La felicidad es un mito
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Anna Gibbs para The New York Times:
En parte, simplemente porque mantener la higiene —como lavarse los dientes y las manos— requiere energía, y un síntoma común de la depresión es la fatiga.
Por eso, aunque quieras ducharte, es posible que no tengas energía para hacerlo, explicó Christine Judd, psicoterapeuta y trabajadora social de salud mental en Australia.
Pero ducharse supone un reto especial. Según Patrick Bigaouette, psiquiatra de la Clínica Mayo, la depresión puede mermar la capacidad de resolver problemas, tomar decisiones y fijarse objetivos. Eso puede dificultar muchas tareas, pero sobre todo las que tienen varios pasos.
“Si lo desglosamos, en realidad son muchos los pasos que hay que dar para ducharse”, dijo Bigaouette. Una sola ducha puede incluir desvestirse, abrir el grifo, enjabonarse, lavarse el pelo, afeitarse, enjuagarse, secarse y elegir qué ponerse.
El artículo es excelente porque detalla cómo una conducta aparentemente «sencilla» puede resultar sumamente compleja y desafiante para alguien que enfrenta un episodio depresivo. Además, introduce los principios de la activación conductual para desglosar una conducta en pasos más pequeños y manejables, facilitando su ejecución.
Ellen Barry para The New York Times:
Los servicios de salud mental para empleados se han convertido en una industria millonaria. A los recién contratados, una vez que han encontrado dónde se ubican los baños y se han inscrito en los planes de ahorro para el retiro, se les presenta una panoplia de soluciones digitales de bienestar, seminarios de mindfulness, clases de masaje, talleres de resiliencia, sesiones de coaching y aplicaciones para dormir.
Estos programas son un motivo de orgullo para los departamentos de recursos humanos con visión de futuro, una prueba de que los empresarios se preocupan por sus trabajadores. Pero un investigador británico que analizó las respuestas de 46.336 trabajadores de empresas que ofrecían estos programas descubrió que las personas que participaban en ellos no estaban mejor que sus compañeros que no participaban.
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En la amplia población del estudio, ninguna de las demás ofertas —aplicaciones, coaching, clases de relajación, cursos de gestión del tiempo o de salud financiera— tuvo ningún efecto positivo. De hecho, los cursos sobre resiliencia y gestión del estrés parecían tener un efecto negativo.
“Es un hallazgo bastante controvertido que estos programas tan populares no fueran eficaces”, dijo William Fleming, autor del estudio y miembro del Centro de Investigación en Bienestar de la Universidad de Oxford.
Básicamente la investigación encontró que si los empleadores están realmente interesados en mejorar la salud mental de sus colaboradores deben invertir su presupuesto en mejorar los horarios de trabajo, mejores remuneraciones y revisiones de rendimiento, en vez de gastar dinero en programas de coaching para que los colaboradores regulen su estrés.
Enrique Alpañés para El País:
En el caso de la pareidolia, la secuencia sería la siguiente: cuando vemos un rostro humano, o algo que se le parece vagamente, en nuestro cerebro se produce “un diálogo” entre diferentes áreas. Por un lado, están las zonas que se ocupan de los estímulos visuales. Por otro, las zonas de la memoria, que rellenan los huecos de lo que estamos viendo con lo que “probablemente estemos viendo”. Y por último, una zona llamada giro fusiforme facial que juega un papel crítico en las etapas más tempranas del reconocimiento de las caras, no así de cualquier otro estímulo visual. “Es decir, las caras se empiezan a procesar en una zona diferente del cerebro y además empiezan a procesarse antes”, señala el Martínez-Horta.
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Las pareidolias dicen más sobre los que vemos que sobre lo que vemos. En las ilusiones ópticas se refleja nuestra forma de entender el mundo. Y esta es una forma abrumadoramente masculina. En un estudio publicado por la revista PNAS, se comprobó que el 80% de los participantes tenían un sesgo masculino a la hora de dar un género a las caras. En las tostadas, en las patatas o en las paredes, vemos por todos lados caras de hombres. Hay una tendencia a percibir los rostros ilusorios como masculinos en lugar de femeninos, en una proporción de cuatro a uno. Solo el 3% de los participantes tenía un sesgo femenino.
Muy interesante artículo y aprendí un término nuevo pareidolia.
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