La inteligencia de los perros no es tan “especial” como creemos
Clotilde Sarrió escribió en su blog, Gestalt Terapia, un completisímo artículo sobre el fenómeno de Tinder e incluye información sobre el contexto en dónde surgió y sus implicaciones en nuestra conducta y salud. Te lo recomiendo:
Independientemente de las connotaciones sociológicas y psicológicas expuestas a lo largo del artículo, nos encontramos con que algo tan simple como deslizar el ratón del ordenador y tener al instante una cita para el fin del semana, es una revolucionara manera de conocer y de relacionarnos con otras personas.
Se trata de un mecanismo que tiene una base neurofisiológica según ha descrito Rob Henderson a partir de un estudio del Donders _Center for Cognitive Neuroimaging_ de Holanda, donde se asegura que la región cerebral que procesa las recompensas químicas, se muestra mucho más activa cuando una persona contempla un rostro atractivo.
Si a esto le añadimos el factor de impredecibilidad e incertidumbre(no saber cuándo la persona seleccionada dará un match como respuesta), el circuito de recompensas se excitarán más todavía. La consecuencia es que el individuo se mantendrá a la expectativa merced a un enganche similar al de una adicción.
Según estos estudios, Tinder modifica ciertas respuestas de nuestro cerebro. Inicialmente, la activación dopaminérgica —la misma que proporciona agradables sensaciones de recompensa—solo tendrá lugar si se recibe una respuesta de la persona seleccionada (en nuestro caso, un match a través de la app).
No obstante, conforme se haga mas frecuente la utilización de Tinder, el organismo acabará generando dopamina no sólo al recibir un match, sino también ante señales que predigan que la respuesta va a llegar.
Esta simplificación para recibir una recompensa química ante simples modificaciones que hagan sospechar la proximidad del match, traducido a un lenguaje más comprensible, será indicativa de que se ha instaurado una adicción. Por ello, el mejor modo de detección y prevención de esta situación, es ser consciente de ello y de las consecuencias negativas inherentes al abuso — y consecuente enganche — a cualquier red social.
El diario colombiano, El Espectador, publicó una excelente crónica de Juan Camilo Maldonado Tovar que describe el infierno y revictimización que sufrió una niña y su madre luego de acusar a su agresor sexual. Sus vecinos no les creían, algunos responsabilizaban a la niña por “provocar” al hombre que la agredió sexualmente y hasta la propia fiscal le pidió que dejara el caso porque no según ella no le había pasado nada que pusiera su vida en riesgo. El artículo es largo pero está maravillosamente bien escrito y vale cada segundo de tu atención:
Valentina tenía diez años. Cursaba quinto de primaria. Era una de las primeras de su clase y anhelaba ser personera estudiantil. Pero cuando regresó a Sutamarchán, luego de recibir, durante tres días de hospitalización, los tratamientos de profilaxis que son obligatorios tras una violación, se encontró con una compañera que le notificó que su mejor amigo no quería volver a verla. “No quiero seguir siendo amigo de una niña violada”, resumió su amiga el comentario del niño.
A Valentina se le rompió el corazón. Quiso estar muerta o no haber nacido, y ese dolor creció con las semanas. Cuenta su madre que cuando acudió al colegio departamental Héctor Julio Gómez a pedir que le permitieran estudiar en su casa por una temporada, el rector le entregó la carpeta de la niña y le dijo que lo mejor era que cambiara de escuela. Tuvo que buscar un colegio privado en otro municipio, donde inicialmente también se resistieron a acogerla cuando se enteraron de lo ocurrido. Por la misma época, una compañera del equipo de porras llegó al local de venta de celulares de Matilde y le entregó a la niña un mensaje que profundizó su destierro: “Te manda decir el entrenador que ni se te ocurra volver”. Y Valentina no volvió.
En la calle la miraban de arriba a abajo. Alguna vez, una mujer la increpó: “Niña, ¿por qué no se comporta?”. Matilde relata que durante una misa el cura del pueblo invitó a los feligreses a un servicio por la liberación de Carlos Enrique Muñoz Sotelo, entonces abogado contratista del Instituto Colombiano de Bienestar Familiar (ICBF), que entre las nueve y diez de la noche del sábado 16 de julio de 2016 ingresó a la casa de las López y abusó de la niña.
El reportaje expone el abuso de poder, la influencia del patriarcado el los sistemas de justicia y el abrumador peso del estigma y prejuicio que sigue sobre las personas, y en este caso los niños, que sufren de abuso sexual.
Lee el artículo completo en El Espectador.
Este artículo forma parte del movimiento #HablemosDeLasNiñas, una conversación social de @mutanteorg. www.mutante.org
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