos llamar una queja atencional. Pero «queja atencional» no es una entidad nosológica formal. Sin esa referencia clara, no sabemos bien qué hacer.

Frente a este escenario, el clínico suele moverse entre tres opciones:

  1. Decirle al consultante que no cumple criterios para ningún trastorno, así que no hay mucho que se pueda hacer. Por más que nos conmueva su problemática, tendrá que volver cuando le pase algo con nombre y código en el CIE-11. Es decir: esperemos a que empeore. Sería como ir al cardiólogo con el colesterol alto y que te digan «volvé cuando tengas el infarto».
  2. Homologar algún protocolo de un diagnóstico similar, siempre con el consentimiento del paciente. Una estrategia más validante que la anterior, pero que deja cierta insatisfacción clínica.
  3. Trabajar con intervenciones de efecto general: ejercicio, mindfulness, higiene del sueño, regulación del estrés. Esta opción no es inválida, pero trabajar sin una conceptualización clara de lo que se trata limita la precisión y la posibilidad de medir resultados.

El desafío es poder construir una conceptualización de la distractibilidad que no dependa de un diagnóstico formal, pero que tampoco quede suspendida en el aire.

Fenómenos que ayudan a entender: brain rot, doomscrolling, SVA

Los temas que convocan nuestra atención son cada vez menos, por períodos más cortos y con una sensación de urgencia que parece colectiva.

La exposición acumulada a contenidos de baja calidad ha impulsado el concepto de brain rot —deterioro cognitivo-emocional asociado al consumo digital excesivo— que se manifiesta en tres planos:

  • Cognitivo: reducción de la atención sostenida, fatiga mental, procesamiento superficial de la información y dificultades de memoria (Ward et al., 2017).
  • Emocional: embotamiento afectivo, disminución de la motivación e irritabilidad (Gül, 2025).
  • Conductual: consumo compulsivo de contenido, cambio frecuente de tareas y procrastinación (Kirschner & De Bruyckere, 2017).

Un fenómeno análogo es la mental cloudiness —dificultad de concentración explicada desde la teoría de la carga cognitiva— producida por la sobrecarga de la memoria de trabajo ante estímulos digitales excesivos y fragmentados (Sweller, 2011). Esta sobrecarga impide el aprendizaje profundo y el procesamiento eficiente, e impacta especialmente en jóvenes en desarrollo.

A esto se suma el doomscrolling —consumo compulsivo de noticias negativas— y la adicción a videos cortos (short-video addiction, SVA). Los videos cortos, en particular, priorizan la gratificación inmediata a través de la activación límbica y la desactivación del control prefrontal. Aunque se han identificado estrategias de afrontamiento como el detoxdigital y la autorregulación (Akdeniz Kudubeş et al., 2025; Syvertsen & Enli, 2020), los ciclos de dependencia se refuerzan mediante patrones cognitivos desadaptativos y el diseño de plataformas que explotan los intereses personales y la baja inhibición de respuesta.

El multitasking agrava el cuadro, ya que degrada el rendimiento de la memoria de trabajo y la capacidad de atención sostenida (Firth et al., 2019).

El consumo excesivo de contenido breve no solo se adapta a nuestra atención limitada: la empeora, en un ciclo que se retroalimenta. La sobreoferta de estímulos y la necesidad constante de novedad intensifican la impaciencia y fragmentan aún más la concentración.

Una aclaración necesaria: ¿TDAH de inicio tardío?

Antes de avanzar, conviene delimitar de qué no estamos hablando.

Entre el 1% y 2% de la población desarrolla TDAH después de los 12 años, con manifestaciones más frecuentes entre los 12 y 16 años (Asherson & Agnew-Blais, 2019). Dada la baja precisión de la memoria retrospectiva, se sugiere complementar la evaluación clínica con registros escolares en vez de depender de criterios de edad rígidos (Riglin et al., 2022). También es fundamental considerar el TDAH en el diagnóstico diferencial del deterioro cognitivo en adultos mayores.

Ese es un cuadro reconocible. Lo que queremos señalar aquí es otra cosa: adultos que consultan por distractibilidad y que, al ser evaluados cuidadosamente, no cumplen todos los criterios para TDAH. No es un diagnóstico tardío. Es algo distinto.

