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Durante meses llegué a sentir náuseas camino al trabajo. No eran el tipo de malestar que te hace faltar un día; eran más sutiles, más constantes. Y lo peor: las había normalizado. «Así es esto», me decía, como si el cuerpo avisando fuera parte del contrato laboral. Lo que a menudo es la puerta de inicio para operar la despersonalización como mecanismo de afrontamiento.
Es usual leer en revisiones sistemáticas que los profesionales de salud mental estamos en el top 5 de los grupos con mayor riesgo de sufrir síndrome del burnout, especialmente en profesiones que llevan contacto continuo con el dolor humano (Towey-Swift et al., 2023). Formalmente, se describe como un síndrome tridimensional compuesto por cansancio emocional, despersonalización y sensación de ineficacia. Se estima que uno de cada dos profesionales de la salud experimentará agotamiento emocional, ingrediente principal de esta triada (Ortiz-Fune, 2018).
Pero la estadística se siente fría hasta que te toca ser parte de ella.
Mi carrera profesional como psicólogo empezó en una clínica universitaria estatal en Panamá. Para psicólogos jóvenes, la estabilidad que ofrece el sector público puede operar como un reforzador potente: ingresos predecibles, pertenencia institucional y un escalafón salarial amparado por la ley. Iniciar ganando 1224 dólares, y saber que el cheque llega todos los meses, genera mucha tranquilidad.
Desde mi segundo año en ese sitio, combiné el trabajo universitario con la práctica clínica privada. Mis días se extendían fácilmente entre 10 y 13 horas de trabajo continuo. Hasta ahí todo bien, tenía la sensación típica de los profesionales jóvenes: era posible sostener ese ritmo indefinidamente. Hoy entiendo perfectamente que estaba comprando todos los boletos para una fatiga física y mental crónica.
Pero el desgaste no solo se explicaba por el volumen de horas. La literatura señala que los profesionales sanitarios en contextos públicos se enfrentan con demandas adicionales: alta carga de pacientes, recursos limitados, procesos burocráticos complejos y, en muchos casos, dinámicas institucionales atravesadas por intereses políticos o administrativos. Estas condiciones no solo incrementan el estrés laboral, sino que con frecuencia colocan al profesional frente a conflictos reiterados entre las exigencias del sistema, el bienestar del paciente y los propios valores personales.
Desde la Terapia de Aceptación y Compromiso, entendemos que el burnout no emerge únicamente de la sobrecarga laboral, sino de la exposición sostenida a contextos que generan incongruencia entre los valores personales y las contingencias del entorno institucional (Ortiz-Fune, 2018). Cuando esta discrepancia persiste, el malestar deja de ser situacional y comienza a afectar la relación del profesional con su trabajo, su identidad y su sentido de propósito.
Tomar la decisión de abandonar el sector público no fue inmediato ni lineal. Estuvo marcado por períodos prolongados de sobreanálisis, búsqueda de validación externa y postergación: un patrón conductual orientado a evitar la experiencia interna displacentera, que a largo plazo genera mayor sufrimiento. En ese punto, no era que no sabía lo que quería o lo que era conveniente. Era que el costo emocional de actuar se sentía demasiado alto.
Recuerdo con claridad una de esas semanas. Mientras me debatía internamente sobre mi futuro laboral, uno de los pacientes que acompañaba atravesaba su propio proceso de transición hacia la independencia laboral. Sesión tras sesión trabajamos en identificar valores, tolerar emociones displacenteras y avanzar en pequeños pasos hacia una vida más coherente con lo que le importaba.
Fue comida fresca para mi voz autocrítica. Pero también fue una señal de esas que llegan justo cuando las necesitas: estaba ayudando a alguien a hacer exactamente lo que yo no me animaba a hacer.
La decisión final llegó cuando el contexto institucional cruzó una línea que ya no podía justificar. No fue un solo evento, sino la acumulación de dinámicas que entraban en conflicto directo con mis valores. Quedarme dejó de ser una opción sostenible.
Así que finalmente decidí renunciar.
No quiero romantizar el proceso, pero sí comentar lo que funcionó.
Lo primero fue trabajar con mi terapeuta en clarificar mis valores. Llevaba mucho tiempo envuelto en la narrativa de «lo difícil cuesta» y «hay que aguantar para aprender». Lo que se había convertido en una justificación para poner en espera la ejecución de armar una vida más sostenible. Quizá esto lo entendía racionalmente, pero llevarlo a la práctica fue muy difícil.
Lo segundo fue poner el plan en marcha sin esperar que la ansiedad y la falta de certeza desaparecieran. Esto es central en ACT y también es lo más contraintuitivo: los pasos comprometidos no se dan cuando te sientes listo, se dan mientras todavía tienes miedo (Harris, 2009). En los últimos meses previos a mi salida, me enfoqué en ordenar mis finanzas y armar un ahorro de emergencia. Algo que me ayudó mucho fue tener un registro de mis atenciones en años anteriores: número de pacientes nuevos por trimestre, meses más flojos, comportamiento general de la consulta. Ese ejercicio me ayudó a ver con más claridad cómo se comportaba mi consulta, algo que con la ansiedad encima es muy difícil de hacer.
Por otro lado, reconocer la opinión de mi pareja, amigos cercanos y colegas fue crucial, porque más que palabras de aliento, me brindaban una perspectiva que muchas veces me costaba obtener por mí mismo.
Con esto no busco promover salidas impulsivas ni idealizar el emprendimiento. Es algo más sencillo: reconocer que ajustar el rumbo profesional, cuando hay incongruencia entre tus valores personales y los de la institución que te contrata, siempre es una opción a revisar.
En mi caso, no me fui buscando comodidad. Quien haya montado una práctica privada desde cero sabe que de eso hay poco al inicio. Me fui buscando congruencia: aplicar a mi propia vida lo que trabajo con mis pacientes.
Todavía recuerdo la última vez que hice el trayecto al trabajo con el estómago revuelto. Y recuerdo, también, la primera mañana en que ya no lo sentí.
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Mariano Sigman, neurocientífico:
Su punto tiene mucho sentido: el prefijo «neuro» se le pega a todo y casi nunca agrega información real. Neuromarketing, neuroliderazgo, neurogastronomía. Suena importante, pero cuando lo desempacas, lo único que hizo fue ponerle una bata blanca a una idea que ya se entendía perfectamente sin ella.
El ejemplo que da es bueno: decir «activa el hemisferio derecho» cuando lo que quieres decir es «dibuja». No agregaste nada. Solo le prestaste prestigio científico a algo que no lo necesitaba.
Lo que me parece interesante es que esta crítica tiene casi 90 años y que aprendí e investigué porque Fabián me lo mencionó hace poco. Así que voy a tomar algunas lineas para explicarlo:
En 1938, Skinner hizo una distinción que sigue siendo vigente. Propuso que las siglas «SNC» bien podrían leerse como Conceptual Nervous System en vez de Central Nervous System, porque muchos psicólogos no estaban hablando del sistema nervioso de verdad —neuronas, bioquímica, potenciales de acción— sino de un modelo inventado, inferido de la misma conducta que supuestamente explicaban.
La trampa es circular: observo que alguien dibuja bien, infiero que «usa más el hemisferio derecho», y después uso esa inferencia para explicar por qué dibuja bien. No expliqué nada.
Investigando encontré que Skinner decía que cuando atribuimos la conducta a un evento neural o conceptual, tendemos a olvidar que todavía nos queda la tarea de explicar ese evento. Agregamos un eslabón a la cadena y nos sentimos satisfechos, pero no explicamos nada.
Y eso es exactamente lo que pasa hoy con la neuro-decoración. Cuando alguien dice «neuroeducación» o «neuroliderazgo», la pregunta es: ¿el término técnico le suma algo a lo que estás diciendo? ¿O solo suena más serio?
Erroneamente se podría pensar que Skinner no era anti-neurociencia. Pero no era así. Su argumento, en realidad, era en contra del uso de pseudo-fisiología para explicar la conducta. La neurociencia tiene mucho que aportar cuando descubre mecanismos reales. Pero cuando solo se usan sus términos para decorar ideas, estamos exactamente donde Skinner lo advirtió hace 86 años.
