La revisión por pares tiene algunos problemas, pero la comunidad científica está trabajando en ello
Carla Andreia Carvalho Gómez describe en Hablemos de Neurociencias los componentes de la conocida prueba de evaluación neuropsicológica infantil, CUMANES:
El CUMANES está conformado por un total de seis escalas: lenguaje, visopercepcióin, función ejecutiva, memoria, ritmo y lateralidad; dentro de las cuales a su vez podemos encontrar diferentes subpruebas.
Lenguaje
Es la sección más amplia del CUMANES, con un total de seis subpruebas: comprensión audioverbal y de imágenes, fluidez fonológica y semántica, así como leximetría y escritura. De esta forma, el CUMANES se convierte en un excelente instrumento para evaluar el desarrollo lingüístico de niños y niñas con edades comprendidas entre los 7 y 11 años.
Visopercepción
Esta escala consta únicamente de una prueba que consiste básicamente en que tras presentar al niño una serie de figuras geométricas éste las copie en el lugar correspondiente.
Función Ejecutiva
Al igual que la escala de visopercepción, dentro de la escala de Función Ejecutiva escala del CUMANES únicamente se incluye una prueba que consiste en que el niño una mediante una linea continua una serie de números del 1 al 20.
Memoria
La escala de memoria, en contraposición con las anteriores, consta de dos subpruebas, en las que se evalúa de forma respectiva la memoria verbal y auditiva a través de distintas tareas
Ritmo
Como su propio nombre indica esta escala tiene como fin último evaluar el ritmo de los niños evaluados. Para ello, el niño deberá reproducir un total de diez ritmos distintos realizados por el evaluador.
Lateralidad
Finalmente, la escala de lateralidad tiene como objetivo evaluar la lateralidad del niño con el ojo, mano y pie.
Es una buena síntesis para conocer las principales características de la prueba CUMANES. El artículo también incluye una descripción de las puntuaciones, finalidad de evaluación e intervención.
Está muy documentado que el exceso de trabajo tiene serias repercusiones para la salud y el bienestar. Diversas investigaciones, especialmente en Europa, están explorando la rentabilidad de reducir la jornada laboral para maximizar la productividad y felicidad de las personas. Victor Millán escribió en Hipertextual una buena síntesis de lo que dicen las últimas investigaciones:
Por lo que sabemos hasta ahora, es evidente que trabajar menos nos hace más felices. Existen varios estudios que lo demuestran (aunque en realidad hay que preguntarse si hace falta un estudio para saber esto), pero además hay otros datos que dicen que esa felicidad se eleva aún más cuando, además de trabajar menos horas, conseguimos sentir que en ese tiempo hemos sido productivos. Uno de los experimentos que más se citan a este respecto fue elaborado en 2015 por la Universidad de Warwick con 700 trabajadores a los que se les recortó su jornada laboral de distintas formas. El resultado fue que todos mejoraron sus niveles de estrés y de salud tras dos años de seguimiento.
Pero la otra gran pregunta es, ¿es esto rentable en la práctica? Aquí Suecia ha sido el primer país del mundo donde se intentó probar de forma seria. En 2015 también se inició una prueba piloto en la ciudad de Gotemburgo. Allí 70 enfermeras y enfermeros pasaron de tener una jornada de 8 a 6 horas para cuidar a los ancianos manteniendo el mismo salario, una iniciativa promovida desde el Ayuntamiento por su dificultad para encontrar trabajadores en una sociedad cada vez más envejecida.
Tras 18 meses de ensayo, las enfermeras que trabajaron menos horas registraron menos bajas por enfermedad y aumentaron su productividad, organizando hasta un 85% más de actividades con los ancianos que cuidaban. Fue un éxito rotundo en el plano de la calidad de vida de los trabajadores y de los pacientes que atendían, pero solo la prueba piloto costó 1,3 millones de dólares al ayuntamiento por los costes de cubrir las horas que quedaban vacías. El concejal que promovió la idea, Daniel Bernmar, resumía a Bloomberg que “había sido un éxito, pero que no se podría llevar a cabo en todos los servicios de la ciudad”. Tras dos años, el experimento se clausuró tras un cambio política en las últimas elecciones, dejando claro que todo funciona mejor con una jornada de 6 horas al día, menos la economía. Las enfermeras volvieron a trabajar 8 horas cada día.
Hace tres años publiqué un ensayo que describía mi relación con el exceso de trabajo y cómo me afectaba mi salud y mi productividad. Todavía sigo trabajando más de lo que debería y puedo decir que no es fácil lograr ese balance.
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