Los genes podrían influir en la habilidad para “leer la mente”
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Alejandra Sánchez Insua y José Luis Pardo Veiras escriben para The New York Times en español, un artículo sobre el tema del homicidio en Latinoamérica:
Aunque una mayoría de latinoamericanos nunca ha visto una víctima de homicidio más allá de los periódicos y la televisión, la minoría –usualmente conformada por pobres, morenos de los barrios más marginados– ha visto demasiados. Los que matan y mueren también suelen ser ellos. Un informe del Banco Interamericano de Desarrollo señala que un 50 por ciento de los crímenes en las ciudades latinoamericanas ocurren en un 1,6 por ciento de sus calles.
Sobre la normalización del homicidio, explican:
El homicidio no es solo una consecuencia, es un fenómeno normalizado en nuestra sociedad para resolver conflictos. Como sucede con una enfermedad o adicción, el primer paso es aceptar que somos países asesinos. Durante años, los gobiernos han maquillado la cifras y han culpado al vecino. Los números, a veces, causan más preocupación que los muertos. Cada año, la ONG mexicana Consejo Ciudadano para la Seguridad Pública y Justicia Penal publica “El listado de las 50 ciudades más violentas del mundo”. La lista la componen casi exclusivamente ciudades latinoamericanas (43 este año). La metodología de la organización utiliza a veces fuentes no fiables como reportes periodísticos. Pero cualquier autoridad quiere salir de la lista porque causa un revuelo internacional. Hace unos meses fuimos a Acapulco y el secretario de Turismo celebraba que su ciudad ya no estaba entre los primeros puestos y que había otras con índices peores (en 2016, Acapulco subió del cuarto al segundo lugar). Cuando San Pedro Sula encabezaba el listado, el alcalde hondureño nos respondió: “Aquí no hay tanques como en México”.
¿Cómo puede combatirse esta epidemia?
La cura a la epidemia de homicidios es larga y compleja. En América Latina hay algunas experiencias escasas que pueden estudiarse y replicarse. En Honduras, la Asociación para una Sociedad Más Justa desarrolló un proyecto para mejorar las investigaciones. En Venezuela, el Proyecto Alcatraz ofrece trabajo, deporte y formación a jóvenes en bandas criminales. En Brasil, se ha experimentado con policías comunitarias en lugares de riesgo con programas como Fica Vivo o Pacto Pela Vida. También se ha optado por poner el tema sobre la mesa con campañas contra la violencia letal como Guatemala 24-0, para promover 24 horas sin asesinatos. La restricción del porte de armas en ciudades colombianas ha derivado en disminuciones, aunque moderadas, de las tasas de asesinato. Regular la venta de alcohol como política de seguridad ha tenido éxito en Bogotá y en Diadema, en el estado de São Paulo.
El análisis de Sánchez Insua y Pardo Veiras cita algunos los planes de intervención social que han implementado ciertos países, los más afectados por la ola de homicidios, y menciona, con justa razón, la necesidad de políticas de justicia más eficaces. Sin embargo, no se nombra ninguna política de prevención a largo plazo que considere los factores sociales, nutricionales, educativos y de crianza (coherción), los cuales juegan un rol crucial en el desarrollo de las problemáticas relacionadas (abuso de sustancias, baja educación y pobreza) con la violencia y homicidios.
Esto me da a entender que no las mencionan porque ninguno de los países evaluados presentó un plan de prevención. Para lo cual tengo dos posibles hipótesis retroalimentadas:
Lee el artículo completo en The New York Times en Español.
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Preparándome para un entrenamiento de terapia de parejas, encontré el texto de Coddou y Méndez, en la investigación titulada: Aproximación Terapéutica desde la Visión Sistémica a una Pareja que Consulta por Infidelidad, y quiero compartirles una viñeta que explica lo que realmente significa el perdón después de una infidelidad dentro de la relación de parejas y la confianza:
(…) para poder resolver el dolor de la infidelidad en el otro se hace necesaria una muy explícita petición de perdón junto con una muy explícita promesa de que nunca más se la tomará como un camino posible frente a dificultades dentro de la relación. Si la infidelidad, como una opción entendible queda vinculada a una mala relación de pareja, la reinstauración de la confianza se hace imposible. Sólo se podrá empezar a cerrar ese doloroso capítulo en el compromiso de que en cualquier momento de la vida conjunta, cuando cualquiera de los dos se sienta insatisfecho esto será confrontado dentro de la relación y nunca de nuevo se tomará como una opción la infidelidad (Coddou y Méndez, 2002).