El sistema nervioso conceptual sigue vivo. Ahora simplemente le decimos «neuro».
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La alianza terapéutica es uno de los factores con mayor respaldo empírico en psicoterapia. Sin embargo, la mayoría de los estudios la tratan como una variable estática, sin preguntarse si los factores que la predicen cambian a lo largo del proceso. Un estudio reciente publicado en Clinical and Health abordó precisamente esa pregunta, con resultados que tienen implicaciones directas para la práctica clínica.
Bárez, Saúl y Corbella evaluaron a 264 pacientes y 28 terapeutas de cuatro centros privados en Madrid. Midieron el apego del paciente mediante el ECR, el funcionamiento general y la sintomatología con el CORE-OM, y la alianza con el WATOCI. Los terapeutas completaron el cuestionario de estilo personal (PST-Q). La muestra se dividió en dos grupos: fase inicial (cinco sesiones o menos) y fase avanzada (seis o más sesiones).
La evitación del apego resultó ser el predictor más constante. Pacientes con mayor evitación —aquellos que tienden a minimizar la intimidad emocional y mantener distancia interpersonal— mostraron alianzas de menor calidad tanto al inicio como en fases avanzadas del tratamiento. Este hallazgo no sorprende desde la teoría del apego, pero su persistencia a lo largo del proceso es relevante: no se trata de una dificultad que se resuelva con el tiempo por sí sola.
En la fase inicial, el funcionamiento general del paciente y la edad del terapeuta también predijeron la calidad de la alianza. Los pacientes con mayor nivel de malestar y funcionamiento más deteriorado tendieron a formar alianzas más débiles en los primeros encuentros. Y los terapeutas de mayor edad se asociaron con alianzas más sólidas al comienzo, lo que podría reflejar mayor experiencia en el manejo de los primeros momentos de la relación.
En la fase avanzada, el peso se desplazó hacia el estilo del terapeuta. La función atencional —la capacidad de mantener una presencia abierta y ajustada a las necesidades cambiantes del paciente— emergió como variable clave conforme avanzó el tratamiento. Este resultado apoya la idea de que, una vez establecido el vínculo inicial, lo que sostiene y consolida la alianza es la flexibilidad y la receptividad del terapeuta.
Un hallazgo adicional concierne al componente específico de vínculo dentro de la alianza. Aquí, la función expresiva del terapeuta —su uso de las emociones y la proximidad afectiva en sesión— tuvo un peso propio. Esto sugiere que calidez y empatía son más relevantes para la dimensión relacional de la alianza que para los componentes técnicos de metas y tareas.
El estudio plantea que la alianza no es una sola cosa ni se construye de la misma manera en todos los momentos del tratamiento. En las primeras sesiones, importa especialmente identificar si el paciente tiene un patrón de evitación del apego, ya que será un obstáculo temprano para el vínculo. No para sortearlo, sino para trabajar con él de forma explícita: respetando el ritmo del paciente, sin forzar la intimidad afectiva antes de que sea posible.
A medida que el tratamiento avanza, la atención del terapeuta —su capacidad de seguir presente, de ajustarse sin perder el hilo— parece ser lo que marca la diferencia. Esto tiene sentido: en fases avanzadas, las demandas del proceso se vuelven más complejas y el paciente necesita un terapeuta que pueda acompañar esa complejidad sin rigidez.
Como toda investigación naturalista, el estudio tiene limitaciones. La muestra proviene exclusivamente de centros privados en Madrid, los terapeutas tienen un perfil bastante homogéneo, y la alianza se midió únicamente mediante autorreporte. Pero su aporte metodológico —distinguir fases del tratamiento en lugar de tratar la alianza como un promedio global— ofrece una perspectiva más precisa y útil que la que ha dominado la literatura hasta ahora.
Referencia: Bárez, N. B., Saúl, L. A., & Corbella, S. (2026). Predictors of therapeutic alliance: Patient attachment and the personal style of the therapist. Clinical and Health, 37, e260719. https://doi.org/10.5093/clh2026a5
Internet está lleno de artículos con títulos como «5 hábitos matutinos que destruyen tu cerebro». Suelen estar escritos por ghostwriters, no por investigadores, y mezclan hallazgos reales con interpretaciones exageradas hasta construir un relato donde cada decisión matutina es una catástrofe neurológica.
El problema no es que todo sea falso. El problema es que la simplificación distorsiona, y las distorsiones se comparten millones de veces. Aquí vamos a hacer algo diferente: tomar cinco hábitos matutinos que la divulgación popular presenta como «destructores cerebrales» y revisar qué dice la evidencia de verdad. Con matices, con limitaciones, y sin pretender que la neurociencia ya tiene todas las respuestas.
La narrativa viral dice que revisar el celular en los primeros minutos del día produce una «respuesta excesiva de cortisol al despertar» (CAR, cortisol awakening response), inunda tu cerebro de dopamina y arruina tu concentración por el resto del día. Es una historia dramática. ¿Qué tan sostenida está por la evidencia?
La investigación sobre el uso del smartphone y el estrés fisiológico existe, pero es más modesta de lo que sugieren los titulares.
Un estudio experimental con 14 participantes encontró que leer en un smartphone antes de dormir (sin filtro de luz azul) alteraba el cortisol matutino, reduciendo la respuesta de cortisol al despertar. Pero el efecto estaba mediado por la luz de onda corta emitida por la pantalla, no por el contenido del celular — y la muestra era muy pequeña (Wahl et al., 2021, Clocks & Sleep).
Un ensayo controlado aleatorizado más robusto (el estudio SCREENS, publicado en npj Mental Health Research) asignó a 89 familias a reducir su tiempo recreativo de pantalla a menos de 3 horas semanales durante dos semanas. El grupo de intervención reportó mejoras significativas en bienestar y estado de ánimo. Sin embargo — y esto es importante — los biomarcadores de estrés (cortisol y cortisona salival) no mostraron cambios significativos entre los grupos. En otras palabras: las personas se sentían mejor, pero su fisiología del estrés no se alteró de forma medible.
Y un estudio experimental en un contexto universitario encontró que recibir mensajes de texto durante una clase no produjo una respuesta significativa de cortisol en los participantes, independientemente de la frecuencia o el tono de los mensajes (Jordaan et al., 2023, PMC).
No existe evidencia directa de que revisar el celular específicamente al despertar produzca efectos cognitivos diferentes a revisarlo en cualquier otro momento del día. La mayoría de los estudios miden el uso general del smartphone o el uso nocturno, no la ventana matutina específica. La idea de que hay algo neurológicamente especial en los primeros 10 minutos del día no tiene soporte empírico sólido.
La afirmación de que el celular «secuestra tu dopamina» es una metáfora, no una descripción neurocientífica. Los mecanismos dopaminérgicos involucrados en las notificaciones (refuerzo intermitente de razón variable) son reales y bien documentados, pero el salto de «las notificaciones activan circuitos de recompensa» a «destruyen tu cerebro cada mañana» es enorme y carece de sustento.
Reducir el tiempo total de pantalla recreativa parece tener beneficios reales para el bienestar subjetivo. Si el uso del celular te genera ansiedad al despertar, tiene sentido modificar ese hábito — pero por motivos psicológicos, no porque estés «dañando tu cerebro» de forma irreversible o especial durante la CAR. La respuesta de cortisol al despertar es un fenómeno fisiológico robusto; no es tan frágil como para que un vistazo a Instagram la «destruya».
Este es quizás el hábito matutino con la base mecanicista más clara y la evidencia más consistente, aunque rara vez recibe la misma atención viral que «no revises tu celular».
La luz solar matutina es el principal zeitgeber (señal temporal) para sincronizar el reloj circadiano central, ubicado en el núcleo supraquiasmático del hipotálamo. Las células ganglionares retinianas intrínsecamente fotosensibles (ipRGCs), que contienen melanopsina, detectan la luz ambiental y envían señales al reloj biológico central para calibrar los ritmos de sueño-vigilia, secreción hormonal y temperatura corporal.