La erosión de la tolerancia al aburrimiento

El aburrimiento es esa sensación desagradable ante la ausencia de estímulos. Un paso del tiempo molesto, un silencio incómodo que queremos romper. Pero vale la pregunta: ¿cuánto tiempo nos aburrimos actualmente? En estos días, el aburrimiento se vive como algo a extinguir de inmediato. Antes era un estado buscado —del aburrimiento surge la creatividad—. Hoy parece una molestia que hay que evitar a toda costa.

Por suerte —o por desgracia— hoy no necesitamos tolerar el aburrimiento ni un minuto. Al primer indicio, abrimos Instagram y aparecen los reels. Problema resuelto. Desaparece «mágicamente» eso tan desagradable.

El problema es que, en este contexto, empezar a leer una novela resulta aburrido en comparación con el teléfono: menos colores, sin sonido, sin interacción. Y nuestro cerebro no espera a que tomemos la decisión: nos recompensa en el momento mismo de evaluar las opciones. Antes de tocar la pantalla, ya ganó Instagram.

Una hipótesis etiológica

La mente no es un músculo —la analogía es imprecisa—, pero la comparación con el entrenamiento físico tiene algo de útil. Si le decís a tu cerebro «tenemos que levantar este peso durante un mes para mejorar el colesterol», te responde: «no tiene sentido, mejor comamos chocolate ahora, la felicidad será inmediata». La gratificación diferida no es nuestra configuración predeterminada.

Con la atención pasa algo similar: hay que habituarse a sostener el esfuerzo en un contexto que no recompensa de inmediato. Y eso puede entenderse como una habilidad, mejorable con la práctica. «Prestar atención» implica un conjunto de capacidades —tolerancia al malestar, tolerancia al aburrimiento, atención sostenida— que se degradan cuando no se ejercitan de forma consistente.

Proponemos que el aumento de distractibilidad que observamos en población sin diagnóstico podría estar mediado por tres factores:

  1. Condicionamiento operante por refuerzo variable en el uso de plataformas digitales de alta estimulación.
  2. Habituación progresiva a estímulos supraumbrales, que vuelve aversivas las tareas de baja estimulación.
  3. Erosión de la tolerancia al aburrimiento por la evitación sostenida de estados desagradables.

Esto puede agravarse por factores adicionales como la privación de sueño asociada al uso nocturno de pantallas.

La presencia de síntomas atencionales en población no clínica también podría interactuar con entornos digitales altamente reforzantes, complejizando el límite entre vulnerabilidad cognitiva, hábitos tecnológicos y trastornos del neurodesarrollo (Aydin et al., 2024).

Una nota de honestidad intelectual

Lo que exponemos es una observación clínica, no datos sistemáticos estandarizados. La literatura consultada es sugerente y coherente con otras observaciones, pero no proviene de investigación dirigida y los tamaños de efecto son en general modestos. Existen además explicaciones alternativas que no pueden descartarse: ansiedad o depresión subclínica, niebla mental post-COVID-19, o una mayor conciencia metacognitiva de la población general sobre sus propios procesos atencionales.

¿Entonces, qué hacemos?

El TDAH es un cuadro clínico formal con evidencia sólida que requiere tratamiento específico por profesionales entrenados. No es de eso que estamos hablando.

Lo que queremos señalar es un motivo de consulta nuevo: «me cuesta concentrarme», en adultos jóvenes, sin comorbilidades, sin TDAH. Una queja que no tiene diagnóstico, ni protocolo, ni esquema de tratamiento previo.

Frente a eso, algunas cosas sí podemos hacer.

Como primer paso, proponemos considerar —como hipótesis de trabajo— que esta dificultad puede estar relacionada con el uso de tecnologías de la información y la comunicación. Desde ahí, tiene sentido revisar con el consultante sus patrones de uso de dispositivos: qué función cumple el teléfono en su día a día, cuánto consume de redes sociales, si hay interrupción del sueño por esta causa. Este registro en sí mismo puede ser terapéutico: es sabido que el simple acto de monitorear una conducta tiende a modificarla (Nelson & Hayes, 1981).

A partir de ahí, se puede diseñar junto con el consultante un plan de cambio de hábitos graduales: reducción del tiempo en plataformas de alta estimulación, incorporación de actividades de atención sostenida (lectura, escritura, práctica de algún instrumento), y estrategias de tolerancia al aburrimiento como habilidad a desarrollar.

No es un protocolo. Es un punto de partida. Y a veces, eso es suficiente para empezar a trabajar.

