La barrera hematoencefálica: protegiendo el tesoro del cerebro
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Daniel Mediavilla para El País:
El primero de estos trabajos, liderado desde la Universidad Stanford, tuvo como paciente a Pat Bennet, una mujer de 68 años que fue diagnosticada con ELA (esclerosis lateral amiotrófica) en 2012. De las distintas manifestaciones de la enfermedad, a Bennet le tocó una versión que le ha permitido seguir moviéndose, aunque con creciente dificultad, pero le arrebató el habla. Aunque su cerebro no tiene dañada la capacidad para generar el lenguaje, los músculos de sus labios, su lengua, su laringe o su mandíbula no le dejan decir nada.
Ese problema fue resuelto, al menos en parte, a partir de dos sensores —menores que una uña— implantados en su cerebro, para recoger señales de neuronas individuales en dos regiones asociadas al lenguaje: la corteza premotora ventral y el área de Broca (esta última no resultó útil para el objetivo de los investigadores). Los investigadores usaron esos implantes neurales y un software para relacionar las señales cerebrales y los intentos de pronunciar palabras de Bennet. Tras cuatro meses de aprendizaje, el sistema combinó toda esta información con un modelo de lenguaje informático que hizo posible que la paciente produjese frases a 62 palabras por minuto. La cifra es algo menos de la mitad de velocidad del habla normal, y cuando se utilizaba un vocabulario de más de 100.000 palabras se producía un error por cada cuatro palabras pronunciadas, pero los resultados son tres veces mejores que los sistemas de comunicación similares que se habían probado hasta ahora.
Increíble. No puedo imaginar la alegría y satisfacción del equipo de investigadores y de la persona al recuperar la capacidad de comunicarse verbalmente.
La gastroenteróloga Trisha Pasricha nos explica en el New York Times que ocurre en nuestro cerebro cuando comemos picante:
Los chiles, el sabroso ingrediente base de muchos platillos picantes, contienen capsaicina, que se une a esos receptores y envía una señal de dolor al cerebro, de acuerdo con lo que descubrió Julius en su trabajo sobre el tema, el cual ganó el Premio Nobel.
Las sustancias químicas principales de los granos de pimienta, el rábano picante y la mostaza también se unen a los mismos receptores, aunque con menor potencia.
Estos nervios envían al cerebro señales similares a las que recibiríamos si estuviéramos en contacto con fuego real, y esta es la razón por la que posiblemente empecemos a sudar o a sonrojarnos; esa es la manera que tiene el cuerpo de enfriarse.
“La capsaicina engaña a tu cuerpo haciéndole creer que la temperatura subió y, por lo tanto, tu cerebro piensa que necesita liberar el calor”, explicó Julius. “En los humanos, eso lo hacemos en mayor medida mediante el sudor”.
Jaya Padmanabhan para The New York Times:
Tras estudiar a cientos de pacientes de edad avanzada, unos investigadores alemanes descubrieron que quienes decían utilizar dos idiomas a diario desde temprana edad obtenían mejores resultados en pruebas de aprendizaje, memoria, lenguaje y autocontrol que los pacientes que solo hablaban un idioma.
Los hallazgos, publicados en el número de abril de la revista Neurobiology of Aging, se suman a dos décadas de trabajos que sugieren que el bilingüismo protege de la demencia y el deterioro cognitivo en las personas mayores.
“Es prometedor que reporten que el bilingüismo en la edad temprana y media de la vida tiene un efecto benéfico en la salud cognitiva en edad avanzada”, comentó Miguel Arce Rentería, neuropsicólogo de la Universidad de Columbia que no participó en el estudio. “Esto concuerda con estudios actuales”.
Me encantó este artículo de Morgan Shaver para The New York Times sobre la historia y los efectivos psicológicos del Tetris:
Como sabe cualquiera que haya pasado horas jugando Tetris, este es un juego sumamente adictivo. Muchas personas que juegan por periodos prolongados han declarado haber visto piezas de Tetrisfuera del juego, como en su mente cuando cierran los ojos, o en sus sueños. Es un fenómeno conocido como el “efecto Tetris”.
Puede que hayas vivido el efecto Tetris en carne propia si alguna vez has visto tetrominós, cuyo nombre oficial son Tetriminos, al intentar acomodar tus compras del supermercado.
En estudios profesionales, el psicólogo Richard Haier encontró que jugar Tetris de manera habitual provocaba que la corteza cerebral se hiciera más gruesa. Los estudios de Haier también demostraron que Tetris puede afectar la plasticidad de la materia gris en la corteza del cerebro y, como resultado, mejorar la capacidad de memoria de una persona y potenciar el desarrollo motor y cognitivo.
El artículo incluye varios datos que no conocía del Tetris y que seguro te van a llamar la atención.
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