La cadena de eventos que el artículo original describe — supresión de melatonina, activación del cortisol, promoción de serotonina — es en esencia correcta y está bien documentada en la literatura.
Un estudio transversal con 1.762 adultos encontró que la exposición a luz solar antes de las 10 AM se asoció significativamente con un punto medio de sueño más temprano y mejor calidad de sueño general, indicadores de mejor alineación circadiana (Pereira et al., 2025, PMC).
A gran escala, un análisis del UK Biobank con más de 400.000 participantes encontró que cada hora adicional de luz diurna al aire libre se asociaba con menores probabilidades de depresión mayor, menor uso de antidepresivos, menos anhedonia, mayor facilidad para despertar y mejor calidad de sueño (Burns et al., 2021).
La terapia con luz brillante matutina es un tratamiento con evidencia establecida para el trastorno afectivo estacional, episodios depresivos unipolares y bipolares, y trastornos del ritmo circadiano del sueño. Los mecanismos propuestos incluyen la modulación directa de neurotransmisores como la serotonina y la estabilización de ritmos circadianos frecuentemente alterados en los trastornos del estado de ánimo.
La mayoría de los estudios epidemiológicos son observacionales. La exposición solar al aire libre se correlaciona con actividad física, interacción social y salir de ambientes cerrados — todos factores que independientemente benefician la salud mental. Separar el efecto de la luz del efecto de todo lo que acompaña salir al sol no es sencillo.
Además, la sensibilidad a la luz varía por cronotipo. Los cronotipos vespertinos («búhos») muestran avances circadianos más pronunciados con la exposición a luz diurna y también son más vulnerables a la depresión. Esto sugiere que la luz matutina podría ser especialmente relevante para personas con tendencia a acostarse y levantarse tarde, no necesariamente para todos por igual.
La evidencia sobre luz matutina y ritmos circadianos es la más mecanicistamente coherente de todos los hábitos que revisamos aquí. No es un hack de productividad: es biología circadiana básica. Si solo pudieras implementar un cambio matutino basado en evidencia, exponerte a luz natural temprana sería probablemente la apuesta más segura.
El artículo original dice que al despertar estás en un estado de «inercia de sueño» donde el pensamiento y la toma de decisiones están deteriorados, y que necesitas esperar a que la CAR se complete antes de intentar trabajo que requiera concentración. ¿Qué tan preciso es esto?
La inercia de sueño (sleep inertia) es un fenómeno real y bien documentado. Se refiere al estado transitorio de reducción del alerta y deterioro cognitivo que ocurre inmediatamente después de despertar. No es un invento de la divulgación: tiene décadas de investigación en contextos de seguridad laboral y aviación, donde tomar decisiones inmediatamente después de despertar puede tener consecuencias graves.
Un estudio clásico (Jewett et al., 1999, Journal of Sleep Research) encontró que la inercia de sueño se disipa de forma asintótica: la alerta subjetiva mejora significativamente en los primeros 40 minutos, mientras que el rendimiento cognitivo puede tardar entre 1 y 2 horas en alcanzar niveles óptimos. Las constantes de tiempo reportadas fueron de 0.67 horas para alerta subjetiva y 1.17 horas para rendimiento cognitivo.
Un estudio posterior más detallado (Santhi et al., 2013, PMC) encontró que la inercia de sueño afecta de forma diferencial las funciones cognitivas: la alerta y la atención sostenida son las más deterioradas, mientras que la memoria de trabajo y el rendimiento cognitivo general se ven menos afectados. Curiosamente, las tareas más simples mostraron mayor deterioro que las tareas más demandantes.
Una revisión sistemática encargada por la EASA (Agencia Europea de Seguridad Aérea) que analizó 45 estudios sobre duración de inercia de sueño encontró que, en condiciones normales de despertar nocturno, la inercia se reporta entre 0 y 35 minutos.
La severidad de la inercia de sueño depende significativamente de factores previos: la restricción crónica de sueño la magnifica enormemente (McHill et al., 2019, PMC), y la privación de sueño puede hacer que el deterioro cognitivo al despertar sea equivalente a 40 horas sin dormir. Factores individuales como la edad, el cronotipo y la duración habitual de sueño también modulan la experiencia.
Esto significa que si duermes consistentemente 7-8 horas, tu inercia de sueño probablemente es breve y manejable. Si duermes crónicamente menos de 6 horas, el problema no es que te lances al trabajo profundo demasiado pronto, sino que estás acumulando deuda de sueño que afecta todo tu funcionamiento.
La inercia de sueño es real y justifica no tomar decisiones críticas en los primeros minutos después de despertar. Pero para la mayoría de las personas con sueño adecuado, no necesitas esperar 45-60 minutos para empezar a trabajar. La narrativa de que debes tener una elaborada «rutina de activación» antes de hacer cualquier cosa productiva no está respaldada por la evidencia: levantarte, exponerte a luz y moverte un poco probablemente es suficiente. La inercia de sueño se disipa más rápido de lo que muchos artículos virales sugieren.
El artículo original dice que un desayuno azucarado produce un pico de glucosa seguido de un crash que deteriora tu rendimiento cerebral. Es una simplificación de algo que tiene un fondo real pero más complejo.
El cerebro depende de la glucosa como combustible primario, y la forma en que llega esa glucosa importa. Un ensayo aleatorizado cruzado (Nilsson et al., 2012, European Journal of Clinical Nutrition) con 40 adultos encontró que un desayuno de baja carga glucémica mejoró la atención selectiva en el período postprandial tardío (75-225 minutos después de comer) comparado con un desayuno de alto índice glucémico. El efecto se atribuyó a un perfil de insulina más estable.
Un metaanálisis sobre carga glucémica y cognición (Lamport et al., 2022, Appetite) encontró que los desayunos de baja carga glucémica benefician la memoria episódica, especialmente a partir de los 120 minutos postprandiales. Pero el efecto no se observó en todos los dominios cognitivos ni en todas las edades.
Mientras tanto, un metaanálisis más amplio sobre desayuno y cognición (Adolphus et al., 2016, Advances in Nutrition) confirmó que saltarse el desayuno deteriora agudamente la atención, memoria y funciones ejecutivas en niños y adolescentes. En adultos, las revisiones sistemáticas encuentran efectos más limitados, concentrados principalmente en tareas de memoria (Galioto & Spitznagel, 2016).
La respuesta cognitiva a la glucosa varía enormemente entre individuos. Un estudio publicado en Nutrition & Diabetes(2022) introdujo el concepto de «sensibilidad cognitiva a la glucosa» (CGS), demostrando que personas con bajo rendimiento cognitivo basal se benefician más de la suplementación con glucosa, y que el efecto difiere según el dominio cognitivo y el sexo del participante.
Además, la tolerancia individual a la glucosa modula los resultados: personas con mejor regulación glucémica muestran mejor rendimiento cognitivo independientemente del tipo de desayuno. Esto significa que una persona sana puede tolerar un desayuno con más azúcar sin consecuencias cognitivas apreciables, mientras que otra puede experimentar fluctuaciones que afecten su concentración.
Por otro lado, un ensayo aleatorizado cruzado con 70 adultos que comparó bebidas de diferente índice glucémico (isomaltulose vs. sacarosa) no encontró diferencias significativas en memoria declarativa, recuerdo inmediato ni función ejecutiva (PMC, 2019).
El azúcar no «destruye» tu cerebro. La recomendación del artículo original de enfocarse en proteínas (25-35 gramos) no es mala, pero la evidencia que la respalda es más modesta de lo que se presenta. La calidad de los carbohidratos que consumes por la mañana puede influir en tu rendimiento cognitivo durante las horas siguientes, pero el efecto depende de tu perfil metabólico individual, tu edad y el tipo de tarea cognitiva que necesitas realizar. No es un fenómeno universal ni dramático.
