El uso de multiples redes sociales se relaciona con la ansiedad y depresión
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Victoria Kim para The New York Times:
Se calcula que hay unos 440.000 adolescentes australianos, de entre 13 y 15 años, en Snapchat. En Instagram, 350.000 de ese grupo de edad son usuarios activos, y en TikTok, 200.000. Incluso Facebook, que no está precisamente en el espíritu de la Generación Alfa, tiene 150.000.
El miércoles, se supone que esas cifras cambiarán drásticamente en virtud de una ley histórica que exigirá que los usuarios de Australia tengan al menos 16 años para tener cuentas en esas plataformas y otros servicios de redes sociales.
Los padres, investigadores y funcionarios de todo el mundo seguirán de cerca el despliegue de la ley, con todos sus inconvenientes. La experiencia de Australia puede servir de modelo para las autoridades de otros lugares —como Dinamarca, la Unión Europea y Malasia— que planeen imponer restricciones similares, o de advertencia sobre los posibles escollos.
Este movimiento de Australia marca un giro fuerte en la regulación global de las redes sociales, y lo interesante es que muestra una tensión que ya estaba ahí: todos reconocen los riesgos para la salud mental de los adolescentes, pero nadie tiene una solución perfecta ni libre de costos.
El dato inicial —cientos de miles de menores activos en Snapchat, Instagram o TikTok— deja claro que estas plataformas son parte central de la vida social de los adolescentes. La nueva ley intenta poner un freno elevando la edad mínima a 16 años, pero lo hace con mecanismos que todavía son técnicamente ambiguos y que dependerán, en gran medida, de la capacidad de las empresas para estimar la edad por comportamiento, interacción y biometría.
Lo que busca el gobierno es reducir la exposición a algoritmos, notificaciones y dinámicas diseñadas para maximizar uso compulsivo. Es una meta legítima: hay evidencia sólida de que la presión social, el acoso, la comparación constante y la hiperconectividad incrementan síntomas de ansiedad, depresión y riesgo suicida en algunos adolescentes. Sin embargo, la implementación trae sus propios desafíos: posibles errores en la verificación de edad, riesgos para la privacidad, pérdida de funciones de seguridad y la reacción previsible de los jóvenes, que en su mayoría ya dijeron que seguirán usando las plataformas por otros medios.
Las empresas argumentan que esta ley puede quitar herramientas que estaban desarrollando para proteger a los menores dentro de los entornos digitales. Los adolescentes, por su parte, consideran que la medida no resolverá el problema y que además los excluye de espacios donde se informan, socializan y participan políticamente. Incluso ya hay recursos legales cuestionando su constitucionalidad.
La gran pregunta es si esta ley se convertirá en un modelo internacional o en un ejemplo de los límites de la regulación. Probablemente será ambas cosas. Sirve como recordatorio de que reducir riesgos en entornos digitales no se logra solo con restricciones: también requiere educación digital, acompañamiento adulto, diseño ético y políticas públicas que entiendan cómo se relacionan realmente los jóvenes con la tecnología.
Australia acaba de iniciar un experimento a gran escala. El resto del mundo va a mirar muy de cerca si protege, controla, o simplemente desplaza el problema a otros espacios menos visibles.
Este artículo me recordó a un paciente que no entendía por qué se sentía ansioso todo el tiempo. Al revisar su rutina, me mencionó que consumía entre 2 y 4 latas de bebidas energéticas al día…
El artículo de El País expone de manera clara los preocupantes efectos del consumo excesivo de estas bebidas, especialmente en niños y adolescentes:
La prevalencia global del consumo se estima, según un estudio publicado este año, en torno al 32% en el último mes. Es decir, que un tercio de las personas ha ingerido este tipo de bebidas en los últimos 30 días. Pero a los expertos consultados les preocupan especialmente los jóvenes y los efectos de estos refrescos en un organismo que todavía está madurando. “Es un fenómeno social curioso. Nos debemos de preocupar, pero no ser alarmistas porque no es una sustancia tan dañina. Pero hay subgrupos de población de más riesgo a los que les puede provocar más problemas de salud mental que se pueden prolongar en el tiempo porque ocurrieron cuando esos cerebros estaban madurando”, sintetiza Chema González Echevarri, neurólogo de la Unidad de Trastornos Neurocognitivos del Hospital Joan XXIII de Tarragona. Según la encuesta ESTUDES del Ministerio de Sanidad a estudiantes de 14 a 18 años, en 2023, casi la mitad (el 47,7%) habían tomado bebidas energéticas en los últimos 30 días.
(…)
A los médicos les preocupan especialmente dos ingredientes de las bebidas energéticas: el azúcar y la cafeína (o los otros estimulantes que lleve). Sobre los segundos, González Echevarri, que también es miembro de la Sociedad Española de Neurología, describe el impacto en el cerebro: “Estimulantes como la taurina y la cafeína modulan un neurotransmisor que aumenta la concentración, pero también puede provocar problemas de insomnio o que toleres peor la ansiedad, con todos sus efectos, como taquicardias, temblores e irritabilidad”.
Pero el principal problema es el exceso de azúcar:
Acerca del azúcar, Caínzos sí que es tajante: “Lo que es una preocupación es el consumo frecuente y continuado de estas bebidas por su contenido en azúcar porque puede provocar resistencia a la insulina, obesidad y diabetes”, todos cuadros patológicos que son la puerta de entrada a otras enfermedades cardiovasculares. “El consumo crónico con tales cantidades de azúcar es una preocupación”, sentencia. Las marcas ya han puesto en el mercado también opciones bajas en azúcar.
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