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El trastorno de pánico tiene tratamiento efectivo. ¿Sabés cómo aplicarlo?

  • 12/05/2026
  • David Aparicio

El trastorno de pánico es uno de los cuadros que más consultas genera en psicología clínica, y también uno de los que más frustra a los terapeutas sin entrenamiento específico. No porque sea difícil de entender en teoría, sino porque hay una distancia real entre conocer el diagnóstico y saber qué hacer en sesión cuando un paciente llega convencido de que se va a morir.

La presentación es engañosa. El paciente ya fue al cardiólogo, al neurólogo, al servicio de urgencias. Le dijeron que físicamente está bien. Y sin embargo, el miedo persiste. Aparece la evitación. Se instala la agorafobia. El mundo se va achicando.

Ahí es donde el trabajo clínico tiene que ser preciso.

El modelo cognitivo conductual del trastorno de pánico está entre los más respaldados por la investigación. Sabemos qué procesos psicopatológicos están en juego: el condicionamiento interoceptivo, la interpretación catastrófica de sensaciones fisiológicas, la evitación que mantiene el ciclo. Y sabemos qué funciona para interrumpirlo: psicoeducación específica, reestructuración cognitiva, exposición interoceptiva, exposición en vivo para la agorafobia.

Este es el curso que te recomendamos.

CETECIC, el Centro de Terapia Cognitivo Conductual y Ciencias del Comportamiento de Buenos Aires, ofrece un curso online de Terapia Cognitivo Conductual del Trastorno de Pánico y la Agorafobia, dictado por los licenciados Carmela Rivadeneira y Ariel Minici, dos especialistas con amplia trayectoria clínica y docente.

El curso está estructurado en 10 clases asincrónicas que cubren desde la conceptualización diagnóstica y los modelos teóricos actuales, hasta la evaluación clínica y las técnicas de intervención —tanto cognitivas como conductuales— con una particularidad que vale la pena destacar: incluye material filmado de aplicación de técnicas, para que puedas ver cómo se hace, no solo leer sobre ello.

Algunos de los temas que cubre:

  • Diagnóstico diferencial entre ataque y trastorno de pánico
  • Condicionamiento clásico y operante en el pánico y la agorafobia
  • Evaluación conductual: entrevistas, autorreportes y autorregistros
  • Técnicas cognitivas: psicoeducación, identificación y modificación de pensamientos automáticos, decatastrofización
  • Técnicas conductuales: respiración abdominal, relajación diferencial, exposición interoceptiva
  • Tratamiento de la agorafobia: exposición en vivo

Está dirigido a psicólogos, psiquiatras, profesionales de salud y estudiantes avanzados.

El acceso es inmediato después del pago, 100% asincrónico, con 2 meses y medio para completarlo. Al aprobar el examen final obtenés un certificado digital.

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Agradecemos a CETECIC, nuestro sponsor exclusivo de la semana.

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  • Recursos

Cuando la mente vuelve al pasado: manejo de la rumia y los pensamientos traumáticos

  • 06/05/2026
  • David Aparicio

Recurso clínico de 7 páginas para pacientes con rumia persistente vinculada a recuerdos dolorosos o experiencias traumáticas, especialmente cuando interfiere con el funcionamiento diario y se intensifica cuando alguien menciona el pasado.

Combina psicoeducación sobre rumia con tres habilidades DBT de tolerancia al malestar (STOP, TIPP y ACCEPTS). Incluye una tabla de auto-registro de disparadores, un protocolo de tres pasos para cuando alguien menciona el pasado, y un plan personal para completar con el paciente.

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  • Ciencia
  • Recomendados

Las personas con ceguera no desarrollan esquizofrenia

  • 05/05/2026
  • David Aparicio
man in beige jacket waling with a white cane

En Microsiervos describen que las personas con ceguera no desarrollan esquizofrenia:

Hace ya más de medio siglo dos investigadores se percataron de algo interesante: entre las personas ciegas de nacimiento no había ninguna que desarrollara esquizofrenia en la etapa adulta. Según parece, la esquizofrenia parece estar relacionada (al menos en parte) con errores de predicción del cerebro: el cerebro intenta interpretar el mundo, pero a través de señales débiles, ambiguas e incluso aleatorias.

Una explicación es que en las personas que padecen ceguera cortical congénita la parte visual del cerebro no recibe información desde el nacimiento. Así que esa parte se reorganiza muy pronto para otras funciones: audición, lenguaje, memoria, razonamiento, etcétera. Esa reorganización temprana podría hacer que el sistema de interpretación de la realidad sea más estable y menos propenso a las predicciones erróneas, lo que explicaría que la esquizofrenia no aparezca. Por esa misma razón, perder la vista por accidente o enfermedad ya de adultos no protegería del mismo modo contra ese trastorno mental. 

No tenía idea de esto y es muy interesante. Puedes leer el paper completo aquí.

  • Artículos de opinión (Op-ed)

Ya no digo que soy psicólogo, digo que soy contador

  • 05/05/2026
  • David Aparicio

¿Te ha pasado que llegas a un evento social, a una reunión con amigos, o simplemente vas al barbero, al estilista o a la manicurista, y no quieres decir que eres psicólogo o psicóloga porque temes que te empiecen a pedir consejos y recomendaciones? ¿O que no tienes ganas de escuchar la historia y los problemas de la otra persona y solo quieres un momento de silencio y tranquilidad?

A mí me pasaba seguido. Iba a cortarme el cabello, o me encontraba con alguien que quería saber más de mi trabajo, y yo no tenía ganas de hablar. Decía que era psicólogo y enseguida venía la historia larguísima sobre la vida del otro. Cansado de que esto me pasara una y otra vez, un día decidí cambiar de profesión. Busqué una que no generara tanta curiosidad, una que la gente asumiera entender sin necesidad de preguntar más.

Hice la prueba diciendo que era profesor de matemáticas, contador y oficinista, y descubrí que la mejor alternativa era decir que era contador. Cuando lo dije, el barbero dejó de preguntarme y se dedicó a cortarme el cabello en el hermoso silencio de la tarde. Justo lo que necesitaba, porque después me esperaba una ardua jornada de terapias. He replicado el experimento varias veces y siempre me ha funcionado a la perfección. Nadie más me pregunta por mi profesión ni por mi día.

Ojo, no tengo nada en contra de los contadores ni de los profesores de matemáticas. Son profesiones ricas en experiencias y conocimiento, y muy importantes en nuestra sociedad. Lo que pasa es que no despiertan tanta curiosidad ni cargan con la expectativa cultural que rodea a la psicología.

Así que ya sabes: si quieres un momento de silencio, di que eres contador o profesor de matemáticas. Nadie seguirá preguntando.

  • Análisis

Sé híbrido, no especialista

  • 04/05/2026
  • David Aparicio

En la consulta veo cada vez más personas —muchas recién graduadas— que llegan con una angustia particular: no saben qué especialización elegir. No es la crisis vocacional clásica. Es algo más específico: creen que tienen que apostar todo a una sola carta y que equivocarse tiene un costo enorme e irreparable. Y viven esa indecisión como un fracaso personal, como si no haberse decidido todavía fuera una señal de que algo está mal en ellos.

Esa presión viene de  un mensaje que se repite en la universidad, en las familias, en el mercado laboral: especialízate, enfócate, sé el mejor en algo concreto. No creo que especializarse sea malo en sí mismo. Pero se ha convertido en el único camino que se enseña, y eso sí es un problema. Cuando solo existe una forma válida de crecer profesionalmente, la gente aprende a ignorar la curiosidad que no tiene aplicación inmediata —y va podando, sin darse cuenta, exactamente lo que podría diferenciarla.

Algunos dirían que la alternativa es ser generalista ,alguien que sabe un poco de todo, como los grandes científicos del siglo XIX que podían hablar de física, botánica y filosofía en la misma conversación. Pero eso también tiene sus problemas. El generalista puro corre el riesgo de no tener profundidad real en ningún área: sabe hacer muchas cosas pero no domina ninguna, y esa sensación de estar siempre alcanzando sin terminar de llegar puede ser difícil de sostener. En el mercado laboral, el generalismo puede ser una desventaja: quienes contratan suelen buscar a alguien con un perfil claro, y un currículum que abarca demasiado puede leerse como una señal de falta de dirección. No es que el generalismo sea malo —tiene virtudes reales— pero tampoco es la respuesta.

Steph Ango1, CEO de Obsidian —una de las aplicaciones más utilizadas para escribir y organizar ideas—, tiene una propuesta que va a contracorriente: no te especialices ni te conviertas en generalista. Hazte híbrido. Desarrolla profundidad real en dos áreas distintas, incluso si nadie entiende bien qué tienen que ver la una con la otra. Así lo explica:

El camino híbrido consiste en desarrollar experiencia en dos o más áreas distintas. Tener varias especialidades permite ver patrones que nadie más puede ver y hacer contribuciones que nadie más imaginaría. El mundo necesita más personas híbridas.

La especialización es atractiva. Muchas de las personas famosas que conoces son especialistas. La especialización parece la única forma de alcanzar los frutos más altos en campos donde las ramas bajas ya están vacías. Parece también un camino más predecible y medible.

Ilustración de Stephen Ango.

Ango distingue dos tipos de personas híbridas. Las que tienen forma de T: dominan un área y desarrollan conocimiento en áreas adyacentes. Un abogado que entiende de tecnología. Un diseñador que sabe de negocios. Y las que tienen forma de U: combinan áreas que no suelen encontrarse juntas. Un ingeniero que estudia filosofía. Una enfermera que hace teatro. Estas combinaciones generan escepticismo —nadie entiende bien qué hace esa persona— pero también producen los saltos más inesperados. Ango los llama «rompedores de mesetas«.

Su metáfora es precisa: los híbridos funcionan como los materiales compuestos en ingeniería. El resultado tiene propiedades que ninguno de los elementos por separado podría tener.

Pienso en esto cuando veo a un clínico formado exclusivamente en psicoterapia que no puede hacer ninguna conexión con el arte, el diseño, el deporte o la tecnología. Solo ve terapia. Y esa estrechez no es neutral: limita lo que puede ofrecer a sus pacientes. La persona que llega con un bloqueo creativo, con una identidad construida alrededor del deporte, con una relación compleja con la tecnología —esa persona merece un clínico que pueda acompañarla desde más de un ángulo.

Yo mismo llegué a la psicología cargando intereses que no parecían tener nada que ver entre sí: la tecnología y la psicología. Durante años no supe qué hacer con eso. Hoy es exactamente lo que le da forma a Psyciencia. No lo planeé. Simplemente no lo descarté.

La pregunta no es si especializarte o no. Es si estás dispuesto a ser alguien que no encaja perfectamente en ninguna categoría, a cambio de poder ver lo que otros no ven.

Te recomiendo leer el ensayo original de Steph Ango, en inglés. Es oro puro.