Referencias

  • Akdeniz Kudubeş, A., Özbay, Ö., Beşaltı, M., Çınar Özbay, S., & Durmuş Sarıkahya, S. (2025). Development and psychometric analysis of the digital detox scale. Psychiatric Quarterly. Advance online publication. https://doi.org/10.1007/s11126-025-10220-z
  • Asherson, P., & Agnew-Blais, J. (2019). Annual research review: Does late-onset attention-deficit/hyperactivity disorder exist? Journal of Child Psychology and Psychiatry, 60(4), 333–352. https://doi.org/10.1111/jcpp.13020
  • Aydin, T., Parris, B. A., Arabaci, G., Kilintari, M., & Taylor, J. (2024). Trait-level non-clinical ADHD symptoms in a community sample and their association with technology addictions. Current Psychology, 43, 10682–10692. https://doi.org/10.1007/s12144-023-05203-x
  • Firth, J., Torous, J., Stubbs, B., Firth, J. A., Steiner, G. Z., Smith, L., Alvarez-Jimenez, M., Gleeson, J., Vancampfort, D., Armitage, C. J., & Sarris, J. (2019). The «online brain»: How the Internet may be changing our cognition. World Psychiatry, 18(2), 119–129. https://doi.org/10.1002/wps.20617
  • Gül, M. (2025). Students’ struggle with digital addiction: The truth of brain rot. BMC Psychology, 14, Article 98. https://doi.org/10.1186/s40359-025-03880-w
  • Kirschner, P. A., & De Bruyckere, P. (2017). The myths of the digital native and the multitasker. Teaching and Teacher Education, 67, 135–142. https://doi.org/10.1016/j.tate.2017.06.011
  • Lorenz-Spreen, P., Mønsted, B. M., Hövel, P., & Lehmann, S. (2019). Accelerating dynamics of collective attention. Nature Communications, 10, Article 1759. https://doi.org/10.1038/s41467-019-09311-w
  • Nelson, R. O., & Hayes, S. C. (1981). Theoretical explanations for reactivity in self-monitoring. Behavioral Assessment, 3(1), 3–15.
  • Riglin, L., Blakey, R., Langley, K., Thapar, A. K., Agha, S. S., Davey Smith, G., Stergiakouli, E., & Thapar, A. (2022). Assessment of age-at-onset criterion for adult attention-deficit hyperactivity disorder. Psychiatry Research, 314, Article 114679. https://doi.org/10.1016/j.psychres.2022.114679
  • Sweller, J. (2011). Cognitive load theory. In Psychology of learning and motivation (Vol. 55, pp. 37–76). Academic Press. https://doi.org/10.1016/B978-0-12-387691-1.00002-8
  • Syvertsen, T., & Enli, G. (2020). Digital detox: Media resistance and the promise of authenticity. Convergence: The International Journal of Research into New Media Technologies, 26(5–6), 1269–1283. https://doi.org/10.1177/1354856519847325
  • Ward, A. F., Duke, K., Gneezy, A., & Bos, M. W. (2017). Brain drain: The mere presence of one’s own smartphone reduces available cognitive capacity. Journal of the Association for Consumer Research, 2(2), 140–154. https://doi.org/10.1086/691462
  • Wilmer, H. H., Sherman, L. E., & Chein, J. M. (2017). Smartphones and cognition: A review of research exploring the links between mobile technology habits and cognitive functioning. Frontiers in Psychology, 8, Article 605. https://doi.org/10.3389/fpsyg.2017.00605
  • Watzlawick, P., Weakland, J., & Fisch, R. (1974). Change: Principles of problem formation and problem resolution. Norton.
  • Nardone, G., & Watzlawick, P. (1992). El arte del cambio: Manual de terapia estratégica e hipnoterapia sin trance. Herder.

Dr. Emilio Zieba: Médico especialista en psiquiatría infantojuvenil, medicina legal y drogodependencias, con amplia experiencia clínica, docente y científica en el campo de la salud mental infantil y adolescente. Se destacan su formación y desempeño en el Hospital General de Niños Pedro de Elizalde, su rol como supervisor de residencias médicas en la Ciudad de Buenos Aires, su participación en actividades académicas y congresos nacionales, especialmente en temáticas vinculadas a las Altas Capacidades Cognitivas (AACC), así como su experiencia en la evaluación y tratamiento de condiciones del neurodesarrollo, discapacidad intelectual, autismo y TDAH. Asimismo, se describe su trabajo en problemáticas emergentes como la adicción digital, el gaming compulsivo y las apuestas online en adolescentes, desarrollando actividades de formación y divulgación destinadas tanto a profesionales como a familias.

