Los cristianos son más autocompasivos que los ateos, pero también más narcisistas, según estudio
Pictoline publicó una excelente ilustración en Instagram que representa de forma sencilla un ejercicio clásico de defusión cognitiva en la Terapia de Aceptación y Compromiso (ACT): ponerle un nombre a la mente. Esta estrategia ayuda a tomar distancia del contenido verbal —esos pensamientos que, cuando se vuelven rígidos, pueden limitar nuestro comportamiento y alejarnos de lo que valoramos.
La ilustración está inspirada en un video de Steven Hayes, co-creador de ACT.
Desirée Llamas en su Substack, Desregulando:
Sabemos que estamos resentidas cuando un acto de hoy –que me ha parecido “una tontería”, como por ejemplo que me haya hablado seco– despierta un dolor mucho más antiguo: “Esto me recuerda a cuando no me dijo nada cuando rompí con mi expareja”. Y sí, la sensación puede parecer desproporcionada desde fuera, pero no lo es para ti. Estás re-sintiendo algo que no ha sido resuelto.
El artículo incluye una breve guía de cómo manejar el resentimiento y cómo abordarlo. El artículo es muy útil y sencillo para cualquier persona que está lidiando cuando el resentimiento se desborda.
Léelo completo en Desregulando.
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Amparo Babiloni de Xataka expone el caso de Neal Barber, un exmoderador de contenido en Chaturbate, una plataforma de pornografía en línea. Barber decidió demandar a la empresa alegando que su trabajo lo expuso de forma continua a “contenido extremo, violento, gráfico y sexualmente explícito”, lo que, según afirma, le causó un trauma psicológico significativo:
Los moderadores son la primera línea de defensa para parar el contenido ilegal, que según la demanda, en Chaturbate a menudo incluye “explotación infantil, contenido no consensual, violento, obsceno o de autolesiones”. Barber reclama que Chaturbate no protege la salud mental de sus empleados, algo que es estándar del sector. En declaraciones a 404 media, un representante de Chaturbate asegura que la compañía “valora profundamente el trabajo de sus moderadores y está comprometida a apoyar al equipo responsable de esta labor fundamental”, pero no dice cómo piensan hacerlo.
Consecuencias. Sin ningún tipo de protección, el demandante desarrolló síndrome de estrés postraumático y actualmente está en tratamiento. Estar expuesto a diario a este contenido “diseñado para provocar trauma” ha resultado en, según su abogado, “pesadillas vívidas, distanciamiento emocional, ataques de pánico y otros síntomas compatibles con el trastorno de estrés postraumático”. Y no es el único.
Este tipo de trabajo no debería existir. La normalización del consumo de pornografía ha llegado al punto en que es necesario contratar personas para exponerse, día tras día, a imágenes potencialmente traumatizantes. Que esto se haya convertido en una plaza laboral aceptada debería hacernos cuestionar seriamente hacia dónde estamos yendo como sociedad.
Mary Harrington escribió un artículo contundente sobre cómo el consumo de contenido “chatarra” en internet está ampliando la brecha de desigualdad. Expone cómo los grupos económicos más poderosos están aprovechando esta tendencia para reforzar su control sobre las masas.
Lo interesante del ensayo es que muestra cómo las élites —con mayor poder adquisitivo— están tomando medidas activas para protegerse: limitan el uso de pantallas, pagan escuelas donde se restringe la tecnología, y priorizan el desarrollo de la lectura y la concentración en sus hijos. Mientras tanto, las personas con menos recursos no tienen ese margen de elección y quedan expuestas al consumo constante de videos y contenidos superficiales, lo que deteriora su comprensión lectora y su capacidad de atención:
La idea de que la tecnología está alterando nuestra capacidad no solo de concentración, sino también de lectura y razonamiento, está calando. Sin embargo, la conversación para la que nadie está preparado es cómo esto puede estar creando otra forma de desigualdad.
Piensa en esto comparándolo con los patrones de consumo de comida basura: a medida que las chucherías ultraprocesadas se han hecho más accesibles e inventivamente adictivas, las sociedades desarrolladas han visto surgir una brecha entre quienes tienen los recursos sociales y económicos para mantener un estilo de vida sano y quienes son más vulnerables a la cultura alimentaria obesogénica. Esta bifurcación tiene una fuerte influencia de clase: en todo el Occidente desarrollado, la obesidad se ha correlacionado fuertemente con la pobreza. Me temo que lo mismo ocurrirá con la marea de la postalfabetización.
La alfabetización a largo plazo no es innata, sino que se aprende, a veces laboriosamente. Como ha ilustrado Maryanne Wolf, académica de la alfabetización, adquirir y perfeccionar una capacidad de “lectura experta” de formato largo altera literalmente la mente. Reconfigura nuestro cerebro, aumenta el vocabulario, desplaza la actividad cerebral hacia el hemisferio izquierdo analítico y perfecciona nuestra capacidad de concentración, razonamiento lineal y pensamiento profundo. La presencia de estas características a escala contribuyó a la aparición de la libertad de expresión, la ciencia moderna y la democracia liberal, entre otras cosas.
Los hábitos de pensamiento formados por la lectura digital son muy diferentes. Como muestra Cal Newport, experto en productividad, en su libro de 2016, Céntrate, el entorno digital está optimizado para la distracción porque diversos sistemas compiten por nuestra atención con notificaciones y otras exigencias. Las plataformas de las redes sociales están diseñadas para crear adicción, y el mero volumen de material incentiva intensos “bocados” cognitivos de discurso calibrados para la máxima compulsividad por encima del matiz o el razonamiento reflexivo. Los patrones de consumo de contenidos resultantes nos forman neurológicamente para hojear, reconocer patrones y saltar distraídamente de un texto a otro, si es que acaso utilizamos nuestros teléfonos para leer.
La capacidad de concentración se ha vuelto un recurso escaso, y por eso mismo, cada vez más valioso. Si hay una habilidad que puede darte una ventaja real en el mundo actual, es esta: leer más libros y pasar menos tiempo frente a las pantallas.
Catherine Pearson entrevistó en The New York Times a varios terapeutas de pareja para preguntarles cuál es el consejo o intervención que más repites o que desearías que más parejas entendieran. Las respuestas quedaron resumidas en 8 consejos. En este artículo no los incluiré todos porque puedes leerlo en la fuente original, pero me quedo con uno de ellos:
Sentimientos > hechos
Demostrar que tienes razón puede parecer un objetivo satisfactorio y que vale la pena en medio de un desacuerdo. Pero las parejas que se centran demasiado en los hechos pueden quedar atrapadas fácilmente en un patrón de ataque-defensa, dijo Alexandra Solomon, psicóloga de Illinois y autora de Loving Bravely.
Al final, sirve más a la relación intentar sentir curiosidad por lo que siente tu pareja y por qué puede estar viendo una situación concreta de una forma tan distinta a la tuya, dijo.
“Cuando nos enfocamos en los hechos, estamos preparados para el debate, soy yo contra ti”, explicó Solomon. “Cuando nos enfocamos en los sentimientos, estamos preparados para el diálogo”.
Me gustó mucho. Y centrarse más en los sentimientos que en los hechos no significa que debamos actuar con irracionalidad, sino que significa que podemos explorar con curiosidad cómo se siente la persona y entender de dónde surge y qué mantiene ese sentimiento. Eso es mucho más útil y enriquecedor para la pareja que ganar un debate o un argumento que al final de cuentas deja a ambas personas más vacías y enojadas.
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