Nota al pie de página:

  1. Es curioso cómo llegué al blog de Ango. Estaba leyendo Kottke —un blog con casi 30 años en la web que comparte cosas de diseño, tecnología y cultura— y en su lista de sitios recomendados estaba el nombre de Ango. Entré por curiosidad y terminé leyendo algo que conectaba directamente con lo que venía pensando. Esto es lo que más amo de internet: entras por una cosa y terminas en otra completamente distinta que de alguna forma tiene todo que ver con tu trabajo. ↩

Otras voces

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  • Recursos

Estrategias dialécticas en DBT: El arte de integrar la aceptación y el cambio (webinar)

  • 03/05/2026
  • David Aparicio

En una reciente clase abierta para DBT Iberoamérica, la Dra. Nathalia Vargas expone la esencia de las estrategias dialécticas, el pilar que distingue a la Terapia Dialéctica Conductual. Desarrollada originalmente en los años 80 para atender emergencias de riesgo suicida, la DBT se ha consolidado como el estándar de oro para tratar la desregulación emocional severa.

El núcleo de esta propuesta es la filosofía Zen, que asume que dos verdades aparentemente opuestas pueden coexistir. En el contexto clínico, esto se traduce en la tensión constante entre la aceptación y el cambio. El terapeuta debe validar profundamente la experiencia del consultante mientras, simultáneamente, lo impulsa hacia las conductas necesarias para construir una «vida que valga la pena vivir». Esta postura busca romper la polarización cognitiva (el pensamiento de «todo o nada»), un estado de rigidez que intensifica las emociones y bloquea la resolución de problemas.

Para lograr este equilibrio, la Dra. Vargas destaca estilos de comunicación específicos:

  • Reciprocidad: Basada en la calidez, la escucha activa y la validación de las emociones y pensamientos del consultante.
  • Irreverencia: Un estilo audaz y sorprendente utilizado para confrontar patrones disfuncionales, llamar la atención sobre lo que falta en el análisis y movilizar al paciente hacia el cambio.

Además, se exploran técnicas fundamentales como el uso de metáforas, la paradoja y el «Abogado del Diablo», todas diseñadas para generar flexibilidad psicológica. El objetivo final es que el consultante logre operar desde la Mente Sabia, integrando la razón y la emoción para tomar decisiones equilibradas. Caminar por el «sendero del medio» no es encontrar un punto medio estático, sino realizar un baile constante hacia la síntesis y la salud emocional.

  • Análisis

Entrenar sin moverte: el poder de la visualización

  • 02/05/2026
  • Gretel Martinez

Cuando escucho «entrenamiento», se me viene la imagen de alguien corriendo, haciendo burpees o esfuerzos descomunales, ejercicios de repetición y desgaste visible. Pero hay otra forma de entrenar que ocurre sin mover un músculo y que muy probablemente ya estás usando sin darte cuenta: cuando organizás mentalmente las compras del supermercado, cuando antes de un viaje armás la ruta en la cabeza, o cuando antes de una reunión difícil te imaginás cómo vas a responder. Eso también es entrenamiento.

En psicología clínica esta práctica tiene un nombre: afrontamiento anticipado o cope ahead (Linehan, 2015). Así como podemos recrear mentalmente un escenario futuro poco amable para prepararnos, también podemos hacerlo con nuestras habilidades, de modo que cuando llegue el momento, la respuesta sea cada vez más fluida (Linehan, 2020). Adelantarnos a lo que va a pasar nos brinda un modelo para acercarnos mejor, una referencia que organiza la experiencia antes de que ocurra.

Esta herramienta tiene un nombre técnico: imaginería, también llamada visualización. Es una representación mental en ausencia de estímulos externos, basada en la memoria y en la anticipación, que permite reexperimentar un estímulo previo o generar una nueva combinación de estímulos para recrear o prever eventos con alto grado de realismo sensorial (Bär et al., 2024). Lo que la evidencia científica demostró durante décadas es claro: el cerebro puede entrenar antes de que el cuerpo actúe.

La visualización: entrenar la mente

Desde una perspectiva neurofuncional, esta simulación activa redes cerebrales involucradas en el movimiento real, incluyendo sistemas motores y sensoriales. La teoría psiconeuromuscular propone que la imaginación vívida puede generar patrones de activación muscular similares a los producidos durante la ejecución física, facilitando el aprendizaje motor y el rendimiento (Bär et al., 2024).

La evidencia acumulada confirma que la visualización no es una herramienta accesoria, sino una intervención psicológica eficaz. Un metaanálisis reciente que analizó 86 estudios con 3593 atletas encontró que la visualización mental mejora el rendimiento deportivo de forma significativa, con efectos positivos consistentes en distintas disciplinas (Liu et al., 2025). Estas mejoras se observaron en:

  • Fuerza muscular
  • Precisión motora
  • Rendimiento técnico
  • Coordinación
  • Desempeño en deportes como tenis, fútbol, gimnasia y atletismo

El efecto es mayor cuando la visualización se combina con otras estrategias psicológicas, como el establecimiento de objetivos o el entrenamiento atencional. El entrenamiento mental no reemplaza al físico, pero lo potencia (Volgemute et al., 2025). La investigación muestra que la capacidad de generar imágenes mentales vívidas se asocia con mayor confianza, mejor regulación emocional, mayor precisión técnica y mejor preparación ante situaciones de presión. Visualizar permite ensayar estrategias, anticipar escenarios y reducir la incertidumbre. También facilita la preparación emocional: experimentar anticipadamente una situación exigente en un entorno controlado mejora tanto la ejecución como la regulación psicológica.

Imaginería y motivación en la vida diaria

Más allá del deporte, la visualización influye directamente sobre la motivación y la conducta. Los estudios experimentales muestran que imaginar una acción aumenta la motivación para realizarla, amplifica la anticipación de recompensa y facilita la preparación conductual (Bär et al., 2024). El cerebro no solo utiliza la visualización para simular movimientos, sino también para anticipar resultados. Cuando una persona imagina una acción con suficiente realismo, el cerebro comienza a procesarla como una posibilidad concreta, aumentando la probabilidad de ejecución.

La visualización actúa como un amplificador motivacional. La simulación mental es una capacidad fundamental del cerebro humano, involucrada en el aprendizaje, la toma de decisiones, la regulación emocional y la anticipación. La diferencia entre un atleta de élite y cualquier otra persona no es la presencia de esta capacidad. Es su entrenamiento deliberado.

Antes de que el cuerpo actúe, el cerebro ya practicó. El entrenamiento empieza en la mente, incluso en casa.

Referencias

  • Bär, A., Heininga, V. E., Lemmens, L. H. J. M., & Renner, F. (2024). From anticipation to action: A RCT on mental imagery exercises in daily life as a motivational amplifier for individuals with depressive symptoms. Applied Psychology: Health and Well-Being, 16, 1988–2005. https://doi.org/10.1111/aphw.12572
  • Boggiano, J. P., y Gagliesi, P. (2018). Terapia Dialéctico Conductual: Introducción al tratamiento de consultantes con desregulación emocional. Tres Olas Ediciones.
  • Farmer, S. (2026, February 14). Visualizing the ski slope can point them to a successful run. Los Angeles Times. https://www.magzter.com/stories/newspaper/Los-Angeles-Times/VISUALIZING-THE-SKI-SLOPE-CAN-POINT-THEM-TO-A-SUCCESSFUL-RUN
  • Linehan, M. M. (2015). DBT skills training manual (2nd ed.). The Guilford Press.
    Linehan, M. M. (2020). Manual de entrenamiento en habilidades DBT para el/la terapeuta (P. Gagliesi, Trad.). Editorial de la Universidad Nacional de La Plata (EDULP).
  • Liu, Y., Zhao, S., Zhang, X., Zhang, X., Liang, T., & Ning, Z. (2025). The effects of imagery practice on athletes’ performance: A multilevel meta-analysis with systematic review. Behavioral Sciences, 15(5), 685. https://doi.org/10.3390/bs15050685
  • Volgemute, K., Vazne, Z., & Malinauskas, R. (2025). The benefits of guided imagery on athletic performance: A mixed-methods approach. Frontiers in Psychology, 16, 1500194. https://doi.org/10.3389/fpsyg.2025.1500194
  • Recomendados

¿Qué es el trastorno límite de la personalidad?

  • 01/05/2026
  • David Aparicio

Buen artículo de divulgación sobe el TLP en The New York Times:

Uno de los rasgos que caracterizan el trastorno límite de la personalidad es la hipersensibilidad: la mayoría de las personas oscilan entre la ansiedad y el miedo a ser criticadas o a no agradarles a la gente, y entre la ira y la paranoia cuando tienen la sensación de que la gente las rechaza, afirmó Choi-Kain.

En un momento dado, un paciente puede sentirse bien, luego deprimido y después muy enfadado. Esto puede dar lugar a relaciones llenas de conflictos y carentes de paz, armonía, coherencia o profundidad, dijo Frank Yeomans, profesor clínico de psiquiatría del Weill Cornell Medical College, quien se ha dedicado al tratamiento y la investigación de los trastornos de la personalidad durante décadas.

Cuando las cosas parecen perfectas, “estás en el paraíso”, añadió Yeomans. Sin embargo, “en cuanto aparece algún defecto en lo que antes era agradable, pasas del cielo al infierno”.

A pesar del caos en sus relaciones personales, a las personas con TLP les suele resultar difícil estar solas, señalaron los expertos. Esto se debe en parte a que carecen de un sentido de identidad independiente de los demás.

“A menudo, las personas con TLP tienden a depender en exceso de las relaciones para entender quiénes son, y eso puede hacer que la inestabilidad en las relaciones sea aún más grave”, aclaró Masland.

Decidí compartirlo porque no es habitual encontrar buenos artículos de divulgación acerca de un tema tan importante y, a la vez, tan juzgado y tan lleno de mitos como el trastorno límite de personalidad.

Léelo completo en The New York Times.

  • Ciencia

¿Qué pasa cuando el ambiente deja de reforzar el esfuerzo?

  • 30/04/2026
  • David Aparicio

Una reflexión con algunas hipótesis sobre cómo el ambiente refuerza o deja de reforzar el esfuerzo necesario para construir competencias.

Estaba preparando la clase de la semana siguiente para el módulo de regulación emocional de DBT. Llegué al apartado de construir competencia y anticiparse, las dos habilidades que enseño hace años. La definición la conozco bien: hacer cosas que te hagan sentir hábil, seguro de ti mismo, en control y capaz de dominar situaciones difíciles. Es una herramienta para reducir la vulnerabilidad emocional: cuanto más capaz te percibes en tu vida, menos terreno fértil hay para la desregulación.

Pero esta vez me detuve en algo que en otras lecturas había pasado por alto. En el Manual de Entrenamiento en Habilidades DBT, Linehan observa que los bebés tienen una tendencia natural a aumentar la competencia. Lo vemos en cualquier niño pequeño que intenta una y otra vez ponerse de pie, abrir un envase, vestirse solo. Pero esa tendencia, dice ella, puede perderse con el tiempo si no se refuerzan los esfuerzos para incrementarla.

