La lectura es un acto de rebeldía
Narareth Castellanos con un hermoso artículo en El País:
Leer es un proceso de atención. Mendel, el de los libros, saboreaba los misterios de la concentración absoluta. Como dice Zweig en su relato, la concentración es el eterno secreto de cualquier perfección. Cuando Mendel leía nadie podía molestarle en un instante como aquel, igual que a un verdadero creyente durante la oración. Sí, leer tiene algo de ceremonial. La atención es un ejercicio de rebeldía, como decía Simone Weil. Al tomar un libro en las manos, el cuerpo se prepara para sumergirse en otra realidad, un viaje donde queda atrás lo que somos. Comienza la supresión de la propia identidad y del contexto, que se realiza inhibiendo la actividad de las ínsulas, situadas en las regiones medias del cerebro, y que son las zonas encargadas de recordarnos quiénes somos y dónde estamos. Leer detiene nuestro mundo por unos instantes, y reconozcamos que eso es, a veces, delicioso. Al leer nos convertimos en otros personajes, aprendemos de ellos, pero también aprendemos a escuchar, a ser espectadores, a encontrar palabras que jamás hubiéramos utilizado. Leer nos ayuda a ser mejores relatores, en lo propio y en lo ajeno. La lectura amplía nuestro vocabulario y esto favorece la comunicación con los demás, y la comprensión de nuestra experiencia. La sutil diferencia entre dos palabras puede ser inmensa y a la vez aclaratoria. Pero sobre todo leer cultiva la atención. Esas páginas repletas de palabras generan ondas gamma en la corteza frontal, creando coreografías neuronales de una exquisita precisión. Así se entrenan las neuronas, que se acostumbran a estar al servicio de la atención. La lectura entrena al cerebro a concentrar su foco en lo elegido, y por tanto a apartar lo demás. La atención también es un proceso de olvido de aquello que no es relevante en este momento. Ante un libro nos entregamos al mundo de sus personajes, y esto nos convierte en seres con mayor empatía y comprensión de la complejidad humana. Nadie lo ha dicho mejor que Stefan Zweig: los libros solo se escriben para, por encima del propio aliento, unir a los seres humanos, y así defendernos frente al inexorable reverso de toda existencia: la fugacidad y el olvido.