La afirmación es que despiertas deshidratado y que esto afecta inmediatamente tu rendimiento cognitivo. Es parcialmente cierto, pero merece un análisis más cuidadoso.
La deshidratación afecta el rendimiento cognitivo, esto está establecido. Un metaanálisis de 33 estudios (N = 413 sujetos) encontró un efecto pequeño pero significativo de la deshidratación sobre el rendimiento cognitivo general (ES = -0.21). Las funciones más afectadas son la atención (ES = -0.52), la coordinación motora (ES = -0.40) y la función ejecutiva (ES = -0.24). El deterioro es mayor cuando la pérdida de masa corporal supera el 2% (Wittbrodt & Millard-Stafford, 2018).
Un estudio experimental con 26 hombres jóvenes encontró que una deshidratación leve (1.59% de pérdida de masa corporal) produjo deterioro en vigilancia visual y tiempo de respuesta en memoria de trabajo, además de aumentar la fatiga y la tensión/ansiedad (Ganio et al., 2011).
Hay un problema importante con la narrativa de «despiertas deshidratado»: la deshidratación que se produce durante el sueño nocturno es generalmente leve. Los estudios que encuentran efectos cognitivos significativos suelen inducir deshidratación mediante ejercicio intenso, restricción de líquidos prolongada o diuréticos, condiciones bastante diferentes a simplemente dormir 7-8 horas.
De hecho, una revisión sistemática y metaanálisis (Nuccio et al., 2019, Physiology & Behavior) que evaluó específicamente la hipohidratación activa no encontró que el rendimiento cognitivo estuviera significativamente deteriorado (g = -0.177; p = 0.331), ni en dominios específicos como atención compleja, función ejecutiva o aprendizaje y memoria. Los autores concluyeron que la heterogeneidad metodológica entre estudios explica gran parte de las discrepancias en la literatura.
Hidratarse por la mañana es un hábito razonable y no tiene contraindicaciones. Pero la idea de que al despertar estás en un estado de deshidratación que deteriora significativamente tu cognición carece de evidencia directa sólida. La deshidratación nocturna normal es leve y los mecanismos homeostáticos del cuerpo la regulan eficientemente. Tomar agua al despertar es sensato; creer que sin eso tu cerebro está funcionando de forma subóptima es una exageración.
Aunque el artículo original no lo incluye como un hábito separado, el ejercicio merece mención porque es probablemente la intervención con la base científica más robusta para la salud cerebral.
El ejercicio aumenta los niveles de BDNF (factor neurotrófico derivado del cerebro), una proteína esencial para la plasticidad sináptica y la neurogénesis. Un metaanálisis de 29 estudios (N = 1.111 participantes) encontró un tamaño de efecto moderado (Hedges’ g = 0.46) para el aumento de BDNF tras una sesión única de ejercicio (Szuhany et al., 2015).
¿Importa que sea por la mañana? Un estudio que asignó a 56 participantes a ejercicio matutino o vespertino durante 12 semanas encontró beneficios cognitivos en ambos grupos, sin diferencias significativas entre mañana y tarde (PMC, 2022). La insistencia en que tiene que ser por la mañana parece más una preferencia práctica que una prescripción neurocientífica. El mejor ejercicio para tu cerebro es el que realmente haces, sea a las 6 AM o a las 7 PM.
El problema fundamental del género «hábitos que destruyen tu cerebro» no es que toda la información sea incorrecta. El problema es estructural:
Si tuvieras que priorizar cambios matutinos basándote en la solidez de la evidencia, en este orden:
Lo que no vale la pena: sentir culpa por revisar tu celular al despertar, como si con eso estuvieras destruyendo tu corteza prefrontal. La neurociencia merece mejor divulgación que eso.
Referencias
Enrique Alpañés en El País:
El dinero es la nueva religión, y una serie de dogmas neoliberales interesan más a ciertos sectores que las promesas de redención y vida eterna. En este rebranding sectario hay también otras categorías. “En el área de salud, por ejemplo, se tira de medicinas alternativas y pseudoterapias”, explica Valcárcel. En el reciente libro Conspiritualidad (Capitán Swing), se alerta sobre cómo el yoga, la medicina alternativa y el mundo del wellness se han convertido, en algunos rincones de internet, en una especie de religión digital de carácter sectario. A través de mensajes aparentemente inocuos, se va fomentando el rechazo a las vacunas, la política o el sistema educativo. Y se pide a los nuevos adeptos cierto activismo digital. “Los fieles de la conspiritualidad son investidos como compañeros digitales de batalla”, apuntan los autores.
Alpañés ofrece un artículo muy completo sobre las características de las sectas que operan en la actualidad, cómo han evolucionado desde sectas religiosas a sectas financieras y cuenta también la historia de una chica española que dejó todo para irse con su líder sectario en Perú.
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Me gusta conocer cómo trabaja la gente que admiro, y este video satisface esa curiosidad desde muchos ángulos. Muestra el sótano de B.F. Skinner, uno de los psicólogos más influyentes de la historia, y ofrece un vistazo a su intimidad: cómo organizaba su trabajo, sus lecturas y su descanso.
Detalles:
Un dormitorio diseñado para el trabajo En su estudio, justo frente a su escritorio, Skinner tenía una cama de origen japonés. Una empresa de Japón le pidió que la probara para ver si podían comercializarla en Estados Unidos, y resultó ser el complemento perfecto para su flujo de trabajo. Al dormir allí, Skinner podía despertarse en medio de la noche y ponerse a trabajar inmediatamente sin molestar a su esposa, que dormía en la planta de arriba.
Skinner llevaba una vida extremadamente estructurada. Se despertaba cada mañana a las 4:40 a.m., sin importar si era Navidad o Año Nuevo. En su estudio encendía simultáneamente la luz de su escritorio y un reloj para registrar exactamente cuántas horas dedicaba al trabajo.
El arte de organizar las ideas: su método de escritura era precursor de la tecnología moderna. Utilizaba un sistema de carpetas temáticas donde guardaba recortes, notas y hasta libros enteros sobre temas de su interés, como la ética. Para sus borradores, creó un ingenioso sistema de esquemas con tarjetas superpuestas que le permitían ver una visión general de sus artículos mientras mantenía los detalles a mano, similar a los procesadores de textos de la actualidad.
Ingenio y adaptación Incluso frente a las dificultades de la edad, Skinner aplicó su creatividad técnica. Cuando su vista empezó a fallar, construyó un sistema casero de lupa ajustable utilizando marcos de madera, pegamento caliente, hilo de pescar y pesas para poder leer con comodidad. Además, modificó su dictáfono con marcas especiales para facilitar su uso.
Este vistazo a su intimidad nos muestra a un hombre que fue, en todo momento, el mejor sujeto de su propia ciencia.
Durante el último año como profesor universitario he notado un error que se repite al enseñar el análisis funcional de la conducta o cuando se explica el análisis en cadena en DBT: explicarlo como una forma encubierta de mentalismo. Lo recordé viendo un video en el que Skinner señalaba algo que va directo al punto: no actuamos porque tengamos un propósito interno, sino que sentimos propósito porque estamos a punto de actuar debido a consecuencias pasadas.
El malentendido ocurre cuando se enseña el análisis funcional como si la función del comportamiento fuera alcanzar u obtener un objetivo —evitar una situación, escapar de ella, obtener atención, aliviar malestar, entre otros. Explicado así, estamos diciendo implícitamente que el comportamiento está dirigido por un propósito, que hay algo dentro del organismo —una mente, una intención, un objetivo— que lo origina y lo guía. Exactamente lo que Skinner estaba refutando.
Y tiene sentido que ocurra. Toda nuestra formación —y nuestra cultura en general— ha sido profundamente mentalista. Explicamos el comportamiento humano en términos de intenciones, deseos y propósitos casi de manera automática. Es el marco explicativo que hemos usado toda la vida, y el análisis funcional es contraintuitivo.
Lo que Skinner propone es radicalmente distinto: una conducta ocurre, o tiene mayor probabilidad de ocurrir, porque fue reforzada en el pasado. No porque el cerebro «busque» algo. No porque exista una intención previa. La causa está en la historia de reforzamiento, no en ningún estado mental que precede y dirige la acción.