En consulta enseñamos esta habilidad como si el problema fuera estrictamente individual: el paciente que se evita, que no se desafía, que prefiere lo cómodo. Pero el refuerzo nunca es solo individual. El ambiente refuerza o extingue conductas, y el ambiente en el que vive ese paciente actúa en al menos dos niveles: la familia, donde aprendió desde pequeño qué cosas hacía solo y cuáles le hacían los demás; y la sociedad más amplia, una arquitectura cotidiana —tecnología, mercado, hábitos culturales— diseñada en buena medida para hacer las cosas más fáciles.

Y ahí está la pregunta que me hice esa noche: ¿Qué refuerza hoy el esfuerzo de construir competencia, y qué dejó de hacerlo?

Las cosas tienen que ser un poco difíciles

Antes de entrar al análisis, conviene nombrar algo que da por sentado el resto del artículo: las destrezas se desarrollan haciendo cosas que cuestan. La pequeña dificultad cotidiana —el problema que tomó tiempo resolver, la frustración que hubo que sostener, la tarea que costó pero salió— no es un obstáculo al crecimiento. Es la materia prima.

Hay una paradoja bien documentada en psicología cognitiva. Michael Inzlicht y sus colegas la llamaron el effort paradox: humanos y otros animales tendemos a evitar el esfuerzo, pero también el esfuerzo añade valor a los resultados, y a veces elegimos opciones precisamente porque son difíciles. Una revisión que sintetiza estudios con miles de participantes muestra que las actividades esforzadas se viven como más significativas, aunque menos placenteras. Es la divergencia clásica entre bienestar hedónico y eudaimónico.

Cuando los montañistas explican por qué suben, no hablan de placer. Hablan de competencia, de maestría, de ver de qué están hechos. Eso se parece a lo que Linehan describe cuando habla de construir competencia: una sensación que no se compra ni se delega, que aparece cuando uno hace algo difícil con sus propios recursos.

Cuando la familia hace todo fácil

El primer contexto donde se aprende —o no se aprende— a tolerar la dificultad es la familia. Y aquí entra una observación incómoda: con frecuencia, los padres con buenas intenciones quitan a sus hijos las oportunidades de desarrollar destrezas justamente al intentar protegerlos de la dificultad.

El niño que pide ayuda con la tarea y recibe la respuesta hecha. El adolescente que olvida la mochila y recibe a su mamá llevándosela al colegio para que no tenga consecuencias. El joven adulto cuyos padres llaman a la universidad para resolver un trámite que él podría hacer solo. Cada una de esas intervenciones, aislada, es razonable. Acumuladas, sustraen del repertorio del hijo una experiencia importante: enfrentar un problema y descubrir que puede resolverlo.

Un metaanálisis reciente que combinó 53 estudios sobre crianza sobreprotectora , a veces llamada helicopter parenting o snowplow parenting, encontró asociaciones moderadas entre estos patrones y más ansiedad, menor autoeficacia y peor regulación emocional en adultez emergente. Los efectos son consistentes en su dirección, aunque heterogéneos en magnitud. Y la dirección es coherente con lo que sabemos de aprendizaje: una habilidad que no se practica no se desarrolla.

Lo importante, desde la clínica, no es culpar a los padres. La sobreprotección casi nunca viene del descuido; viene del amor mal calibrado, o de la propia ansiedad parental que no tolera ver al hijo frustrado. Pero el efecto sobre el hijo es similar al de cualquier habilidad poco entrenada: llega a la adultez con menos práctica de la que necesita. Y cuando la vida adulta le presenta su primera dificultad real: una ruptura, un examen difícil, un jefe exigente. La sensación es de no tener herramientas. Porque, en cierto modo, no las tiene.

En la familia ocurren las primeras contingencias de reforzamiento sobre el esfuerzo. Lo que se modela y se refuerza ahí —que vale la pena intentarlo, que la frustración pasa, que uno mismo puede resolver lo que tiene delante— configura una historia de aprendizaje que la persona lleva al resto de sus contextos. No la determina, pero sí condiciona qué tan probable es que los aproveche.

La sociedad no reduce el esfuerzo: lo redistribuye

Si en la familia la facilidad excesiva es involuntaria y bienintencionada, en la sociedad es una estrategia explícita. Industrias enteras se organizan alrededor de la promesa de ahorrar tiempo y reducir esfuerzo: delivery, asistentes virtuales, navegación automatizada, recomendaciones personalizadas, IA generativa, atención al cliente automatizada. Cada una de esas innovaciones, individualmente, resuelve un problema real. Acumuladas, configuran un entorno donde la dificultad cotidiana se vuelve cada vez más rara.

Pero aquí conviene tener cuidado con la conclusión rápida. Es tentador decir que la sociedad actual nos deja a todos más blandos. Eso no es lo que muestra la realidad cuando uno mira con calma.

La sociedad actual ha aumentado las oportunidades de esfuerzo en muchos dominios. Hoy más personas que nunca cursan carreras largas, hacen posgrados, aprenden idiomas online, corren maratones, programan por hobby, escriben en plataformas digitales, mantienen relaciones complejas en contextos multiculturales, navegan profesiones cognitivamente exigentes que antes no existían. La cultura del aprendizaje continuo, del entrenamiento físico voluntario, del proyecto personal sostenido, son fenómenos masivos. Quien hoy quiere desafiarse intelectual, creativa, vincular o físicamente tiene más herramientas y más acceso que cualquier generación anterior.

Lo que ha cambiado no es la cantidad total de esfuerzo posible, sino su distribución. La sociedad redujo el esfuerzo cotidiano de baja intensidad —cocinar, navegar, esperar, hacer trámites, recordar, calcular, sostener el aburrimiento— y abrió en cambio dominios voluntarios de esfuerzo intensivo donde practicar maestría. Pero esos dominios no son automáticos. Hay que entrar a ellos. Hay que sostener la entrada. Y para entrar y sostener, se necesita algo que no viene con los dominios mismos: la disposición previa de esforzarse.

Y aquí es donde vuelve la familia. Porque esa disposición previa no se construye de adulto. Se construye temprano, en las pequeñas experiencias de haber resuelto algo difícil, haber tolerado una frustración, haber descubierto que uno puede. Si la familia no reforzó esos esfuerzos, las oportunidades de la sociedad (reales, abundantes, accesibles) se quedan sin alguien que las tome.

La sociedad ofrece más caminos para construir maestría que nunca antes. Pero los toma quien ya aprendió, en algún lugar, que el esfuerzo merece la pena. Quien no lo aprendió en la familia y vive además en una vida cotidiana sin fricción que se lo enseñe por defecto, queda en una posición particular: con todas las oportunidades del mundo y sin el motor para entrar a ellas.

Consecuencias clínicas

Si el esfuerzo importa, y si la combinación de una familia que no lo reforzó y una vida cotidiana que ofrece pocas dificultades por defecto reduce el repertorio de experiencias previas con las que llega la persona, hay consecuencias clínicas predecibles. El peso de la evidencia varía entre ellas: las dos primeras están más sólidamente apoyadas; las dos últimas son más argumentativas que empíricas.

Primero: una autoeficacia poco anclada en la experiencia. La autoeficacia, en el sentido de Albert Bandura, no es autoestima. No es decirse «yo puedo». Es la creencia, anclada en experiencias previas, de que uno puede ejecutar las acciones necesarias para lograr un objetivo. Bandura describe cuatro fuentes de autoeficacia, y la más influyente son las experiencias de dominio: haber hecho cosas difíciles antes y haberlas resuelto. Es razonable suponer que cuando el contexto no provee suficientes experiencias de ese tipo —porque otros las resolvieron, o porque la tecnología las automatizó— la autoeficacia se vuelve más frágil. Hay creencia de capacidad, pero menos respaldo experiencial. Y la baja autoeficacia es un factor de riesgo robusto para trastornos de ansiedad y afectivos.

Segundo: menos práctica de la tolerancia al malestar. En DBT trabajamos sobre la tolerancia al malestar como una habilidad concreta, entrenable. Pero como toda habilidad, requiere práctica. Cuando el ambiente resuelve la dificultad casi al instante —el paquete llega hoy, la respuesta llega en un click, la duda se resuelve preguntándole a un chatbot— las ocasiones cotidianas de sostener una pequeña frustración desaparecen. No es que el paciente «no aguante nada». Es que ha tenido pocas oportunidades de descubrir, en lo cotidiano, que sí puede aguantar. Y alguien sin entrenamiento clínico puede confundir déficit de habilidad con rasgo de carácter.

Tercero, también con apoyo más teórico que empírico: la evitación deja de ser un patrón individual y se vuelve estructural. En terapia conductual entendemos la evitación experiencial como un patrón aprendido y mantenido por refuerzo negativo: evito algo difícil, baja la ansiedad, se refuerza la evitación. Trabajamos para romper ese ciclo. Pero cuando el ambiente entero premia la evitación —cuando un click resuelve el problema, cuando el algoritmo te ofrece exactamente lo que ya te gusta, cuando saltarte lo difícil tiene cero costo social— el patrón clínico tiene un aliado cultural. Estamos trabajando contra una arquitectura, un sistema que refuerza ese mismo patrón en muchas de las interacciones cotidianas del paciente.

Cierre

El refuerzo del esfuerzo, parece, depende de dos cosas distintas: una familia que enseña temprano que vale la pena intentarlo, y un entorno cotidiano que después no lo contradiga. Cuando los dos refuerzan, esforzarse no cuesta tanto trabajo: la vida lo va sosteniendo. Cuando alguno deja de hacerlo, esforzarse se vuelve un trabajo que la persona tiene que hacer mayormente sola.

No sé si esto es del todo así. Es una hipótesis que me dejó la clase de esa noche y que sigo dándole vueltas. Pero si tiene algo de cierto, la pregunta que me parece importante hacer es esta: ¿qué le pasa a una habilidad cuando deja de ser sostenida por todo lo que pasa alrededor de la persona que la practica?

Bono

Si llegaste hasta acá te recomiendo este video de Casey Neistat que viene como anillo al dedo:

  • Clínica

Una nueva terapia para la anhedonia

  • 28/04/2026
  • CETECIC

Por: Lic. Carmela Rivadeneira y Lic. Ariel Minici. Artículo publicado en la revista de CETECIC y cedido para su republicación en Psyciencia.

La falta de interés y pérdida de la capacidad de experimentar placer ha sido desde siempre una de las marcas distintivas de la Depresión y, particularmente relevante, explica en gran medida el comportamiento suicida. En verdad, la anhedonia es un constructo también vinculado con los trastornos de ansiedad, el estrés postraumático, el consumo problemático de sustancias y los cuadros alimentarios, entre otros. No obstante, a pesar de su destacado rol transdiagnóstico, hasta hace unos pocos años no existían tratamientos psicológicos específicamente diseñados para su abordaje.

¿Qué es la anhedonia? ¿Qué la causa?

