Por qué no podemos ser cognitivos y contextuales al mismo tiempo
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Imperdible artículo en el New York Times:
Hay plástico en nuestro cuerpo; está en nuestros pulmones, en nuestros intestinos y en la sangre que fluye a través de nosotros. No podemos verlo, ni podemos sentirlo, pero está ahí. Está en el agua que bebemos y en los alimentos que comemos, incluso en el aire que respiramos. No sabemos, todavía, cómo nos afecta, porque hace muy poco que somos conscientes de su presencia. Pero desde que nos enteramos, esta se ha convertido en una fuente de profunda y variopinta ansiedad cultural.
Muy interesante entrevista al reconocido zoólogo Matthew Cobb en el diario El País:
Somos muy similares a nuestros parientes cercanos, pero tenemos diferentes ecologías. Los humanos son muy cooperativos. Tenemos guerras terribles, pero somos muy colaborativos y criábamos a los hijos en grupo, aunque no lo hagamos ahora. Es una forma de crianza que no vemos en los grandes simios. Además, estamos estrechamente relacionados genéticamente. Los estudios genéticos nos dicen que hace 70.000 años había unos 10.000 humanos. Algo muy malo que desconocemos pasó en África y vemos esa restricción de la variación genética, así que somos muy parecidos y la cooperación está inscrita en nuestra sociedad. Si miras los enfrentamientos de los chimpancés, son terribles, y tienen unos niveles de intimidación y violencia que, aunque exista en las sociedades humanas, no están en su esencia.
La esencia humana es la colaboración y es lo que nos ha dado nuestro poder. Los pulpos son muy inteligentes, tienen recuerdos y hacen cosas maravillosas, pero ¿quién manda? Nosotros. Los pulpos son solitarios, solo se unen para aparearse. No podríamos haber salido de África y llegar a colonizar el Ártico en solitario. Ningún otro animal lo ha conseguido, y esa inteligencia se ha desarrollado por nuestra ecología.
Guillemor Lahera enumera en el diario El País seis formas de abordar la angustia que pueden llevar a cronificarla y que es importante evitar. A continuación el primero y que vemos con mucha frecuencia en la consulta:
1. Atiborrarse de ansiolíticos. Se entiende: es la misma lógica de recurrir al analgésico cuando le duele a uno la cabeza. Las benzodiacepinas (lorazepam, diazepam, bromacepam, etc.) actúan sobre el sistema inhibitorio GABA del cerebro, favoreciendo calma, relajación muscular e inducción al sueño. Sin embargo, las guías clínicas recomiendan limitar su uso a dos meses (y otro de retirada gradual), ante el riesgo de tolerancia (que para el mismo efecto necesitemos cada vez más dosis) o dependencia (que si se nos faltan los medicamentos, nos subamos por las paredes).
Algunas “benzos” (sobre todo las potentes y rápidas, como el alprazolam, que produce un “chute de calma”) circulan por el mercado negro como una droga más. Esto no quiere decir que “todos los psicofármacos sean drogas”, o que los controles que pasa una caja de diazepam para ser dispensada en la farmacia sean equivalentes a los de la raya de coca del camello de la esquina. Afortunadamente, tenemos agencias públicas, nacionales e internacionales, que aseguran estrictos criterios de calidad, seguridad, eficacia y correcta información de los medicamentos. El discurso de brocha gorda, en esto, creo que no ayuda. Por ejemplo, en los trastornos de ansiedad, son muy útiles los antidepresivos (pese a su nombre equívoco), porque actúan a largo plazo previniendo las crisis de angustia y reduciendo los niveles de ansiedad generalizada. Esta opción, por supuesto, es compatible con la psicoterapia, principal tratamiento validado.
Lee el artículo completo en El País para conocer las otras formas erróneas de afrontar la angustia.
En el diario El País publicaron un buen resumen de los síntomas que presentan los adolescentes cuando están deprimidos:
En adolescentes, la depresión les provoca cambios a la hora de pensar, sentir y comportarse. Y eso acarrea problemas emocionales, funcionales y físicos. ¿Qué tipo de cambios aparecen? El primero suele ser la tristeza; puede aparecer llanto sin ningún motivo aparente y sentimientos de desesperanza, vacío y frustración. También estamos viendo aislamiento social, la introversión; una autoestima baja igualmente suele ser frecuente en la depresión adolescente. Como lo es la autocrítica, y también son muy sensibles al fracaso, necesitan la aprobación, sobre todo la aprobación social, la del grupo. Y también, a veces en el colegio, necesitan la aprobación de sus profesores y profesoras. Luego pueden aparecer pensamientos recurrentes de muerte, de suicidio. Y la culpa también suele estar presente.
En lo que respecta al comportamiento, a veces tienen arrebatos de ira. Si vemos un adolescente muy enfadado, con muchos ataques de ira, puede que lo que tenga sea un síntoma de depresión. Esto sí es mucho menos frecuente en la depresión en los adultos.
También suelen tener cambios a la hora del sueño, o duermen mucho o tienen dificultades para dormir. Y cambios en el apetito, o bien les da por comer poco o por comer mucho, y esto además puede causar cambios en la imagen física. Otro de los síntomas es la aparición de anhedonia, que es la dificultad para experimentar placer, entonces dejan de hacer actividades que antes les gustaban. Este es uno de los síntomas que mejor sirve para ayudar a madres y padres a detectar que su hija o hijo puede estar pasando por una depresión.
También suele aparecer bajo rendimiento escolar o consumo de sustancias. Y, a raíz de la covid-19, parece que hay un aumento de autolesiones, aunque no se sabe todavía si se trata de un aumento real o que ahora se detectan mejor.
El artículo fue escrito por Paola Herrera Mercadal y puedes leerlo completo en El País.
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