Vale aclarar que el término «función» en el análisis de conducta aplicado tiene un significado técnico preciso, y en sí mismo no es mentalista. Función se refiere a las consecuencias que han mantenido una conducta a lo largo del tiempo. El problema no es la palabra: es cómo se enseña. Cuando un docente dice «la función de esta conducta es obteneratención», está usando lenguaje de propósito. Cuando dice «esta conducta fue reforzada por atención», está siendo fiel al marco. La diferencia parece sutil, pero no lo es.
La confusión importa, porque cuando explicamos la función de una conducta como si fuera un propósito que la mente persigue, no estamos enseñando conductismo: se está enseñando una versión disfrazada de mentalismo. Y eso confunde a los estudiantes sobre qué es lo que realmente explica el comportamiento dentro de este marco teórico.
El error también afecta las intervenciones. Si conceptualizamos la conducta como algo que el paciente hace con un propósito, la intervención natural es intentar cambiar ese propósito: modificar el pensamiento, trabajar la intención, reestructurar la creencia detrás del comportamiento. Pero eso no es una intervención conductual. Lo que el análisis funcional propone es algo distinto: identificar junto con el paciente las variables ambientales que están manteniendo la conducta y trabajar sobre ellas. El cambio no viene de modificar intenciones, sino de modificar las condiciones que hacen que esa conducta siga ocurriendo.
También tiene consecuencias reales cuando se explica el análisis funcional a pacientes o familiares. Si decimos que «la función de esta conducta es obtener atención», lo que escucha el familiar es que la persona lo hace a propósito, que es manipuladora, que calcula. Y eso genera, estigma, frustración, culpa o rechazo hacia quien presenta la conducta. Pero eso no es lo que está ocurriendo. Lo que el análisis funcional nos dice es que ese comportamiento ocurre porque el ambiente —muchas veces las mismas personas que ahora se sienten manipuladas— reforzó ese comportamiento en el pasado.
Entender esa diferencia no es solo un asunto teórico. Cambia cómo trabajamos en la consulta y cómo el paciente y la familia se relaciona con la conducta, reduce la atribución de malicia, y abre la posibilidad de intervenir sobre lo que realmente mantiene el comportamiento: las contingencias del ambiente.
Recuerda: La función de una conducta no es lo que busca lograr. Es lo que históricamente ha producido.
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Me encontré en la revista Psyche este histórico encuentro de 1972, el psicólogo B.F. Skinner y el filósofo Jeffrey Warnock discutieron un tema que sigue siendo central en la psicología y la política: el control de la conducta humana. Aquí te explico los puntos clave para entender la postura de Skinner y los desafíos que plantea.
Para Skinner, la conducta humana ya está siendo explicada y controlada por el entorno a través de las «contingencias de reforzamiento» (lo que comúnmente llamamos premios y castigos). No es que Skinner quiera introducir el control en la sociedad, sino que sostiene que el control ambiental es inevitable y siempre ha existido.
En esa época, uno de los puntos más revolucionarios de Skinner fue su rechazo al «mentalismo». Y cómo era de esperar en esta debate argumentó que:
Skinner proponía usar una «tecnología de la conducta» no para oprimir, sino para resolver problemas globales críticos como la sobrepoblación, la contaminación y el agotamiento de recursos. Su objetivo era diseñar «mejores contingencias» en lugares como el salón de clases para que los estudiantes aprendan de manera más eficaz.
Ante la preocupación de que esto suene a una dictadura científica, Skinner aclara:
El filósofo Jeffrey Warnock cierra el debate con preguntas que aún hoy nos cuestionamos: si tenemos la tecnología para controlar la conducta, ¿quién selecciona los fines? y ¿a través de qué instituciones se debe ejercer ese poder?. Warnock advierte que el valor de «supervivencia de la cultura» es difícil de definir y que siempre habrá desacuerdos sobre qué tipo de sociedad es la más deseable.
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Edna Foa (1937–2026) fue una de las investigadoras más influyentes en la historia de la psicología clínica. Profesora de psiquiatría en la Universidad de Pennsylvania y directora del Center for the Treatment and Study of Anxiety, dedicó más de cinco décadas a entender por qué las personas desarrollan trastornos de ansiedad y, sobre todo, cómo tratarlos con eficacia. Su trabajo transformó el tratamiento del trastorno de estrés postraumático (TEPT) y del trastorno obsesivo-compulsivo (TOC), y sentó las bases teóricas que hoy sustentan buena parte de la terapia cognitivo-conductual moderna.
A lo largo de su carrera publicó más de 350 artículos y 18 libros. Seleccionar los más importantes dentro de esa producción requiere criterios explícitos, porque «importante» puede significar cosas distintas según desde dónde se mire. Para esta lista usé cuatro criterios: citaciones (cuántas veces fue citado el artículo por otros investigadores, como indicador de influencia académica), impacto clínico (en qué medida cambió la práctica terapéutica real a nivel global), novedad conceptual (si el artículo introdujo un marco teórico o una idea que no existía antes) y volumen de investigación derivada (cuántos estudios posteriores generó, incluyendo replicaciones, adaptaciones y extensiones a nuevas poblaciones). No son criterios distintos y probablemente otros terapeutas elijan otros artículos de Edna Foa, pero creo que esta era la mejor forma de presentarlos y rendir honor a su trabajo.
Los seis trabajos que siguen cubren desde su artículo teórico más fundacional hasta sus ensayos clínicos más influyentes, pasando por un instrumento de evaluación que se convirtió en estándar mundial. Juntos, cuentan la historia de cómo una investigadora construyó un programa de ciencia clínica coherente, acumulativo y con consecuencias reales para millones de pacientes.
Añadí las referencias APA y también los artículos descargables en en formato PDF, con excepción del artículo número 5, para que no tengas que buscarlos en la web.
El artículo fundacional de toda la obra de Foa. Propone mecanismos que gobiernan el procesamiento de la información emocional, especialmente los involucrados en la reducción del miedo. Las emociones se conceptualizan como estructuras de información representadas en la memoria, y la ansiedad ocurre cuando se activa una estructura que funciona como programa para escapar o evitar el peligro. El procesamiento emocional se define como la modificación de las estructuras de memoria que subyacen a las emociones. Acumula más de 5.000 citas según Semantic Scholar, con 270 citas altamente influyentes. Es el artículo de mayor novedad conceptual de su carrera: antes de él no existía un marco teórico unificado para explicar por qué funciona la exposición en los trastornos de ansiedad. Artículo completo.
Referencia: Foa, E. B., & Kozak, M. J. (1986). Emotional processing of fear: Exposure to corrective information. Psychological Bulletin, 99(1), 20–35. https://doi.org/10.1037/0033-2909.99.1.20
El primer ensayo clínico controlado de la Exposición Prolongada. Víctimas de violación con TEPT (N = 45) fueron asignadas aleatoriamente a entrenamiento en inoculación de estrés, exposición prolongada, consejería de apoyo o lista de espera. Al seguimiento, la PE produjo el mejor resultado en síntomas de TEPT. Este es el estudio que inició la línea empírica más influyente de Foa, y sirvió de base para todos los ensayos posteriores de PE. Una revisión reciente identificó 40 ensayos clínicos aleatorizados de PE en adultos, construidos sobre los principios de este protocolo original. Artículo completo.
Referencia: Foa, E. B., Rothbaum, B. O., Riggs, D. S., & Murdock, T. B. (1991). Treatment of posttraumatic stress disorder in rape victims: A comparison between cognitive-behavioral procedures and counseling. Journal of Consulting and Clinical Psychology, 59(5), 715–723. https://doi.org/10.1037/0022-006x.59.5.715
Con una muestra más amplia (N = 96), 96 víctimas femeninas de agresión con TEPT crónico fueron asignadas aleatoriamente a PE, SIT, tratamiento combinado (PE-SIT) o lista de espera. Los tres tratamientos activos redujeron la severidad del TEPT en comparación con la lista de espera, pero no difirieron significativamente entre sí, y esas ganancias se mantuvieron en los seguimientos. Este estudio encontró que después del tratamiento, solo el 35% de las mujeres que recibieron PE retenían el diagnóstico de TEPT, en comparación con el 42% del grupo SIT, y que combinar ambos tratamientos no mejoraba los resultados de la PE sola. Este hallazgo —contraintuitivo y muy citado— mostró que agregar técnicas cognitivas a la exposición no la potencia. Artículo completo.
