Por qué la terapia cognitiva conductual es el estándar de oro actual de la psicoterapia
Cristina Sen para el diario La Vanguardia:
Hablar de una sociedad hipersexualizada no es hacerlo desde la mojigatería. Se entiende que la sexualidad es libertad y es necesaria también una información sexual adecuada para los más jóvenes. Asimismo, la adolescencia tiene un pulso reivindicativo que se expresa también en las formas de vestir, un momento en el que se producen cambios físicos, la propia imagen cobra importancia y es lógico querer gustar. Pero esto no es sexualización.
La sexualización consiste, según un informe del Parlamento Europeo, en un enfoque instrumental de la persona mediante la percepción de la misma como objeto sexual al margen de su dignidad y sus aspectos personales. “La sexualización supone también la imposición de una sexualidad adulta a las niñas y los niños, que no están ni emocional, ni psicológica, ni físicamente preparados para ello”, se indica.
Precisamente el Parlamento Europeo abordó este debate hace cuatro años cuando constató con alarma el aumento del número de imágenes de niños con enfoque sexual. Los puntos trabajados en la comisión de Derechos de la Mujer e Igualdad planteaban algunas reflexiones sobre las consecuencias de esta erotización, en un trabajo que abarcaba de los seis hasta los trece años.
La influencia negativa de la sexualización en la autoestima, se señalaba, puede llevar a trastornos de alimentación de base psíquica. Y se alertaba, sobre todo, de que este peligro de autoobjetualización “incrementa la posibilidad de conductas agresivas hacia las niñas”. Degradar el valor de la mujer, se subrayaba, contribuye a un incremento de la violencia contra las mujeres y al refuerzo de actitudes y opiniones sexistas que a la larga acaban derivando en discriminación laboral, acoso sexual e infravaloración de sus logros.
La hipersexualización de la infancia tiene serias consecuencias en el desarrollo de los niños. La vestimenta y la música son dos de los ejemplos más comunes y de los que muchos se han habituado, lo consideran de lo más normal e incluso lo promueven. Tenemos que ser cuidadosos con el tipo de estimulo al que exponemos a los niños y qué tipo de mensaje estamos enviando.
Sergio Parra describe en Xakata Ciencia los resultados de un estudio, publicado en la revista Animal Cognition, muy interesante sobre la detección olfativa de los perros ante las emociones humanas:
D’Aniello y sus colegas probaron si los perros podían oler las emociones humanas solo empleando su olfato. Primero, los voluntarios humanos vieron videos diseñados para causar miedo o felicidad, o una respuesta neutral, y el equipo recolectó muestras de su sudor.
A continuación, los investigadores presentaron estas muestras de olor a perros domésticos y controlaron el comportamiento y la frecuencia cardíaca de los perros.
Los perros expuestos a los olores del miedo mostraron más signos de estrés que los expuestos a los olores felices o neutros. También tenían ritmos cardíacos más altos, buscaban más tranquilidad de sus dueños y llevaban a cabo un menor contacto social con extraños.
Ya sabíamos que el miedo produce señales químicas y cambios en el olor corporal, como también lo hace la felicidad. Lo que se ignoraba es que los perros también eran capaces de interpretarlas inconscientemente, tal y como hacen los humanos.
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