“…No tengo ganas…”
“…No disfruto de nada…”
“…Nada me da placer…”
“…Lo único que quiero es dormir…”

Esto se produce debido a una merma o ausencia de las emociones positivas en casi cualquier actividad, desde las más mundanas y cotidianas (como tomar un desayuno en familia o conversar con un amigo), hasta las más sobresalientes y supuestamente estimulantes (como unas vacaciones). La falta de afectos positivos destruye la motivación para la acción, lo cual aborta la aparición de incentivos cotidianos, estableciendo un clásico y conocido círculo vicioso.

Tradicionalmente, la anhedonia ha sido considerada un síntoma patognomónico de la Depresión, como trastorno mayor o en muchas de sus otras variantes. En efecto, la disminución en la capacidad de experimentar placer y la pérdida del interés constituyen la misma definición de Depresión, aunque sabemos que el cuadro suele involucrar otras aristas, dando lugar a múltiples subtipos. Cuando la anhedonia constituye el síntoma nuclear, las depresiones tienden a ser más severas, a responder peor a los tratamientos psicológicos y farmacológicos, a una tasa más alta de recaídas y, de especial relevancia, a tener tanto más ideación suicida como intentos abiertos y algunos, lamentablemente, consumados.

No obstante, la anhedonia no limita su aparición únicamente a los trastornos depresivos. Contrariamente, suele concurrir en la ansiedad social, la ansiedad generalizada, el estrés postraumático, los desórdenes bipolares, el consumo de sustancias (en especial el alcoholismo), los cuadros alimentarios, algunos desórdenes de personalidad como es el esquizotípico y la misma esquizofrenia. En todos y cada uno de los mencionados problemas, la anhedonia torna al tratamiento más tortuoso, extenso y trabajoso, a su vez que aumenta el porcentaje de abandonos y empeora el pronóstico de largo plazo. Las aproximaciones medicamentosas tampoco escapan de la complicación de la anhedonia, pues siempre que este fenómeno aparece, la eficacia de los psicofármacos resulta claramente menor.

Por supuesto, no siempre es la causa; también resulta frecuentemente una consecuencia aunque, como suele ser habitual en nuestra disciplina, la mejor manera de conceptualizar las relaciones es dibujando vínculos de causalidades complejas, circulares y redundantes.

Para la mayoría de los que aplican tratamientos psicológicos (aquellos profesionales que hacen clínica) la anhedonia representa frecuentemente un dolor de cabeza. El paciente carece de motivación, tiende a rechazar las iniciativas del terapeuta, adopta lo que parece ser una actitud negativista pasiva, como si viniera a terapia a quejarse y simplemente decir “no puedo”. Muchos psicólogos se sienten paralizados o experimentan reacciones negativas frente a estos pacientes, quienes lucen refractarios a cualquier propuesta bienintencionada y científicamente basada o, al menos, descripta en los buenos libros de psicología…

Dada su relevancia, esperaríamos tener varias intervenciones específicas para manejar el problema de la anhedonia. Pero no es el caso. Sólo recientemente, digamos en los últimos 10 años, la investigación científica ha propuesto programas terapéuticos puntualmente diseñados para el constructo en discusión. Estos abordajes han ido surgiendo al compás de que se han efectuado nuevos descubrimientos, particularmente en relación con los procesos que originan las emociones positivas. En concreto, el Tratamiento de Afectividad Positiva, desarrollado por Michelle Craske, al cual nos referiremos más extensamente en seguida, constituye una aplicación directa de nuevos hallazgos en psicología y en neurociencias.

Sistemas de afectividad positiva y afectividad negativa

Históricamente se han reconocido dos grandes sistemas motivacionales afectivos primarios: uno aversivo (también llamado “de castigo”), el cual produce reacciones de alejamiento de los estímulos potencialmente dañinos y otro apetitivo (o “de recompensa”), basado en la aproximación hacia los estímulos que satisfacen necesidades. Ambos sistemas son necesarios para la adaptación, supervivencia y reproducción.

El sistema aversivo (responsable de las conductas de alejamiento, evitación y escape de los contextos donde puede primar el peligro) produce emociones primarias como el miedo, la ansiedad o el enojo, las cuales derivan en reacciones de afecto secundarias, como la vergüenza, el remordimiento, la culpa, los celos, el desprecio, el odio, la aversión. Paralelamente, no opuestamente, sino en simultáneo, opera un sistema apetitivo, orientado a la búsqueda, aproximación y consumo de estímulos que satisfacen necesidades. A esos estímulos frecuentemente también se los designa como incentivos o recompensas. El sistema apetitivo da surgimiento a emociones placenteras primarias como alegría o excitación sexual, así como a un amplio abanico de afectos positivos derivados tales como el amor, el cariño, la gratitud, el entusiasmo, la esperanza. Ambos sistemas se encuentran abiertos a las influencias tanto internas como externas, operando en fino equilibrio de acuerdo con las circunstancias puntuales.

Las terapias psicológicas tanto para la depresión como para los trastornos de ansiedad han tendido a enfocarse en disminuir el funcionamiento del sistema aversivo. En otras palabras, el éxito obtenido de la psicoterapia radica en gran medida en haber logrado diseñar un conjunto de intervenciones capaces de atenuar y manejar las emociones negativas primarias y derivadas, así como propiciar el afrontamiento de las situaciones evitadas. Sin embargo, los desarrollos orientados al aumento del funcionamiento del sistema apetitivo son comparativamente escasos. Con el objetivo de llenar este vacío, se ha desarrollado recientemente un protocolo prometedor denominado Tratamiento de Afectividad Positiva, el cual se encuentra publicado detalladamente como uno de los manuales de la serie “Tratamientos que funcionan” de Oxford University Press. La autora principal, Michelle Craske, es una reconocida investigadora de la Universidad de California. En lo que sigue de este artículo, describimos resumidamente los aspectos más salientes de esta intervención. Dado que no existe una traducción oficial del inglés al castellano, hemos optado por elegir libremente los términos que, de acuerdo con nuestra experiencia, mejor transmiten las ideas a nuestro idioma.

Tratamiento de Afectividad Positiva

El programa consiste en un conjunto de pasos prácticos orientados a operar y modificar sus diferentes mecanismos y subprocesos. Con la filosofía tradicional de las terapias basadas en evidencias, se ha formulado un protocolo de intervención con instrucciones precisas para cada instancia, el cual puede y debe ser aplicado de modo flexible por el terapeuta. Naturalmente, el programa ya ha sido testeado empíricamente, con muy buenos resultados.

Sistemas y procesos de afectividad positiva

Como ya se ha mencionado, el sistema de recompensa o afectivo positivo primario produce las emociones positivas y las conductas de aproximación a los estímulos capaces de satisfacer necesidades biológicas básicas. Ya que el sistema se encuentra abierto a nuevas claves ambientales, y en virtud de la complejidad de la evolución humana, este se ha convertido en la fuente de las acciones orientadas hacia metas y objetivos, desde las más básicas como la alimentación hasta las más complejas y sublimes como la afiliación a ideologías políticas o religiosas. Así, actos como leer un libro, jugar un videojuego, correr una maratón, pasear en la plaza con tus hijos, casarse y llevar adelante una vida en pareja, comer con amigos, asistir a un ritual religioso o disfrutar de una pieza artística, todos constituyen ejemplos de comportamientos predominantemente nutridos por la afectividad positiva, sea que ella se vivencie en el mismo momento de su ejecución o porque se sostenga la expectativa de su experiencia en un futuro próximo o remoto. De uno u otro modo, la base de todas las acciones humanas mencionadas se halla predominantemente en el sistema apetitivo primario.

A su vez, las investigaciones han distinguido tres componentes o subprocesos principales en la operación del sistema:

La anticipación o motivación hacia la recompensa: consistente en un interés en la experiencia apetitiva futura y en la disponibilidad para llevar a cabo el esfuerzo para obtenerla. Se lo llama genéricamente como el subsistema de “deseo”, en el sentido de querer o anhelar algo.

La sensibilidad hacia el logro de la recompensa: se refiere a la experiencia subjetiva de placer debido al contacto con la recompensa, particularmente, notando cuando sucede y apreciando su presencia. Se lo designa con el nombre de subsistema de “agrado” o “disfrute”, en cuanto a gozar la experiencia subjetiva del encuentro con el reforzador positivo o recompensa.

El aprendizaje de recompensa: el cual involucra asociaciones y predicciones sustentadas en los condicionamientos, clásico e instrumental, a partir de las experiencias previas. Concretamente, conlleva el aprender qué tipo de estímulos son reforzantes y qué conductas se requieren para alcanzarlos. Ha sido bautizado con el nombre de “subsistema de aprendizaje”.

La anhedonia, en cuanto síntoma persistente en los cuadros emocionales como los depresivos y ansiosos, se relaciona con procesos cognitivos, conductuales y neurales anómalos. En especial, los avances en el terreno de las neurociencias no dejan dudas acerca de que existe un correlato neural de la sintomatología observada, al cual pasaremos revista sucintamente debido a la complejidad del tema.

El primer componente, la anticipación hacia la recompensa, engloba trayectos dopaminérgicos del área tegmental ventral, aparte de la amígdala, el cuerpo estriado ventral y la corteza orbitofrontal. El núcleo accumbens posee un rol principal en la señalización de la recompensa y la invigorización de la conducta orientada a metas.

La sensibilidad hacia la obtención de los reforzadores apetitivos se halla mediatizada por vías opioides y de endocannabinoides en el cuerpo estriado ventral y también la zona orbitofrontal, lo cual representa una superposición parcial con el proceso anterior.

Finalmente, el aprendizaje basado en recompensas también involucra circuitos dopaminérgicos, en este caso ubicados en la corteza cingulada, orbitofrontal, prefrontal ventromedial y prefrontal dorsolateral. La neurotransmisión dopaminérgica del núcleo accumbens desempeña un rol importante en el aprendizaje por conductas consumatorias.

Más allá de los intrincados detalles de la nomenclatura neuroanatómica, importa retener una idea cardinal: los comportamientos tanto sanos como patológicos que observamos en el plano conductual y cognitivo tienen su correlato en el nivel neural. Por si acaso, esto no significa una causalidad unidireccional por la cual lo que sucede en el cerebro provoca de modo directo el fenómeno psicológico y, por ende, la única incógnita que resta despejar es el nombre de las drogas adecuadas. 

Por ende, cambiar la sintomatología de la anhedonia requiere de intervenciones ambientales, basadas en cambios contextuales, comportamentales y cognitivos. Estos tratamientos no resultan incompatibles, sino complementarios, con la alteración directa del funcionamiento del sistema nervioso a través del uso de psicofármacos u otras terapias de base física. Por otro lado, ya se ha demostrado reiteradamente que los procedimientos psicológicos se traducen en cambios cuantificables en el funcionamiento del cerebro. Y como se verá en lo que sigue, el programa terapéutico que describimos en el presente artículo constituye uno de tipo estrictamente psicológico, que apela a la adquisición de nuevas habilidades cognitivas y conductuales así como a una modificación activa de los contextos. Nada de psicofármacos.