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Plan de seguridad (Recurso)

  • 17/06/2026
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El plan de seguridad es una de las intervenciones más respaldadas en la prevención del suicidio. No es un contrato de no suicidio —eso no funciona y puede hacer que los pacientes oculten ideación a su terapeuta—, sino una guía escalonada y colaborativa que el paciente activa cuando nota que una crisis se acerca. Más de cuatro metaanálisis sostienen su efectividad, incluyendo el estudio de Stanley et al. (2018) en urgencias, que mostró reducción significativa de conducta suicida frente al cuidado habitual.

Este recurso está diseñado para completarlo en sesión junto al paciente, no para dárselo como tarea. Incluye los siete pasos del protocolo de Stanley y Brown integrados con habilidades DBT de tolerancia al malestar (TIP, ACCEPTS, self-soothe, IMPROVE): señales de alerta, habilidades propias, personas y lugares para distraerse, personas a quienes pedir ayuda directa, profesionales y servicios de emergencia, restricción de medios letales, y razones para vivir. Además incorpora la escala 0–100 de probabilidad de uso que recomienda la evidencia para detectar y resolver obstáculos antes de que el paciente salga de consulta.

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Lo que nadie te enseñó bien en la facultad: evaluación conductual y exposición

  • 16/06/2026
  • David Aparicio

Si trabajas con TCC, hay dos habilidades que aparecen en casi todos los casos, sin importar el diagnóstico: saber evaluar la conducta y saber aplicar exposición. La primera te permite entender qué está pasando antes de intervenir. La segunda es la base de buena parte del tratamiento. CETECIC tiene un curso para cada una, y los dos son muy buenos.

Evaluación Conductual cubre los fundamentos del proceso de evaluación: entrevista conductual, análisis funcional, autorregistro y autoobservación. Cinco clases con ejercicios prácticos y casos clínicos. El temario va de lo conceptual a lo aplicado, y termina con un taller de análisis funcional donde puedes contrastar tus respuestas con las de los docentes.

Técnicas Basadas en la Exposición abarca relajación muscular, desensibilización sistemática y exposición con prevención de respuesta (EPR) desde el paradigma de aprendizaje inhibitorio. Seis clases con modelados filmados de aplicación clínica real, incluyendo variantes para distintos diagnósticos.

Los dos cursos son 100% asincrónicos, con acceso inmediato. Incluyen certificado digital al aprobar el examen final. Disponibles para toda Latinoamérica.

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→ Evaluación Conductual de CETECIC
→ Técnicas de Exposición de CETECIC

Agradecemos a CETECIC, nuestro sponsor exclusivo de la semana.

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Cuidar no es estar siempre disponible

  • 15/06/2026
  • David Aparicio

La disponibilidad permanente no protege al paciente. A veces lo fragiliza y lo invalida, porque le quita la oportunidad de aprender a tolerar el malestar y a usar las habilidades que aprende en terapia.

En DBT esto no significa cerrar la puerta entre sesiones. Al contrario: el coaching telefónico es parte del tratamiento.1 Pero es una disponibilidad con función y con forma. No está para resolverle el problema al paciente, sino para ayudarlo a aplicar una habilidad en el momento en que más le cuesta. No es estar siempre; es estar para algo concreto.

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No todo es psicología: Sé compasivo con quien fuiste

  • 14/06/2026
  • David Aparicio

Personal

He empezado un nuevo reto. Un reto personal que no es muy exigente en sí mismo, pero cuya dificultad está en mantenerlo a largo plazo. Y ese es justamente el propósito: quiero demostrarme que soy confiable y que puedo hacer 50 flexiones de pecho todos los días.

El reto es hacerlo. No importa qué, dónde esté o cómo me sienta. Puedo hacerlo corrido o en partes. No importa. Lo importante es hacerlo día a día.

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Una regla para no odiar mi trabajo

  • 13/06/2026
  • David Aparicio

Tengo una regla nueva: no atiendo más de dos pacientes seguidos.

Después de probar otras cosas que no funcionaron (diferentes horarios, bloques de atención, distintas configuraciones de agenda) encontré un método que me funciona muy bien que me da libertad y que me permite disfrutar más de mi trabajo y desarrollarlo mejor.

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