Referencia: Foa, E. B., Dancu, C. V., Hembree, E. A., Jaycox, L. H., Meadows, E. A., & Street, G. P. (1999). A comparison of exposure therapy, stress inoculation training, and their combination for reducing posttraumatic stress disorder in female assault victims. Journal of Consulting and Clinical Psychology, 67(2), 194–200. https://doi.org/10.1037/0022-006x.67.2.194
Sobrevivientes de agresión sexual con TEPT crónico (N = 171) fueron asignadas aleatoriamente a PE sola, PE más reestructuración cognitiva, o lista de espera. Ambos tratamientos activos redujeron el TEPT y la depresión. La adición de reestructuración cognitiva no mejoró el resultado. El tratamiento en manos de consejeras sin experiencia previa en TCC fue igual de eficaz que en un centro académico especializado. Este último hallazgo fue determinante para la diseminación global de la PE: demostró que no requería expertos altamente especializados. Artículo completo.
Referencia: Foa, E. B., Hembree, E. A., Cahill, S. P., Rauch, S. A. M., Riggs, D. S., Feeny, N. C., & Yadin, E. (2005). Randomized trial of prolonged exposure for posttraumatic stress disorder with and without cognitive restructuring: Outcome at academic and community clinics. Journal of Consulting and Clinical Psychology, 73(5), 953–964. https://doi.org/10.1037/0022-006X.73.5.953
Aunque técnicamente es un artículo de validación de instrumento, su impacto fue enorme. Presentó la PTSD Symptom Scale (PSS), que se convirtió en una de las medidas de TEPT más utilizadas en investigación clínica a nivel mundial. Aparece citada en prácticamente todos los ensayos posteriores de PE y EX/RP, lo que le otorga un número de citaciones acumuladas extraordinariamente alto. Es un ejemplo del enfoque integrado de Foa: teoría, tratamiento y evaluación como un sistema coherente. Artículo completo.
Referencia: Foa, E. B., Riggs, D. S., Dancu, C. V., & Rothbaum, B. O. (1993). Reliability and validity of a brief instrument for assessing post-traumatic stress disorder. Journal of Traumatic Stress, 6(4), 459–473. https://doi.org/10.1007/BF00974317
Describe más de tres décadas de investigación programática de Foa y colegas, incluyendo el desarrollo de la Teoría del Procesamiento Emocional, estudios de eficacia y efectividad de la terapia de exposición, investigación sobre los mecanismos de cambio, psicopatología de los trastornos de ansiedad, métodos de evaluación y diseminación del tratamiento, con foco en TEPT y TOC. ResearchGate Es el mejor punto de entrada para entender la arquitectura completa de su programa de investigación y la relación entre teoría, protocolo y evidencia. Artículo completo.
Referencia: Foa, E. B., & McLean, C. P. (2016). The efficacy of exposure therapy for anxiety-related disorders and its underlying mechanisms: The case of OCD and PTSD. Annual Review of Clinical Psychology, 12, 1–28. https://doi.org/10.1146/annurev-clinpsy-021815-093533
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Conocí TED Talks en 2009, cuando un profesor universitario nos compartió una conferencia de Chimamanda Ngozi Adichie (si no la has visto, búscala hoy: es extraordinaria). En aquella época, las charlas TED tenían un prestigio que garantizaba que cada minuto invertido valía la pena.
Pero eso ha cambiado mucho, y es una verdadera lástima. Hoy, casi cualquier persona puede ofrecer una conferencia TEDx —las versiones independientes— y hablar prácticamente de lo que sea, incluso presentando ideas que contradicen las propias políticas de TED.
Este video documenta bien el declive de la plataforma. No digo que haya que dejar de ver TED Talks, pero sí que conviene aproximarse con escepticismo. Como ocurre con tantas cosas, el sello TED ya no garantiza calidad.
Propofol y fentanilo, anestesia y adicción, hospitales y fiestas, residentes y eminencias. Circula en todos los medios y cada día se suman actualizaciones sobre una noticia de alto impacto: la muerte de un anestesiólogo que expone una trama inquietante de robo de drogas, “viajes controlados” y consumo problemático.
Como suele ocurrir, la reacción inicial tiende a organizarse rápido: buscar responsables, señalar conductas, reducir lo sucedido a una decisión individual.
Hacer un recorte de la realidad, quedarnos con una parte tranquiliza, pero no nos deja ver el paisaje completo. Es importante recordar que podemos caer en la trampa de la generalización excesiva. Este y otros eventos que aparecen en diarios y redes, no representa a todos los médicos ni a todos los anestesiólogos. En muchos casos, funcionan más como puntos visibles de procesos que vienen ocurriendo de forma sostenida.
Hechos de este tipo encienden cierto estado de alarma. La ansiedad en su forma adaptativa, suele activar una serie de procesos cognitivos orientados a anticipar y organizar la experiencia frente a lo incierto (Barlow, 2002; Clark & Beck, 2010). Entre ellos aparecen pensamientos breves, muchas veces automáticos, con sesgo negativo que intentan dar sentido rápido a lo que ocurre (Beck, 1976; Beck, 2020; Kahneman, 2011). La Sobregeneralización engloba a este tipo de producciones mentales. Lejos de ser un error en sí mismo, este mecanismo puede entenderse como una solución intentada no consciente que busca preservar coherencia interna y cierta estabilidad identitaria, contribuyendo momentáneamente al equilibrio psicológico – digerir la noticia para poder enfrentar el momento y hacer algo al respecto – (Carver & Scheier, 2012; Gross, 2015). Sin embargo, al tratarse de un proceso de regulación homeostática, es dinámico y frágil. Puede resultar útil como primera respuesta ante un evento disruptivo que dispara preocupación pero no necesariamente refleja la realidad de forma precisa ni completa (Mathews & MacLeod, 2005). Es por tanto que estos pensamientos requieren ser revisados y cuestionados a tiempo, antes de que se consoliden como reglas rígidas que comiencen a organizar – o intentar organizar – de manera inflexible nuestras percepciones y conductas (Beck, 2020; Hofmann et al., 2013; Hayes et al., 2012).
Primero, lo no positivo. Cuando se habla del trabajo médico, suele ponerse el foco en las horas: guardias extensas, pluriempleo, interrupciones constantes del descanso. Pero hay otra dimensión menos visible: la carga cognitiva crónica.
No se trata solo de cuánto se trabaja, sino de cómo se sostiene la atención, la toma de decisiones y la responsabilidad clínica durante períodos prolongados sin recuperación suficiente. La literatura muestra que este tipo de sobrecarga impacta directamente en funciones ejecutivas en general, memoria de trabajo en particular y regulación emocional (Diamond, 2013; McEwen & Morrison, 2013; Arnsten, 2009) A eso se suma la privación de sueño, frecuente en residentes y médicos de guardia, asociada a mayor tasa de errores, peor toma de decisiones y menor capacidad de monitoreo de la propia conducta (Lockley et al., 2004). Estos procesos no implican falta de compromiso, sino intentos de adaptación a condiciones de alta exigencia.
En paralelo a contextos exigentes, es importante destacar que residentes y profesionales de planta sostienen un conjunto de habilidades poco frecuentes en la mayoría de los contextos laborales. No se trata solo de conocimiento técnico, sino de la capacidad de tomar decisiones complejas en tiempo real, bajo presión y con información incompleta, integrando variables clínicas, emocionales y contextuales de manera simultánea. A esto se suma un alto nivel de autorregulación emocional, trabajo en equipo y coordinación interpersonal, que permite sostener la atención, la precisión y el cuidado del paciente incluso en escenarios de alta demanda (a veces con escasez o insuficiencia de recursos y poblaciones de vulnerabilidad). La evidencia muestra que la resiliencia psicológica en profesionales de salud no solo protege frente al estrés, sino que también se asocia a mejor desempeño clínico y calidad de atención, especialmente en contextos adversos (Murden et al., 2018; Gröschke et al., 2022; Hashmi et al., 2024).