Estructura del Tratamiento de Afectividad Positiva

La intervención se encuentra estructurada en un conjunto de módulos que se subdividen en pasos más finos y concretos para cubrir los diferentes procesos del sistema de afectividad positiva. Naturalmente, no se desconoce la importancia de disminuir la afectividad negativa, para lo cual disponemos de procedimientos validados desde hace años. La nueva terapéutica se compatibiliza perfectamente bien con las anteriores (orientadas a la disminución de las emociones aversivas como la ansiedad o la tristeza) pero estas últimas no constituyen el foco de su intervención.

El primer paso del protocolo es un capítulo de introducción y psicoeducación, el cual engloba a los aspectos más generales del problema de la anhedonia y su relación con el o los desórdenes emocionales que padezca el consultante. En este punto, se efectúa un primer ejercicio orientado a entender experiencialmente el ciclo que perpetúa los estados de ánimo negativos y cómo convertirlo en un espiral de emocionalidad positiva. El entrenamiento incluye la habilidad de “nombrar y etiquetar emociones”, con el objetivo de expandir el caudal simbólico a fin de que el paciente pueda representar no sólo los principales estados emocionales positivos, como la alegría, sino también los secundarios y sus matices, como por ejemplo la ternura o la serenidad.

A partir de este momento, el tratamiento se estructura alrededor de 3 grandes ejes, los cuales incluyen grupos de habilidades que favorecen la activación de la afectividad positiva:

  • Acciones para sentirse mejor.
  • Atender a lo positivo.
  • Construir experiencias positivas.

El primer conjunto, Acciones para sentirse mejor, parte del reconocido protocolo de activación conductual, pero lo potencia adicionando el entrenamiento de nuevas habilidades. Este módulo contempla concretamente la práctica de cuatro habilidades:

  • 1. Monitoreo diario de actividades y del estado de ánimo: se trata de un seguimiento cercano de las acciones cotidianas realizadas, así como del impacto que acarrean en el estado de ánimo de forma casi inmediata. Con ello se espera mejorar el funcionamiento del subsistema de aprendizaje.
  • 2. Diseño de actividades positivas: consiste en una planificación activa de tareas inherentemente agradables. Con esto se aborda el subsistema inicial, el deseo.
  • 3. Práctica de actividades positivas: se lleva adelante la ejecución de las actividades planeadas en el punto anterior, con un énfasis en la observación del cambio anímico que ocasionan. Con ello se trabaja sobre el subsistema de agrado y el de aprendizaje.

La práctica de los mencionados tres hábitos se superpone con el ya mencionado protocolo de activación conductual. Justamente, es desde este momento en que el Tratamiento de Afectividad Positiva comienza a diferenciarse, agregando nuevos componentes. Así surge la cuarta habilidad a entrenar en este módulo:

  • 4. Saborear el momento: el objetivo consiste en aumentar el impacto positivo de la recompensa. Ello se logra a través de ejercicios de visualizaciones y racontos detallados de las actividades ejecutadas y las consecuencias disfrutadas. La actividad se encuentra diseñada para potenciar tanto los procesos atencionales como de memoria hacia experiencias placenteras, operando en contra de los característicos sesgos cognitivos propios de las patologías emocionales. La evidencia ha mostrado que este ejercicio favorece los mecanismos de agrado y aprendizaje del sistema afectivo positivo primario.

El segundo grupo de habilidades, Atender a lo positivo, se centra en impulsar los procesos atencionales e imaginativos orientados hacia la búsqueda de recompensas. 

La investigación ha documentado claramente que las personas que padecen anhedonia presentan un sesgo cognitivo negativo hacia la información que proviene tanto del ambiente como de su propia memoria. A esto se suma un marcado déficit en la capacidad de imaginar, vale decir, representar sensorial o verbalmente escenarios que no se han vivenciado pero que sí podrían ocurrir. Por ejemplo, alguien con depresión presenta serias dificultades para planificar una salida de campo con amigos pues le cuesta formar una imagen mental del hecho que no sucedió pero sí es perfectamente factible; en otras palabras, un encuentro en el campo con césped verde y árboles en un día de sol, con juegos al aire libre, algo rico que saborear en el almuerzo, los aromas de la vegetación. La carencia de la imagen impide la motorización de acciones tendientes a convertirla en realidad. El reconocimiento de estos y otros déficits en las personas que padecen anhedonia ha llevado a construir los siguientes ejercicios:

Encontrar el lado positivo: se propicia el entrenamiento en reconocer los aspectos favorables de las situaciones cotidianas, incluso las que son claramente negativas. Se parte de la idea de que aun circunstancias claramente adversas, como la enfermedad, pueden exponer algún detalle positivo, como el amor hacia la persona enferma o el aprendizaje de su cuidado. El desarrollo de esta habilidad procura mejorar el funcionamiento de los subprocesos de agrado y aprendizaje del sistema afectivo primario.

Tomar el control: se entrena la habilidad de apreciar los aportes de las propias conductas para que se alcancen metas valoradas. El entrenamiento engloba el análisis del propio comportamiento en relación con los sucesos ambientales positivos mediante ensayos verbales escritos, verbalizados en voz alta y/o repasos imaginarios. En cada caso se instruye al paciente para que disfrute el sentimiento de orgullo, dominio y agrado que se deriva de la experiencia, en una revisión del entrenamiento de otra habilidad, “saborear el momento”. La práctica de “tomar el control” opera sobre los subprocesos de agrado y aprendizaje del sistema apetitivo.

Imaginar lo positivo: consiste en desarrollar la habilidad para crear imágenes sensorialmente basadas acerca de potenciales desenlaces favorables; con independencia de cuántos de ellos finalmente se cumplan o no en el mundo real. Como ya se mencionó, las personas con anhedonia padecen un severo deterioro en su capacidad de imaginación. Asimismo, existe evidencia concluyente acerca de que el entrenamiento de esta habilidad se traduce en una mejora del estado de ánimo. Este paso del entrenamiento modifica los subprocesos de “deseo” y “aprendizaje”.

El tercer cuerpo de habilidades se denomina Construcción de la positividad. Engloba un conjunto de capacidades de naturaleza social que se han practicado milenariamente a través de variados ritos y tradiciones. La ciencia actual ha demostrado su valor para producir emociones positivas en quienes las llevan a cabo con regularidad. Este módulo incluye un entrenamiento de cuatro habilidades, todas ellas encaminadas a mejorar el funcionamiento de los subprocesos de “agrado” y “aprendizaje” del sistema afectivo primario.

Amor bondadoso: consiste en entrenar y cultivar prácticas en las cuales se experimente el sentimiento de ternura y calidez hacia otros seres vivientes, el mundo y uno mismo. Durante las prácticas, el sujeto visualiza a la o las personas a las cuales se ofrecen deseos de bienestar. La evidencia ha demostrado que el sostenimiento de un tal hábito genera emociones positivas en quien lo realiza, aliviando la depresión y la anhedonia.

Practicar la gratitud: desde una perspectiva evolutiva, la experiencia de gratitud parece colaborar fuertemente en la construcción del vínculo social y el altruismo recíproco. Se ha evidenciado que su práctica sostenida promueve sustancialmente la salud mental y la calidad de vida, elevando las emociones positivas, particularmente el optimismo. En el plano interpersonal, favorece el comportamiento prosocial, el sentimiento de conexión, pertenencia y soporte como parte de un grupo. Dentro del programa, la habilidad se entrena pidiéndole al paciente que elija diariamente un conjunto de eventos cotidianos por los cuales se pueda agradecer. No debe tratarse de sucesos excepcionales, sino mundanos. Se le instruye para que se note su presencia, los aprecie y agradezca.

Practicar la generosidad: de modo general, la generosidad es el acto de dar por propia voluntad, sin esperar nada a cambio. Si bien se piensa mayormente en términos materiales, también pueden entregarse otros recursos, como tiempo, conocimiento, apoyo afectivo, compañía. El comportamiento altruista parece existir desde los albores de la especie humana y a través de todas las culturas. Su evolución jugó un rol crítico en la naturaleza social de nuestra especie. La investigación ha evidenciado que quienes se embarcan en actos de generosidad presentan mayores emociones positivas, menores niveles de morbilidad y mortalidad, así como disminuciones de la depresión. Asimismo, la generosidad es contagiosa, lo cual deriva fácilmente en la formación de nuevas redes sociales que revierten positivamente en el estado de ánimo.
En el contexto del programa, paciente y terapeuta eligen y planifican qué y con quién llevar adelante los actos de generosidad; que serán efectuados por el primero durante la semana. Con cada uno de ellos, se instruye para observar los cambios anímicos derivados.

Alegría apreciativa: esta experiencia surge de observar el éxito y bienestar de otras personas. Aunque tiene su origen en prácticas espirituales orientales, la investigación científica ha demostrado que conduce a emociones positivas, satisfacción con la vida y un aumento de la alegría; por ende, combate la anhedonia y la depresión. El desarrollo de esta habilidad implica ofrecer pensamientos y deseos sostenidos de prosperidad y bienestar a alguien que ya tiene éxito. El entrenamiento implica elegir a la persona, concentrarse en ella para luego verbalizar frases de buen augurio y prosperidad. En algunos casos, el ejercicio puede llevarse a cabo con la persona real, a quien se le mencionan de modo directo los buenos deseos.

El protocolo finaliza con un cuarto módulo dedicado al mantenimiento de los cambios y prevención de recaídas, tal como es habitual en las terapias basadas en evidencias.

Efectividad del Tratamiento de Afectividad Positiva

Las investigaciones efectuadas por el equipo que diseñó el programa han mostrado resultados muy favorables y prometedores. En concreto, compararon la aplicación del Tratamiento de Afectividad Positiva contra un abordaje estándar de Terapia Cognitivo Conductual. Este último incluía sesiones de exposición a situaciones estresantes, discusión cognitiva, reatribución y manejo de la activación mediante el control de la respiración. 

El Tratamiento de Afectividad Positiva arrojó mejores resultados en la medición de variables relacionadas con la presencia de emociones positivas, la disminución de la anhedonia y la depresión. De particular relevancia, los sujetos participantes presentaban niveles percentilares muy bajos al inicio de la intervención en medidas de afectividad positiva, pero alcanzaron valores poblacionales promedio luego de haber finalizado. Estos se mantuvieron estables en seguimientos a los seis meses. Los mismos autores hacen notar que “esta es la primera demostración de un tratamiento psicológico que normaliza los niveles de afectividad positiva para pacientes con depresión o ansiedad”. Ensayos posteriores han encontrado resultados similares.

Un momento. Entonces, ¿los tratamientos previos para la depresión no son válidos? ¿Estamos afirmando que las aplicaciones tradicionales de la TCC como la discusión cognitiva o la terapia de exposición no sirven para abordar los desórdenes depresivos o los de ansiedad? No, definitivamente no estamos aseverando una tal cosa.

