Terapia psicodinámica asociada a cambios cerebrales en pacientes con trastorno borderline
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¿Sientes que el móvil está tomando control de tu vida? ¿No pasan más de tres minutos cuando tu mano está buscando el móvil en el bolsillo?
José Mendiola Zuriarrain, nos ofrece cinco recomendaciones para quitarle el poder al movil y concentrarnos en las cosas que realmente importan:
Facebook, Twitter, WhatsApp… Desde que se enciende el móvil por la mañana hasta que termina la jornada, el terminal mantiene un ritmo frenético de pitidos y vibraciones con diferentes alertas. Es un constante goteo que obliga, la mayoría de las veces, a efectuar un gesto mecánico: llevar la mano al bolsillo, desbloquear la pantalla y ver qué se está cociendo.
Si en algún momento el usuario está en una zona sin cobertura, el silencio obligado del móvil hace consciente a su usuario de la esclavitud a la que está sometido. La gran mayoría de las notificaciones que suenan en el móvil son triviales y no requieren nuestra atención. Por otro lado, es fácil pensar que, con ignorarlas, asunto arreglado, pero no: un estudio desveló recientemente el efecto devastador sobre la productividad de los pitidos o avisos, incluso cuando se ignoran. Una vez que el móvil nos avisa de un nuevo suceso, el mal está ya hecho. Seguir estos cinco consejos nos permite recuperar el control sobre nuestro tiempo.
La «Viagra femenina» promete mejorar la caída de la libido de las mujeres, pero su efectividad es muy baja porque no es un un fármaco que tenga efectos directos a nivel sexual, sino que fue creado como un antidepresivo y luego reciclado para venderse en un mercado muy prolífico: el mercado del sexo:
«El sueño de todo comercial es dar con un mercado por conocer o identificar y desarrollarlo. Eso es justamente lo que hemos logrado con el síndrome de la ansiedad social”. Quien así hablaba era Barry Brand, entonces director de la división responsable del paxil, un fármaco que se comercializó como la píldora de la timidez y se convirtió en tal éxito que mereció este autocomplaciente comentario a la junta de accionistas de GlaxoSmithKline del 2000. En realidad, no era un fármaco nuevo. Era un viejo antidepresivo al que el laboratorio había logrado dar nueva vida tras una intensa campaña en los medios sobre lo terrible que es la fobia social, entendida como la dificultad para hablar en público o sudar en una entrevista de trabajo.
El paxil contabilizó millones de menciones en la prensa de EE UU el año en que se lanzó, según PRNews. La píldora de la timidez se convirtió en una diana comercial para la compañía y desde entonces hemos asistido a otras operaciones de este tipo. La última ha sido el lanzamiento de la flibanserina como “el nuevo Viagra femenino”, el esperado remedio para la caída de la libido en las mujeres. Pero esta vez la operación ha fracasado porque, por mucho que se diga, ni es Viagra ni se le puede comparar. En realidad la flibanserina iba para simple antidepresivo, pero fue reciclado y logró ser aprobado, tras dos intentos fallidos y no poca controversia, para el llamado “trastorno de deseo sexual hipoactivo”.
Sin embargo, mientras la píldora azul masculina incide sobre el sistema vascular y facilita la erección al poco de tomarla, la píldora rosa femenina actúa sobre el sistema nervioso central y no surte efecto, si es que lo tiene, hasta meses después. Su efectividad es, además, escasa: según los estudios del propio laboratorio, con el tiempo logra “un ligero incremento de eventos sexuales satisfactorios”, tan ligero como uno más al mes, y solo en el 10% de las mujeres tratadas. Ninguna panacea, si se tiene en cuenta que cuesta 780 dólares y no está libre de efectos adversos. Todo ello explica que en las dos primeras semanas de venta en el mercado de EE UU el fármaco —comercializado con el nombre de Addyi— apenas ha sido prescrito 227 veces, una cifra muy alejada del medio millón de envases que se recetaron de Viagra el primer mes de comercialización. Y eso a pesar de haber seguido al pie de la letra la estrategia que otras veces ha dado buenos resultados.
El País, reporta los hallazgos de una importantísima investigación danesa que encontró que los padres obesos pueden trasmitirle genéticamente los hábitos de excesos alimentarios a sus hijos e hijas. Esto podría darle un giro de 360 grados a lo que entendemos cómo obesidad, los factores predisponentes y las intervenciones conductuales de prevención:
¿Pueden los hábitos de un hombre transmitirse a los genes de su hijo? La teoría genética clásica dice que no. Pero los datos dicen que sí, aunque con matices importantes. Los espermatozoides llevan información en su genoma que delata los excesos alimentarios del padre y puede transmitirse a sus hijos (e hijas). Los genes que controlan la regulación del apetito se adaptan a los hábitos de ingesta de papá y le transmiten esos hábitos al niño. Es un caso claro de herencia lamarckiana, o epigenética, un término al que conviene que nos vayamos habituando también.
Romai Barrès y sus colegas de la Universidad de Copenhague, el Instituto Karolinska de Estocolmo y otros centros daneses y suecos han demostrado que los espermatozoides de los hombres gordos y delgados salen con los genes marcados de maneras muy diferentes. El efecto se concentra sobre todo en los genes que controlan el desarrollo y la función del cerebro, incluidas las geografías genómicas implicadas directamente en el control central del apetito. Presentan su investigación en Cell Metabolism.
Sobre la responsabilidad del hombre de cuidar sus hábitos alimenticios hasta un año antes para prevenir la trasmisión de las conductas obesas:
“Nuestra investigación podría conducir a cambiar el comportamiento del padre, en particular antes de la concepción”, opina Barrès. “Todo el mundo sabe que una mujer embarazada tiene que cuidarse –no tomar alcohol, evitar la contaminación y demás— pero, si la implicación de nuestro estudio es correcta, las recomendaciones deberían dirigirse también a los hombres”. Y no durante el embarazo, debemos añadir, sino durante el año anterior, lo que más bien parece ciencia ficción en el momento actual.
Lee el artículo completo en El País.
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