Ahora, lo que es muy bueno. No es menor señalar que la práctica médica argentina, aún en contextos de limitaciones estructurales, históricamente ha dado lugar a desarrollos y trayectorias con reconocimiento internacional. Desde aportes como los del Dr. René Favaloro en cirugía cardiovascular o Luis Agote en transfusión sanguínea, hasta investigaciones contemporáneas mundialmente premiadas. Se destaca entre ellas las de terapias celulares CAR-T liderado por Carl June que transformaron el tratamiento de ciertos cánceres hematológicos al utilizar células inmunitarias del propio paciente modificadas genéticamente para identificar y destruir células tumorales (June et al., 2018; Maude et al., 2018). Recibió los premios científicos más prestigiosos a nivel global como el Breakthrough Prize in Life Sciences, el Abarca Prize y el Premio Fundación BBVA Fronteras del Conocimiento, entre otros, lo que da cuenta de su impacto transformador en la medicina contemporánea.
Es así como el sistema ha demostrado una capacidad sostenida para formar profesionales con estándares de excelencia (Escribano, 2022; Turiaci, 2023; IECS, 2023). En este sentido, cualquier lectura sobre eventos críticos dentro del ámbito sanitario requiere contemplar esta doble dimensión: un entorno de alta exigencia estructural y, al mismo tiempo, una práctica que sostiene niveles de desempeño técnico, científico y humano que exceden ampliamente los requerimientos habituales de la mayoría de las profesiones.
Y no todo termina cuando se cuelga el ambo o la bata. Fuera del hospital el trabajo no se corta del todo: repasar mentalmente procedimientos, protocolos, anticipar complicaciones, sostener responsabilidad sobre decisiones críticas, etc. Esto configura un estado de activación sostenida, difícil de interrumpir.
En Argentina y la región, los niveles de desgaste en profesionales de salud son altos y consistentes. Más del 50% de los residentes presentan burnout (Pecci et al., 2021), con cifras que pueden superar el 70% en médicos jóvenes (Appiani et al., 2021). A nivel regional, la prevalencia también es elevada (Caldichoury-Obando et al., 2024). El burnout no es solo cansancio. Es un síndrome que incluye (Maslach & Leiter, 2016): agotamiento emocional, despersonalización (distancia afectiva como forma de defensa) y disminución de la eficacia percibida.
En este contexto, también aparece la fatiga por compasión – ampliado en el artículo Fatiga por compasión en profesionales de salud: la amenaza fantasma (Martinez, 2023) -. Se trata de un desgaste asociado a la exposición continua al sufrimiento de otros, que puede llevar a embotamiento emocional o desconexión como forma de regulación (Figley, 1995; Cocker & Joss, 2016).
En la última década, el desgaste profesional en médicos y residentes en Argentina pasó de ser un fenómeno documentado pero relativamente subestimado a configurarse como un problema de alta prevalencia y carácter estructural, con un punto de inflexión durante la pandemia por COVID-19 y una posterior persistencia de niveles elevados sin evidencia de recuperación sostenida. Estudios locales muestran una afectación significativa en múltiples dimensiones del funcionamiento psicológico, con las siguientes prevalencias reportadas en muestras de médicos jóvenes y residentes (Appiani et al., 2021):
En conjunto, estos datos sugieren que el malestar psicológico en este colectivo no solo es altamente prevalente, sino también clínicamente relevante, con implicancias potenciales tanto para la salud de los profesionales como para la calidad de atención.
El mito cuenta que Damocles, cortesano de Dionisio II de Siracusa, envidiaba el poder y la fortuna del rey. Para darle una lección, Dionisio le ofreció ocupar su lugar por un día. Damocles aceptó y disfrutó de los lujos hasta que advirtió que, sobre su cabeza, pendía una espada sostenida apenas por una crin. En ese momento entendió que el poder y el privilegio estaban inseparablemente ligados a una amenaza constante, y pidió renunciar al puesto.
En este caso el saber médico si bien puede salvar vidas y tener ciertos beneficios en el abordaje de situaciones diarias con otros y uno mismo, también puede llevar a tener ciertas ideas algo engañosas y a fusionarnos con ellas.
En contextos de expertise y exposición repetida al riesgo, pueden aparecer sesgos cognitivos bien documentados (Kahneman, 2011; Langer, 1975; Vaughan, 1996):
Estos fenómenos han sido descritos en el estudio del error humano en sistemas complejos (Reason, 2000) y en contextos organizacionales donde el riesgo se vuelve progresivamente invisible (Vaughan, 1996). A esto se le agrega un factor estructural: el acceso. El consumo problemático de sustancias en médicos ha sido asociado tanto al estrés laboral como a la disponibilidad de fármacos y a patrones de evitación experiencial, es decir, el intento de regular malestar interno evitando o anestesiando experiencias emocionales (Merlo et al., 2013; Berge et al., 2009).
Es importante sostener ambas cosas al mismo tiempo: no se trata de todos los profesionales pero tampoco de eventos completamente aislados. Pensarlo exclusivamente en términos individuales puede invisibilizar las condiciones que aumentan la vulnerabilidad. Cuando múltiples factores convergen – sobrecarga, falta de descanso, presión constante, acceso a recursos críticos – el riesgo deja de depender solo de la persona.
Otro punto clave es la dificultad para pedir y recibir ayuda. En profesionales de salud suelen aparecer estigmas asociados a la salud mental, temor a consecuencias laborales junto con creencias de autosuficiencia (propias y de terceros). Esto constituye una barrera significativa para el acceso a tratamiento oportuno, incluso cuando hay malestar sostenido (Shanafelt & Noseworthy, 2017).
Nada de esto justifica conductas ni reduce la gravedad de los hechos pero sí permite una lectura más completa. Cuando un sistema sostiene durante años condiciones de alta exigencia, sobrecarga cognitiva, privación de sueño y escaso margen de recuperación, los eventos críticos dejan de ser completamente inesperados y pueden empezar a funcionar como señales.
Entonces tal vez la pregunta no sea sólo qué pasó, sino ¿qué condiciones hacen posible que algo así ocurra? Y ¿Dentro del sistema qué lugar hay para que podamos intervenir antes de que aparezca en su forma más extrema?
Referencias
Por Caren R. Rodriguez, Gretel A. Martinez y Romina Escobedo
«Qué vergüenza… si ya sé que tengo que poner límites, ¿por qué no lo hago?»
Hay un tipo de violencia que no deja marcas visibles pero erosiona profundamente: la explotación intelectual y emocional disfrazada de admiración, mentoría o amistad. Para muchas mujeres autistas, especialmente aquellas con diagnóstico tardío, esta forma de abuso resulta particularmente difícil de detectar. La hiperempatía, la tendencia a tomar la palabra del otro como genuina y la dificultad para interpretar intenciones ocultas las coloca en una posición de vulnerabilidad frente a quienes saben leer muy bien estas características y usarlas en su beneficio.
En el marco del Día Mundial de Concientización sobre el Autismo, queremos hablar de esas infancias que crecieron y hoy, como adultas, siguen enfrentando malestares menos ruidosos pero igualmente reales. Para entender mejor este fenómeno, vale la pena revisar primero algunos conceptos que nos ayudan a nombrarlo.