El Tratamiento de Afectividad Positiva descripto constituye una intervención novedosa, específicamente diseñada para abordar algunos aspectos de los desórdenes emocionales que tradicionalmente han sido más resistentes a las terapias psicológicas disponibles, incluida la Terapia Cognitivo Conductual. En concreto, la anhedonia siempre ha sido un hueso duro de roer. Esto no significa que el conocimiento acumulado se transforme en algo inservible o que estábamos equivocados. Por el contrario, los nuevos desarrollos se convierten en una extensión que mejora y vuelve más específicas a las intervenciones. 

Tal como ya se hizo notar, el Tratamiento de Afectividad Positiva toma como punto de partida los abordajes previos para la depresión, particularmente, la activación conductual, a la cual incluye plenamente y, de algún modo, hasta la re-valida. Pero adiciona nuevas intervenciones que incrementan la efectividad, en especial en una arista históricamente difícil: la anhedonia. En algún sentido, el nuevo protocolo constituye una sub-especialización respecto de las intervenciones disponibles pues, en efecto, halla sus mejores resultados cuando los pacientes presentan un déficit de afectividad positiva; caso contrario, la intervención no tiene mucha razón de ser.

De modo general, esta es la manera en que opera la ciencia: apoyándose en los conocimientos y diseños técnicos previos, plantea nuevos desarrollos que en general no contradicen sino que se complementan, mejoran y potencian a los anteriores. Así, fuimos desde el telégrafo hacia los teléfonos inteligentes; así también recorrimos el camino desde los primeros planteos conductistas de los años 20 hasta las actuales Terapias Cognitivas y Conductuales. Y el proceso está sucediendo, en este mismo momento.

  • Artículos de opinión (Op-ed)

Trabajar aunque nadie esté mirando

  • 27/04/2026
  • David Aparicio

Estoy leyendo Una breve historia de casi todo, de Bill Bryson, y hay algo que no puedo dejar de notar: casi todos los científicos del libro fueron ignorados, rechazados o ridiculizados antes de que alguien les prestara atención. Es un patrón que se repite página tras página. Pero el caso que más me llamó la atención fue el de Einstein.

Bryson cuenta que en 1902, Einstein tenía 23 años y necesitaba trabajo. Había terminado sus estudios en el Instituto Politécnico de Zúrich, pero ninguna universidad lo quiso como asistente. Tampoco lo contrataron como profesor de secundaria. Después de meses buscando, consiguió un puesto en la Oficina de Patentes de Berna, revisando solicitudes de inventos. Un trabajo burocrático, sin ninguna conexión con los círculos académicos donde se suponía que ocurría la ciencia.

Desde ese escritorio, en sus horas libres, con 26 años Einstein publicó en 1905 cuatro artículos que transformaron la física. Uno introdujo la teoría especial de la relatividad. Otro explicó el efecto fotoeléctrico, el trabajo por el que décadas después recibiría el Nobel. Estaba en una oficina de trámites, revisando inventos de otros.

Me quedé pensando en eso un buen rato.

Queremos reconocimiento rápido. Queremos que lo que hacemos sea visto, valorado, celebrado. Y si eso no llega pronto, empezamos a dudar. Quizás no somos tan buenos como creíamos. Quizás esto no es para nosotros. Quizás hay que buscar algo más fácil, más visible, con retorno más inmediato.

Pero el mismo libro de Bryson está lleno de historias que contradicen esa lógica.

Alfred Wegener propuso en 1912 que los continentes habían sido una sola masa de tierra. La evidencia era clara para él: los contornos de África y Sudamérica encajan casi perfectamente, los mismos fósiles aparecen en ambos lados del Atlántico. Asumió que la comunidad científica lo vería. No lo vieron. Sus colegas lo ridiculizaron. Le dijeron que era meteorólogo, no geólogo, y que se ocupara de sus propios asuntos. Murió en una expedición en Groenlandia en 1930 sin ver su teoría aceptada. Hoy la deriva continental es el fundamento de toda la geología moderna.

Clair Patterson es probablemente el científico menos conocido del libro. Pasó años desarrollando técnicas para medir la edad de la Tierra, trabajando en condiciones que él mismo tuvo que inventar. Cuando terminó ese trabajo, se dio cuenta de algo más: el plomo en el ambiente era una crisis de salud pública masiva, causada en parte por los aditivos que las petroleras ponían a la gasolina. Empezó a decirlo en voz alta. Las industrias lo atacaron, le recortaron el financiamiento, presionaron para sacarlo de sus proyectos. Siguió de todas formas. Eventualmente el plomo fue eliminado de la gasolina. Patterson nunca recibió el Nobel.

Marie Curie trabajó durante años manipulando sustancias radiactivas sin protección, en un laboratorio que era básicamente un galpón sin calefacción. La comunidad científica de su época la toleró más de lo que la celebró. Era mujer, era extranjera, y sus ideas incomodaban. Ganó el Nobel de todas formas. Después ganó un segundo, en una disciplina diferente.

Ninguno de ellos estaba esperando el momento adecuado. Ninguno estaba buscando el camino más cómodo.

Lo veo seguido en la consulta. Adultos jóvenes desesperados porque todavía no están trabajando de lo que estudiaron, porque la carrera no arrancó como esperaban, porque el camino no se parece a lo que imaginaron. Se quedan rumiando en eso, paralizados, esperando la oportunidad perfecta o las condiciones ideales para activarse. Como si primero tuvieran que encontrar su pasión y después ponerse a trabajar.

Es al revés. La pasión no es el punto de partida. Es lo que aparece cuando te pones a trabajar.

Eso es lo que diferencia a las personas que logran algo grande: no la ausencia de dudas, no el talento excepcional, no las condiciones perfectas. Es el compromiso. La disposición a seguir cuando nadie los ve, cuando los rechazan, cuando el trabajo todavía no tiene nombre ni recompensa. Un compromiso tan profundo que abandonar simplemente no es una opción. Wegener no tenía un plan B. Patterson tampoco. Curie tampoco.

Lo que me queda cuando leo estas historias no es la imagen del genio incomprendido que al final triunfó. Es algo más concreto: Einstein, en una oficina de trámites, sin que nadie lo supiera, seguía pensando en física. Porque era lo que tenía que hacer.

La pregunta no es si tenemos el talento suficiente. La pregunta es si estamos dispuestos a agachar la cabeza y trabajar aunque los resultados tarden. Aunque nadie esté mirando.

Einstein no estaba esperando su oportunidad. Estaba trabajando. Esa es la diferencia.

  • Análisis

La pereza no existe

  • 23/04/2026
  • Equipo de Redacción

Por Steven C. Hayes

Steven Hayes es profesor emérito de Psicología en la Universidad de Nevada, Reno. Es cocreador de la Terapia de Aceptación y Compromiso (ACT) y uno de los psicólogos más citados en todo el mundo.

La pereza no existe. Con frecuencia usamos la palabra «pereza» como un término paraguas para describir a alguien que no tiene disposición para realizar ciertas tareas o deberes. Lo que no reconocemos, sin embargo, son las razones reales por las que esa persona carece de disposición en primer lugar. Ignoramos por completo las múltiples facetas y causas del comportamiento, y simplemente reducimos a una persona a la etiqueta de «perezosa», como si la pereza fuera una parte inherente de su identidad. Y para empeorar las cosas, aprendimos a asociar vergüenza y culpa con la pereza, lo que nos lleva a pensar menos de quien llamamos «perezoso», ya sea otra persona o, con mayor frecuencia, nosotros mismos.

Las etiquetas que nos ponemos a nosotros mismos o a otros son deshumanizantes cuando no logramos apreciar el porqué. Para evitar esa objetificación necesitamos conocer las variables que realmente controlan el comportamiento. Imagina, por ejemplo, que descubres que un adulto al que llamas «perezoso» sufrió abusos terribles durante su infancia cada vez que tomaba la iniciativa. ¿Seguirías usando esa etiqueta con tanta comodidad? Espero que no. Y si no lo harías con esa persona, ¿por qué razón merecerías de repente menos consideración que la que le darías a otros? ¿Por qué no acercarte a tu propia supuesta «pereza» con una actitud de curiosidad?

Si profundizamos, podríamos descubrir que nuestra falta de disposición para realizar ciertas tareas puede estar alimentada por:

  • …dejarse llevar por un miedo profundo a la incertidumbre.
  • …estar enredado en una preocupación recurrente por el futuro.
  • …haber adoptado la creencia de «no ser suficientemente bueno».
  • …no tener claridad sobre los propios valores en la vida.
  • …una agenda auto-objetificante y excesivamente exigente, siempre al límite.
  • …un sueño de mala calidad.
  • …la ausencia de relaciones cercanas y de apoyo.
  • …una dieta alta en azúcar y grasas saturadas.
  • …y muchos otros factores.

Existen muchas fuentes posibles que explican por qué hacemos lo que hacemos, incluido por qué a veces nos falta motivación. ¿Qué es lo que está detrás de tu «pereza»? Es difícil saberlo, porque siempre depende de ti, de tu historia y de tu situación. Simplemente no existe una fórmula universal para entender la motivación. Eres una persona única, y para avanzar necesitarás ser más curioso sobre el porqué.

Paso 1: Observa qué impulsa tu motivación

Lamentablemente, las respuestas que nuestra mente nos da sobre nuestro propio comportamiento suelen ser falsas o inútiles. Por eso, el primer paso para superar la «pereza» (es decir, la falta de disposición) es observarse con mayor claridad. Necesitas notar cómo tu nivel de compromiso sube y baja, y qué situaciones lo afectan. Puede sonar sencillo, pero está lejos de serlo, porque nuestra mente es sorprendentemente mala para saber por qué hacemos lo que hacemos. La investigación ha demostrado que la gran mayoría de nuestras decisiones está impulsada por influencias que van más allá de las fórmulas simples que llevamos en la cabeza. Por ejemplo, sostener una taza caliente de café puede llevarte a percibir a los demás como más cálidos y amigables. ¡Así es, en serio!

Esta es una razón por la que buscar ayuda profesional puede ser valioso: un profesional puede señalar nuestros puntos ciegos, especialmente si cuenta con herramientas empíricas para comprender los procesos que explican tu comportamiento. Por suerte, no necesitas ser consciente de cada factor que impulsa tu conducta, solo de los más relevantes, y tú mismo puedes recopilar gran parte de esa información.

Comienza este proceso con un poco de introspección. Primero, califica tu propio nivel de motivación en una escala del uno al diez (1 = sin motivación en absoluto; 10 = la mayor motivación posible). Luego, tómate un momento para pensar en una época en que te sentiste más motivado (no te preocupes: si este ejercicio es necesario, no estarás en un 10 para empezar). Ahora pregúntate: ¿qué era diferente en ese entonces? Escribe todo lo que se te ocurra que pudo haber influido. Si tienes dudas, escríbelo de todas formas. No se trata de ser preciso, sino de capturar ideas.

