Cuando las parejas usan a su terapeuta para ganar argumentos
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Este artículo me conmovió profundamente. Me erizó la piel y, en más de un momento, me sacó una carcajada. Cuenta la historia de Marcia Brenner, una psicóloga que, a sus 100 años, sigue atendiendo pacientes con una lucidez y entrega admirables.
El texto es hermoso. Narra con sensibilidad su recorrido profesional, su vida personal y las muchas dificultades que ha enfrentado a lo largo del tiempo. Pero, sobre todo, muestra lo que significa vivir una vida al servicio de los demás, con coherencia, propósito y pasión.
Es uno de esos artículos que te deja pensando en lo que realmente importa:
A la hora acordada, sus pacientes marcarán el número y la psicóloga de 100 años cogerá el teléfono. Cada vez con más dificultades auditivas, se aprieta el auricular inalámbrico contra la oreja. Está parcialmente ciega y ya no puede confiar en la lectura de sus propias notas. Durante 45 minutos, varias veces a la semana, escucha atentamente las penas y los problemas de los clientes que han llegado a depender de su consejo.
Esto fue lo mejor:
¿Hubo alguna vez un problema demasiado difícil de tratar?
“Poca inteligencia”, dijo. “No puedes hacer nada”.
Les recomiendo leerlo todo y ver las fotografías son muy hermosas y conmovedoras.
Quiero ser como ella. El artículo completo está en The New York Times.
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Los amigos de enGrama prepararon una infografía para Instagram que aborda un tema que aparece con mucha frecuencia en la clínica: el uso indiscriminado del término “narcisista” para describir a personas con las que mis pacientes han tenido conflictos o han sufrido daño emocional.
Este fenómeno no es raro. En medio del dolor, es comprensible que las personas busquen explicaciones que les ayuden a entender lo que les ocurrió. Etiquetar al otro como “narcisista” puede ofrecer una sensación momentánea de claridad o control. Parece una forma de cerrar el capítulo: “esto pasó porque esa persona es así”.
Pero este tipo de etiquetado tiene un costo. En lugar de promover el autocuidado o el establecimiento de límites saludables, muchas veces termina anclando a la persona en una narrativa que gira alrededor del otro. Los pacientes se quedan atrapados en analizar, interpretar o justificar el comportamiento ajeno, cuando lo que más necesitan es enfocar su energía en sí mismos: en reconocer el daño, validar su experiencia, y tomar decisiones que los alejen de vínculos dañinos.
Etiquetar no es lo mismo que comprender. Y comprender no siempre es necesario para protegerse. A veces, basta con notar que una relación no es segura o saludable, sin necesidad de definir clínicamente a la otra persona.
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