En base al perdón es muy interesante constatar cómo, en nuestra cultura, se tiende a pensar que perdonar y olvidar o son lo mismo o van necesariamente juntos. Y eso definitivamente no es así. Los seres humanos no olvidamos los hechos emocionalmente significativos. Por lo tanto, si esperamos que sea lo mismo, no podemos perdonar (Coddou y Méndez, 2002).
Perdonar es una opción. Uno decide si perdona, cuándo perdona, cómo perdona. Implica la posibilidad de seguir con el otro, a pesar del error que el otro cometió, optando por creer que no se repetirá. Implica sentirse capaz de asumir el dolor que el otro causó y de no guardarlo como un arma de guerra presente de por vida. Implica aceptar que «perdonar» no es «olvidar». Implica que llega un momento en que se cierra el interrogatorio sobre el tercero o tercera involucrado; que, una vez sintiendo que el otro está con uno nuevamente en su lealtad, seguir con la puerta del interrogatorio abierta es o seguir en el castigo hacia el otro o sentir que «como no he olvidado y debiera haber olvidado necesito aún tener más información» (Coddou y Méndez, 2002).
La opción de perdonar se traduciría en la práctica de tal manera que en toda la interacción futura de la pareja no se usara la «infidelidad perdonada» ni nada que se relacione con ésta como un argumento intencional en ningún aspecto de la relación (Coddou y Méndez, 2002).
Coddou y Méndez (2002) señalan que a partir de su experiencia clínica, han observado otro error en la percepción de nuestra cultura en relación al acto de perdonar. Usualmente se invita a quien ha sido objeto de un acto que requiere ser perdonado, que tenga una actitud generosa y que motivado por esa generosidad decida perdonar. Esto es, que el perdón es un acto generoso del que perdona. Sin embargo, lo que observamos en este contexto es que con mucha facilidad, esta «generosidad» a la que se es invitada («se bueno/a; perdónalo/la»), es vivida por ésta como una ingenuidad, casi como una estupidez. La reflexión espontánea que muchas veces está presente en quien sufre la infidelidad es: «Quiere que lo/la perdone después de haber tenido su aventura, de pasarlo bien, de vivir lo que vivió sin pensar en mí, y yo el/la tonto/a estoy dispuesto/a a perdonar» (Coddou y Méndez, 2002).
Por el contrario, si se considerara que, como plantean Coddou y Méndez (2002), perdonar es el único instrumento del que dependemos los seres humanos para reparar una relación, es importante hacerse cargo también de que si se toma esta opción es porque los beneficios para el nosotros, y para el sujeto, de poder reparar la relación son mayores que los costos de perderla o mantenerla deteriorada. Es poder perdonar, no como un acto de bondad o generosidad hacia el otro, sino como un acto motivado por una libre elección de asumir el costo emocional que tuvo esa infidelidad, como consecuencia del deseo de mantener la relación (Coddou y Méndez, 2002).
¿Y la confianza?
¿Qué puede hacer la persona que ha sido infiel para que el otro pueda recuperar la confianza?. Coddou y Méndez plantean que ésta puede llevar a cabo muchas conductas reparatorias para reasegurar al otro en cuanto a su relación. Sin embargo, muy claramente esta situación tiene un límite. La confianza también es una opción, una decisión personal. Nadie nunca nos puede estar mostrando o demostrando minuto a minuto que está siendo leal. Eso es imposible. No hay relación que resista algo así, y a nivel práctico en la vida cotidiana, tampoco es posible (Coddou y Méndez, 2002).
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