Paso 2: Haz algo diferente durante una semana y registra lo que ocurre

No todo lo que hayas escrito será relevante, por eso el siguiente paso es ser más meticuloso. Elige un factor que creas que podría influir en tu motivación (idealmente, uno sobre el que tengas cierto control, como la calidad del sueño). Luego escribe ideas sobre qué podrías hacer para mejorar ese factor. Por ejemplo, si tienes dificultades para dormir bien, podrías acostarte más temprano, comprar un antifaz, dejar de comer tarde o practicar la defusión de pensamientos preocupantes. Este es otro momento en que un terapeuta puede ser invaluable, ya que puede orientarte hacia estrategias efectivas y cómo aplicarlas correctamente.

Elige una de las estrategias que escribiste e implementa el cambio. Si crees que necesitas acostarte más temprano, hazlo y mantenlo durante varios días. O compra ese antifaz y pruébalo. Sé constante durante al menos una semana. Si te resulta demasiado difícil, simplifica. Por ejemplo, si acostarte a las 10 de la noche es demasiado ambicioso, intenta hacerlo una o dos horas más tarde. Mientras tanto, registra continuamente lo que ocurre (hay muchas aplicaciones que pueden ayudarte) y califica tu nivel de motivación a diario.

Paso 3: Da un paso atrás, reflexiona e inténtalo de nuevo

Después de haber implementado el cambio durante una semana, es momento de reflexionar. ¿Tuvo el efecto esperado? ¿Dejar de comer tarde te ayudó realmente a dormirte con más facilidad y a sentirte más descansado por la mañana? Si lograste mejorar el factor que elegiste, ¡genial! ¿Cómo impactó eso en tu motivación? Si no ocurrió nada, es menos alentador, pero igualmente valioso, porque aprendiste algo.

La verdad es que mejorar cualquier área de tu vida probablemente implicará ensayo y error, porque eres una persona única. Lo que funciona para ti puede no parecerse en nada a lo que funciona para otra persona. Algunas estrategias pueden ayudar; otras, no tanto. Y es difícil saber cuál es cuál hasta que las hayas probado. Además, lo que antes te funcionó puede volverse ineficaz, o viceversa. Esto significa que aprender a avanzar no es cuestión de «hacerlo una vez y listo», sino un proceso continuo. Lo que era cierto hace años puede que ya no lo sea.

Necesitas a) tomar conciencia de las demandas cambiantes de tu situación actual, y b) adaptarte a ellas. Esto requiere práctica y paciencia. Implica un proceso continuo de aprender a ser más consciente de ti mismo y notar cómo tus decisiones, tanto pequeñas como grandes, afectan tu vida cotidiana.

Lo engañoso de la «pereza» es que te dice que tienes que empezar desde un lugar distinto al que te encuentras ahora. Eso es imposible. Acercarte a ti mismo con genuina curiosidad te ayudará a ser más compasivo con el punto en el que estás. Si tienes dificultades para involucrarte con las cosas, es porque factores reales te están afectando de maneras muy reales. La pereza no existe. Descubre cómo funciona el compromiso para ti: siempre hay una capa más profunda.

Artículo publicado en Medium y traducido y adaptado al español por David Aparicio.

  • Ciencia

Los reels te hacen sentir solo. Y eso tiene consecuencias.

  • 21/04/2026
  • David Aparicio

Un estudio publicado en The Journal of Psychology siguió a 234 universitarios durante tres meses y encontró algo que probablemente ya intuías pero preferías ignorar mientras scrolleabas: el uso excesivo de videos cortos —TikTok, Reels, YouTube Shorts— no destruye el bienestar de golpe. Lo hace por pasos.

El patrón que identificaron los investigadores es bastante claro: quien pasa demasiado tiempo en estas plataformas tiende a sentirse más solo con el tiempo. Esa soledad, a su vez, eleva la ansiedad. Y la ansiedad, al final, reduce la satisfacción con la vida.

Ninguno de esos efectos es enorme por sí solo. Pero se acumulan.

Lo interesante del estudio es el mecanismo que propone: los videos cortos no te dañan directamente, sino que desplazan el tiempo que dedicarías a interacciones reales. El algoritmo entrega entretenimiento rápido, personalizado y casi infinito, y sin darte cuenta estás reemplazando conversaciones con contenido. Las conexiones superficiales de la pantalla no cubren lo que las conexiones reales sí cubren.

El dato curioso es que los participantes pasaban en promedio dos horas y media al día viendo este tipo de contenido. Y la mayoría eran mujeres universitarias, así que hay que tener cuidado al generalizar. Tampoco podemos descartar la dirección inversa: quizás quienes ya se sienten solos o ansiosos buscan los videos como escape, creando un ciclo que se refuerza solo.

Pero la pregunta que deja el estudio no es si deberías borrar TikTok. Es más incómoda que eso: ¿qué estás evitando cuando abres la app?

Referencia: Türk Kurtça, T., & Doğru, M. C. (2026). Short Video Addiction and Life Satisfaction: Sequential Longitudinal Pathways via Loneliness and Anxiety. The Journal of Psychology, 1–21. https://doi.org/10.1080/00223980.2026.2642128

  • Ciencia

Tu café de la mañana podría estar protegiendo tu cerebro (el descafeinado, no)

  • 21/04/2026
  • David Aparicio

Hay buenas noticias para quienes no pueden funcionar sin su café. Un estudio publicado en JAMA —con más de 131,000 participantes seguidos hasta por 43 años— encontró que beber entre dos y tres tazas de café con cafeína al día se asocia con un 20% menos de riesgo de desarrollar demencia. El té también suma: una o dos tazas diarias reducen el riesgo en un 15%.

El punto clave, y el que probablemente le arruinará el día a más de uno, es que el efecto parece depender de la cafeína. El descafeinado no mostró los mismos beneficios. Lo siento.

El estudio también encontró un límite natural: pasadas las dos tazas y media, la ventaja se estanca. El cuerpo parece tener un techo para aprovechar los compuestos bioactivos del café y el té, así que la sexta taza del día no está haciendo lo que crees que está haciendo.

¿Por qué podría funcionar? Los investigadores apuntan a varios mecanismos: la cafeína reduce la neuroinflamación, mejora la función vascular y parece aumentar la sensibilidad a la insulina, lo que protege indirectamente contra la diabetes —un factor de riesgo conocido para la demencia.

Como siempre con este tipo de estudios, la asociación no prueba causalidad. Pero la evidencia se va acumulando, y por ahora, tu rutina de café de la mañana tiene respaldo científico decente.

Modera la leche y el azúcar, eso sí. Otro estudio encontró que agregar más que una pequeña cantidad anulaba los beneficios.

  • Recursos

Una guía para intervenir con supervivientes de trata sin revictimizar

  • 21/04/2026
  • David Aparicio

La Guía de Intervención Psicológica con Víctimas de Trata de APRAMP, desarrollada junto a la Dra. Marta de Prado García (psicóloga forense, especialista EuroPsy en Psicoterapia), es una herramienta práctica para psicólogos y psicólogas que trabajan —o pueden trabajar— con esta población.

El documento parte de una premisa clínica y ética a la vez: la persona que llega a consulta no es «víctima», es superviviente. Esa distinción no es semántica; orienta toda la intervención hacia la recuperación de la libertad y la dignidad, con la persona como protagonista de su propio proceso.

La guía aborda los fenómenos clínicos específicos de este cuadro —niebla emocional, confusión vincular, indefensión aprendida, desorientación espacio-temporal— y ofrece pautas concretas de intervención desde una perspectiva de derechos humanos, género, interculturalidad y edad.

Uno de sus objetivos centrales es reducir la victimización secundaria. Si atiendes o podrías atender a supervivientes de trata, es un recurso muy útil.

Descarga la guía completa en formato PDF.

  • Recomendados

Cómo empezar una conversación

  • 19/04/2026
  • David Aparicio

Buenos tips en el Times que vienen muy útiles cuando estamos ayudando a un paciente en habilidades sociales:

Modifica el ‘¿cómo estás?’

Si conoces a alguien bastante bien, dijo John, cambia “¿cómo estás?” por “¿cómo te sientes?”.

Incluir esa palabra puede enriquecer la conversación, dijo John. “Eso da a la persona la oportunidad de decir algo un poco menos rutinario, y va a hacer una pausa y a considerar su respuesta”, dijo.

John me contó que ella y su esposo se hacen a menudo esta pregunta cuando llegan a casa del trabajo. Abre el diálogo, porque “hay muchas formas distintas de responder”, dijo: “Puedes ser sarcástico, o seguro, o hablar de algo que te preocupa”.

Artículo completo en The New York Times.

  • Análisis

Panamá prohíbe exigir certificados de salud mental para trabajar o estudiar

  • 19/04/2026
  • David Aparicio

El Ministerio de Salud emitió una circular que obliga a instituciones públicas y privadas a eliminar este requisito. La medida pone fin a una práctica que, con la apariencia de un trámite rutinario, funcionaba como un mecanismo de discriminación.

Cuando cursaba mi maestría en psicología clínica, uno de los requisitos de admisión era presentar un certificado de salud mental. Nunca lo entregué. No por descuido, sino porque me parecía una exigencia fundamentalmente discriminatoria, y no estaba dispuesto a normalizarla con mi cumplimiento. Nunca la entregué y tampoco me la volvieron a exigir.

Años después, el Ministerio de Salud de Panamá acaba de darle nombre oficial a lo que muchos intuíamos: solicitar ese certificado como condición de acceso al empleo o la educación es una violación a los derechos humanos.

Qué establece la nueva disposición

El 18 de abril de 2026, la Dirección General de Salud Pública, a través de la Sección Nacional de Salud Mental, emitió una circular de cumplimiento obligatorio dirigida a todas las instituciones públicas y privadas del país. La instrucción es clara: cese inmediato de la solicitud de certificados de salud mental como requisito de ingreso laboral, educativo o para cualquier trámite administrativo general.

La disposición aplica a un espectro amplio de instituciones:

  • Ministerios, entes autónomos, municipios, fuerzas de seguridad y poderes del Estado
  • Empresas privadas, cooperativas y empleadores en general
  • Instituciones educativas en todos los niveles, desde primaria hasta posgrado
  • Agencias de empleo e intermediarios en procesos de contratación

El fundamento legal está en la Ley No. 364 del 6 de febrero de 2023, que reconoce la salud mental como un derecho humano fundamental, y el Decreto Ejecutivo No. 61 del 27 de junio de 2024, que desarrolla su aplicación. El Artículo 5 de esa ley consagra el derecho de toda persona a no ser identificada ni discriminada por padecer o haber padecido un trastorno mental, con protección expresa frente a la estigmatización en el empleo y la educación.

Las instituciones que incumplan la circular quedan sujetas a responsabilidades administrativas y legales.

El problema clínico: por qué ese certificado no sirve para lo que pretende

Una evaluación psiquiátrica o psicológica describe el estado mental de alguien en un momento específico. No es una radiografía del futuro. Los instrumentos de evaluación clínica —desde entrevistas diagnósticas hasta cuestionarios de screening— fueron diseñados y validados para detectar sintomatología presente, no para predecir conducta futura ni determinar idoneidad profesional. Pretender usarlos con ese fin es, en el mejor de los casos, una confusión conceptual sobre para qué sirven; en el peor, una excusa para filtrar a personas con diagnósticos de salud mental. Y eso es lo que estaba pasando.

