Resumen del libro: Entrevista con consultantes con conductas suicidas (Gagliesi y Rodante, 2024)
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Jennifer Delgado Suarez:
Hablar de las emociones es el primer paso. Pero quedarse ahí, eternamente, es otra manera de evitar la transformación. Una forma disfrazada de “trabajo interior” que en realidad es una resistencia al cambio personal.
Y es que las palabras pueden ser un bálsamo para el alma, pero también un refugio donde esconderse para no tomar decisiones incómodas, poner límites, asumir responsabilidades, no decepcionar a los demás, afrontar verdades incómodas o salir del rol de víctima
Hablar del trauma infantil no es lo mismo que dejar de culpar a tus padres. Contar que sufres ansiedad no es lo mismo que renunciar a la hiper exigencia con la que te estresas cada día.
Y repetir que tienes miedo al abandono no es lo mismo que aprender a vivir solo cuando alguien se va.
Hablar excesivamente de las emociones, del pasado y los traumas puede ser un arma de doble filo que prolonga la rumia y el cambio.
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Recomendado:
Perder a un ser querido de forma inesperada —por suicidio, un accidente o cualquier causa súbita— desestabiliza por completo la vida de una persona. A diferencia de una muerte anticipada, estas pérdidas sumergen a los dolientes en un caos emocional y práctico, donde incluso los gestos más simples de apoyo pueden marcar una gran diferencia.
Las investigaciones y experiencias personales muestran que no siempre las personas en duelo reciben ayuda efectiva. Muchas veces, familiares y amigos se alejan, incapaces de tolerar el dolor ajeno o por miedo a confrontar su propia vulnerabilidad. Esto puede generar una “segunda pérdida”: la del sostén social.
El artículo recuerda que el duelo no tiene una línea de tiempo fija, y que los mejores apoyos no son los que prometen “curar” sino los que permanecen cerca, con acciones tangibles y compasión sostenida.
Fuente: The New York Times
Charles M. Blow describe en The New York Times las consecuencias sociales de dejar de beber alcohol:
Las personas que no beben son objeto de burlas rutinarias, ya sea porque se quejan mucho, porque les falta alegría, porque matan el ambiente o porque carecen del autocontrol necesario para participar adecuadamente en una parte normal de la socialización adulta. La gente a menudo parece pensar que seguramente algo trágico debió precipitar tu sobriedad, como un diagnóstico devastador o un suceso muy vergonzoso: no elegiste el banquillo, te expulsaron del partido. El problema eras tú, no el alcohol.
Es como si algunas personas necesitaran una historia traumática para darle sentido a tu decisión de dejar de beber; de lo contrario, tu repentina abstinencia echa una sombra sobre el propio consumo continuado de ellas e interpretan tu elección personal como una crítica a la suya.
Por esta razón, a quien deja de beber se le pregunta constantemente por qué; a mí me lo preguntan todo el tiempo. Algunas personas tienen una respuesta que satisface esta pregunta —si describen, por ejemplo, haber tocado fondo—, pero otras no. En cualquier caso, no es asunto de nadie.
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