Se nos puede venir a la mente el término Phishing, el acto de engaño mediante el cual se utiliza la suplantación de identidad para obtener información de una persona (Althobaiti & Tahaei, 2025) mediante engaños en línea (mensajes de texto fraudulentos, mails engañosos, enlaces, aplicaciones) que va en aumento. El estudio de Sarno y Black (2024) mostró que la vulnerabilidad al engaño digital tiende a ser transversal entre distintos formatos, incluyendo correos electrónicos, mensajes fraudulentos y noticias falsas. Esta vulnerabilidad se asoció con menor alfabetización digital y menor reflexión cognitiva, mientras que la edad no resultó predictiva, y el phishing fue el formato frente al cual los participantes evidenciaron mayor susceptibilidad.
Similar pero más ajustado aún es el mate crime (Grundy, 2011), que se da cuando alguien – que podríamos ilustrar como agresor – establece una relación de aparente amistad con el objetivo de manipularla, utilizarla o beneficiarse de ella. La característica principal es que la explotación ocurre dentro de un vínculo percibido por la víctima como amistoso, lo que reduce la probabilidad de detección, resistencia o denuncia. Suele ser encubierto siendo que quien se lo propone obtiene acceso progresivo a los recursos, el entorno o la conducta de la víctima mediante confianza simulada, y luego utiliza ese acceso para fines instrumentales, como explotación económica, laboral, uso del domicilio para actividades ilícitas, coerción hacia conductas delictivas o abuso. Una característica crítica es que la víctima puede ser simultáneamente explotada y expuesta a responsabilidad legal, ya que el agresor puede “usarla” como intermediaria o fachada para actividades ilegales, sin que ésta comprenda plenamente la situación.
Un tipo de explotación y abuso de estos, tal vez el menos sospechado y por eso, de los más recurrentes es el de los depredadores intelectuales. Son personas que usan su carisma, discurso o sagacidad intelectual para generar admiración, dependencia afectiva y acceso al mundo interno de la persona de la que se quiere obtener provecho, sin reciprocidad ni cuidado. Es típico que esas personas sean nuestros propios colegas, terapeutas, mentores o referentes que identifican la sensibilidad y la necesidad de validación. Se muestran brillantes, intelectualmente admirables, leen muy bien al otro. Podríamos pensarlos tan encantadores como el estafador de tinder o algún gurú espiritual. El phishing a diferencia del mate crime, es un engaño digital basado en la suplantación de identidad que no requiere una relación interpersonal previa.
Frente a estos engaños son especialmente vulnerables las mujeres autistas. La investigación muestra que siendo mujer autista se está más expuesta a abuso, manipulación y violencia, incluida violencia sexual y de pareja, en comparación con mujeres neurotípicas (Bradley et al., 2021). La hiperempatía destacable en el fenotipo femenino, un patrón caracterizado por una alta sensibilidad a las emociones de los demás, junto con posibles dificultades para identificar, comprender o regular la propia experiencia emocional (Cassidy, Bradley, Shaw, & Baron-Cohen, 2018) puede meterlas en líos. Estas mujeres a las que referimos son el segmento del espectro sin discapacidad intelectual también presente en la Guía para profesionales de la salud, de la educación y familias: Autismo en niñas y mujeres que se puede descargar acá mismo de forma gratuita.
El depredador intelectual se beneficia justamente de la capacidad de escuchar de esa mujer neurodiversa, de su tendencia a analizar y justificar, de su desafío para reconocer manipulación emocional cuando viene envuelta en palabras bonitas, discurso crítico, o aparente vulnerabilidad con tendencia a cuidar, sostener y reparar a los demás, incluso a costa de sí.
Estos momentos amargos pueden alcanzar un nivel de malestar que lo transforme en un trauma. Según Isabel Paula (2023), el trauma puede entenderse como la experiencia personal de sentirse profundamente sobrepasado o sin recursos ante uno o varios eventos adversos que exceden la capacidad de afrontamiento disponible, dejando secuelas físicas y/o emocionales que impactan en el funcionamiento diario y cuya intensidad y duración no son uniformes.
Para hablar de depredadores intelectuales y robo de ideas no alcanza con mirar caso por caso, como si fueran anécdotas aisladas. Es necesaria una lente más amplia: la interseccionalidad. Muchas de las mujeres que viven estas violencias no llegan “neutras” a la academia o al trabajo, sino atravesadas por género, neurodivergencia y diagnóstico tardío, precariedad laboral, clase, raza, discapacidad, migración, maternidad, enfermedad crónica. Ese entramado las coloca en una posición particular: producen pensamiento original, sostienen muchísimo trabajo invisible y, al mismo tiempo, tienen muy poco margen para perder pertenencia, estabilidad o ingresos. Desde ahí se entiende mejor por qué sus ideas son tan fáciles de tomar y tan difíciles de defender, y por qué no estamos frente a historias individuales de mala suerte, sino frente a un patrón estructural.
Cuando este contexto se combina con ciertas dinámicas vinculares asimétricas de poder, es tierra fértil para depredadores intelectuales. Muchas veces estas relaciones empiezan de forma aparentemente positiva: aparece alguien que se muestra brillante, sensible y muy interesado en nuestras ideas. Pide recomendaciones, hace preguntas, celebra cómo pensamos y dice en tono confidente “por fin puede hablar en serio”. Desde ahí, es fácil abrir la puerta y compartir conceptos, metáforas, marcos teóricos, ejemplos clínicos generales o incluso borradores de proyectos que venimos elaborando hace tiempo. Durante un período, la sensación es de co-creación: largas conversaciones, intercambio de mensajes, ideas que parecen construirse “entre dos”. La dinámica problemática se hace visible después, cuando ese material comienza a aparecer en charlas, redes, talleres o textos de la otra persona casi en los mismos términos, pero sin reconocimiento ni crédito, sin honestidad intelectual. Lo que fue compartido en un contexto de confianza y admiración se transforma entonces en insumo gratuito: las ideas sostienen el prestigio de depredadores intelectuales, mientras quienes las generaron quedan con el cansancio emocional y la sensación difícil de nombrar de haber sido despojadas de algo profundamente propio.
Soy Caren, como profesional y mujer autista que supo tener varias de estas penosas experiencias elijo empezar a cuidarme poniendo filtros más exigentes, tomandome más tiempo antes de abrir mi mundo interno y compartir mi trabajo solo donde haya respeto por mis límites y mi autoría.
Soy Romina, psicóloga y autista con diagnóstico tardío. A lo largo de mi trayectoria personal y profesional atravesé situaciones marcadas por malentendidos, ambigüedades en la comunicación y expectativas implícitas que no siempre supe identificar a tiempo. Mi tendencia a la hiperempatía, a confiar genuinamente en la palabra del otro y a tomar los elogios como reconocimiento sincero – sin anticipar demandas encubiertas o retribuciones implícitas – me llevó a escenarios de confusión o aprovechamiento. También viví dificultades para interpretar mensajes ambiguos o relaciones poco explícitas. En algunos contextos derivó en conflictos que excedían mi intención o mi participación directa. Con el tiempo, y especialmente a partir de comprender mi forma particular de procesar la información y vincularme, pude reconocer estos desafíos y fortalecer modos de cuidado más claros, eligiendo con mayor conciencia cuándo intervenir, cuándo confrontar y cuándo priorizar mi integridad y mi salud. No todas las respuestas son inmediatas ni normativas. A veces el silencio, la pausa y la reflexión también son formas legítimas de posicionamiento que no significan consentimiento o estar de acuerdo. El que calla otorga es un dicho que no aplica en mujeres con autismo.
Esta no es una invitación a desconfiar masivamente, sino a prestar atención a la sobreadaptación para sentir afecto o reconocimiento. Casi como un mantra un recurso de cuidado puede ser recordar “No tengo que pagar pertenencia con mi tiempo, mi cuerpo ni mis ideas”.
A continuación compartimos una lista de banderas rojas para ayudarte a reconocer más fácilmente estas dinámicas, para que logres activar tu voz compasiva con este artículo. Si te identifica y hace sentir que fuiste víctima de un depredador intelectual: no fue tu culpa, no lo generaste!
A veces no es cuestión de olvidar, sanar o perdonar sino al contrario, de encender las alarmas para que cada vez lo veamos antes, nos perjudique menos y podamos confiar más en quien verdaderamente lo merece.
Referencias:
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