Vale precisar además qué era exactamente lo que certificaba ese documento: no una declaración de «normalidad mental», sino la ausencia de patología detectable en ese momento puntual. Digámoslos así era una foto borrosa, tomada bajo las condiciones particulares de ese día, que no dice nada sobre cómo funcionará esa persona seis meses después.

Pensemos en casos concretos: ¿debería negársele acceso a una maestría en psicología clínica a una persona que está en tratamiento por depresión? ¿Debería descartarse a un candidato a un puesto administrativo porque lleva años manejando un trastorno de ansiedad? ¿Es razonable condicionar el acceso a un trabajo de oficina al resultado de una evaluación clínica de un solo momento?

La respuesta a las tres preguntas es no. Y sin embargo, durante años eso ocurrió de forma rutinaria, normalizado sin mayor debate institucional.

A esto se suma el costo económico directo para quien lo solicitaba: obtener ese certificado podía costar entre 50 y 60 dólares, pagados de su bolsillo, por un documento que —como ya quedó establecido— no decía nada clínicamente útil sobre su idoneidad. Un gasto obligatorio para cumplir un requisito sin valor predictivo.

Lo que realmente hacía ese certificado: discriminar

Llamar a este requisito por su nombre es importante: era una forma de discriminación estructural, legitimada por la burocracia.

La lógica implícita era la siguiente: si tienes un diagnóstico de salud mental, o si alguna vez lo tuviste, eres menos apto para trabajar, estudiar o ejercer una profesión. Esa lógica es falsa, estigmatizante y contraria a décadas de evidencia sobre la recuperación funcional de personas con condiciones como depresión, trastorno bipolar, TDAH, trastornos de ansiedad o desregulación emocional.

El estigma asociado a la salud mental ya es un obstáculo enorme para que las personas busquen ayuda. Agregar una consecuencia laboral o educativa a tener un diagnóstico —o simplemente a haber consultado a un profesional— es un desincentivo directo para acceder al sistema de salud. En otras palabras: la práctica del certificado no solo era discriminatoria, sino que activamente dañaba la salud pública.

La excepción legítima

La circular no prohíbe toda evaluación de salud mental en contextos laborales. Reconoce una excepción válida: cuando una tarea específica de alto riesgo lo justifique, de forma individual y con una decisión debidamente fundamentada, bajo los criterios del Artículo 39 del Decreto Ejecutivo No. 61 de 2024.

Los ejemplos más claros son roles donde existe un nexo causal directo entre el estado mental y un riesgo concreto para terceros como por ejemplo: un piloto de aviación comercial, un cirujano en funciones, o un agente de seguridad con acceso a armas. En estos casos hay protocolos internacionales específicos —no un certificado genérico— precisamente porque el estándar de evaluación debe ser riguroso y justificado, no administrativo.

Pero incluso aquí aplican tres condiciones simultáneas: la tarea de alto riesgo debe estar claramente definida, la evaluación debe ser individual, y la decisión debe estar fundamentada. Un médico con depresión en remisión, un docente con trastorno de ansiedad controlado, o un abogado con TDAH tratado no entran en ninguno de estos supuestos. Lo que queda terminantemente prohibido es extender esta lógica como requisito de categoría ocupacional completa o como condición de matrícula universitaria.

Una medida necesaria, y tardía

Esta disposición llega tarde. Durante años, instituciones educativas —incluyendo programas de posgrado en salud mental, con una ironía difícil de ignorar— exigieron a sus postulantes demostrar que estaban «mentalmente sanos» para poder estudiar cómo ayudar a personas con condiciones de salud mental.

Pero tarde es mejor que nunca. La circular del Ministerio de Salud representa un avance concreto en la dirección correcta: tratar la salud mental como lo que es, un derecho, y dejar de usarla como filtro de exclusión.

Para quienes trabajamos en salud mental —ya sea como clínicos, profesionales de salud mental, docentes o divulgadores— la tarea ahora es asegurarnos de que esta disposición se cumpla, que las instituciones efectivamente eliminen el requisito de sus formularios y procedimientos, y que la cultura institucional cambie de forma genuina.

Un papel menos no resuelve el estigma. Pero es un comienzo.

  • Ciencia
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El mito del genio torturado: lo que dice la evidencia

  • 18/04/2026
  • David Aparicio

Existe una idea que seduce precisamente porque tiene algo de romántica: las personas más inteligentes, las que piensan con más profundidad y sienten con más intensidad, son también las más vulnerables a los trastornos mentales. El genio torturado. La mente brillante que no puede apagarse. Una narrativa que aparece en biografías, series, películas, y que de tanto repetirse ha adquirido el estatus de verdad psicológica en muchos círculos, incluso académicos.

Y no es que carezca de respaldo empírico aparente. En 2018, Karpinski y colaboradores encuestaron a miembros de Mensa —personas con CI en el percentil 98 o superior— y encontraron tasas de autorreporte de trastornos mentales más altas de lo esperado. El hallazgo fue ampliamente difundido y sirvió de base para la llamada hyperbrain theory: la hipótesis de que los sistemas nerviosos de las personas con muy alta capacidad cognitiva son incapaces de desactivarse adecuadamente, lo que los haría especialmente susceptibles al malestar psicológico.

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  • Análisis

Síndrome de autocervecería: cuando el intestino produce alcohol sin que bebas ni una gota

  • 17/04/2026
  • David Aparicio

Imagina que te detienen por conducir en estado de ebriedad con una alcoholemia de 0,18%, después de haber comido solo un perrito caliente y un refresco. Sin haber bebido alcohol. Eso es exactamente la historia que publicó The New York Times y que le ocurrió a Mark Mongiardo, director deportivo de una escuela secundaria en Nueva York. Durante años aparecía intoxicado en cenas familiares y en el trabajo. Su familia pensaba que bebía en secreto. Lo despidieron. Vendió su casa. Hasta que un gastroenterólogo le dio finalmente un nombre a lo que tenía.

¿Qué es?

Cuando digerimos alimentos, los microbios intestinales convierten los carbohidratos y azúcares en etanol, normalmente en cantidades mínimas que el hígado metaboliza con facilidad. En pacientes con síndrome de autocervecería, esos microbios trabajan en exceso, produciendo suficiente etanol como para causar intoxicación real. Los síntomas incluyen cambios en el estado de ánimo, ansiedad, niebla mental, alteraciones en el habla y la marcha, y cambios en la memoria, por lo que muchos pacientes reciben primero diagnósticos psiquiátricos erróneos.

Diagnóstico y tratamiento

El diagnóstico se confirma mediante una prueba controlada: el paciente consume una bebida azucarada, se le supervisa durante varias horas sin acceso a alcohol, y se miden sus niveles de etanol en sangre periódicamente. Si estos suben de forma sostenida, se confirma el síndrome.

El tratamiento varía según la causa —bacteriana o fúngica— e incluye dieta baja en carbohidratos, antifúngicos o antibióticos, y probióticos para reequilibrar el microbioma. Algunos pacientes se recuperan completamente; otros presentan recaídas.

La condición se considera rara, pero el interés científico está creciendo. En la reunión anual del Colegio Estadounidense de Gastroenterología de 2025 hubo cinco presentaciones sobre el tema, y hay estudios en curso con decenas de pacientes confirmados.

¿Esto que tiene que ver con la psicología?

Más de lo que parece. Los síntomas del síndrome de autocervecería —cambios en el estado de ánimo, ansiedad, conducta errática, problemas en las relaciones— son exactamente el tipo de presentación que lleva a una persona a consultar con un psicólogo o psiquiatra antes que con un gastroenterólogo. Y si el profesional que la recibe no conoce la condición, es muy probable que el caso termine con un diagnóstico de trastorno por uso de alcohol, un trastorno del estado de ánimo, o simplemente con la etiqueta de «paciente que no dice la verdad».

Una de las razones por las que me parece importante mantenerse al día con la divulgación científica es precisamente esta: nunca sabes cuándo puede llegar alguien con una condición que no conocías. No hace falta ser gastroenterólogo para levantar la sospecha, derivar adecuadamente, o simplemente no descartar a un paciente que insiste en que no bebe. A veces, creerle a alguien es el primer paso clínico.

Puedes leer el artículo completo en The New York Times.

  • Clínica

El papel del psicólogo frente al cambio de antidepresivos

  • 15/04/2026
  • David Aparicio

Recientemente, The New York Times publicó un artículo revelador sobre los riesgos de los síntomas de abstinencia cuando se modifica un tratamiento farmacológico sin las precauciones adecuadas. El texto expone el caso de Elizabeth, una exabogada canadiense que, tras tomar Celexa durante 20 años, sufrió un síndrome de abstinencia prolongado debido a una transición mal gestionada hacia el Zoloft.

Lo que debió ser un cambio de rutina se convirtió en una crisis de desesperanza, pensamientos suicidas y síntomas físicos severos (palpitaciones, hormigueo facial y pérdida de apetito), evidenciando una realidad crítica: la falta de directrices uniformes y formación específica en la transición de psicofármacos.

Este tipo de situaciones no son raras en consulta. Y es ahí donde el psicólogo tiene un rol más relevante de lo que suele asumirse.

El rol del psicólogo en el acompañamiento farmacológico

Aunque la prescripción y el ajuste de medicamentos corresponden al psiquiatra, hay varias funciones clínicas que no deberíamos pasar por alto:

  • Educación y psicoeducación: Informar a los pacientes sobre la importancia de no realizar cambios bruscos y qué esperar de una transición segura.
  • Detección temprana: Identificar si un empeoramiento en el estado anímico o la aparición de síntomas físicos nuevos coinciden con un cambio de dosis o fármaco.
  • Colaboración interdisciplinaria: Actuar como puente de comunicación con el psiquiatra tratante para reportar efectos secundarios que el paciente quizás no asocie con la medicación.
  • Empoderamiento del paciente: Brindar herramientas para que el consultante pueda hacer preguntas informadas en sus citas médicas.

Consideraciones clave antes de un cambio

El artículo subraya algo que en la práctica clínica a veces se pasa por alto: antes de cambiar un antidepresivo, conviene agotar otras opciones como ajustar la dosis o evaluar combinaciones.

Cuando el cambio es necesario, el método de “cambio cruzado” (cross-tapering) —reducir progresivamente un fármaco mientras se introduce el otro— es la estrategia más segura para disminuir el impacto en el sistema nervioso. No es solo una decisión farmacológica: es un proceso que el paciente vive en su día a día, y ahí el seguimiento psicológico se vuelve clave.

En consulta, esto se traduce en algo concreto: preguntar activamente por cambios de medicación, no asumir que todo empeoramiento es psicológico y observar la secuencia temporal de los síntomas. Ese nivel de precisión puede evitar crisis que, en muchos casos, son prevenibles.

Puedes leer el artículo completo aquí.

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