Análisis de mi 2025: trabajo, clínica y decisiones
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El titulo de este artículo me lo encontré en este bello artículo El secreto para terminar libros grandes, densos y difíciles de Sebastian Castillo para The New York Times, en el que relata cómo un club de lectura online los ayudó a terminar libros difíciles que, no podrían haber terminado si emprendían ese viaje solos:
¿Qué sentido tiene esto? ¿Por qué nos hacemos esto a nosotros mismos? ¿Es solo un fetiche por terminar un libro difícil y la autocomplacencia que esto permite? Ninguno de nosotros es un filósofo académico, ni mucho menos; tenemos trabajos ocupados y otras responsabilidades adultas apremiantes. Pero el proceso ha resultado fructífero. He descubierto que surge una camaradería cuando un grupo se dedica a una tarea que requiere un gran esfuerzo. La experiencia también suele ser divertida: la mitad de las reuniones durante nuestra lectura de El Anti Edipo, una crítica del psicoanálisis que escribieron Deleuze y Guattari, se dedicaron a quejarnos del desdén ligeramente risueño de los autores hacia sus lectores. (“La literatura es como la esquizofrenia”, escriben). Sobra decir que el libro me encantó. El aprendizaje es a la vez doloroso y placentero, y sobre todo, comunitario.
Leer suele ser una actividad solitaria. Y algunos libros, además, exigen tiempo, atención y paciencia. Como casi todo lo que vale la pena, lo difícil se vuelve más llevadero cuando se hace en compañía. A veces terminar libros es como hacer un viaje a Mordor y por eso Frodo no viaja solo, hace toda la travesía con un grupo de amigos que lo protege y les da aliento. Sé que la analogía no es perfecta, pero ustedes me entienden.
Por otro lado, en Psyciencia he intentado organizar varios clubes de lectura. Algunos han funcionado muy bien; otros se han quedado a medio camino porque varias personas se dieron de baja antes de terminar. Al inicio pensé que era un problema específico de mis clubes, pero con el tiempo vi que las tasas de abandono suelen ser altas y que eso forma parte de este tipo de actividades. Tenerlo claro cambia la expectativa y ayuda a diseñar mejor los próximos clubes de lectura.
Mary Harrington escribió un artículo contundente sobre cómo el consumo de contenido “chatarra” en internet está ampliando la brecha de desigualdad. Expone cómo los grupos económicos más poderosos están aprovechando esta tendencia para reforzar su control sobre las masas.
Lo interesante del ensayo es que muestra cómo las élites —con mayor poder adquisitivo— están tomando medidas activas para protegerse: limitan el uso de pantallas, pagan escuelas donde se restringe la tecnología, y priorizan el desarrollo de la lectura y la concentración en sus hijos. Mientras tanto, las personas con menos recursos no tienen ese margen de elección y quedan expuestas al consumo constante de videos y contenidos superficiales, lo que deteriora su comprensión lectora y su capacidad de atención:
La idea de que la tecnología está alterando nuestra capacidad no solo de concentración, sino también de lectura y razonamiento, está calando. Sin embargo, la conversación para la que nadie está preparado es cómo esto puede estar creando otra forma de desigualdad.
Piensa en esto comparándolo con los patrones de consumo de comida basura: a medida que las chucherías ultraprocesadas se han hecho más accesibles e inventivamente adictivas, las sociedades desarrolladas han visto surgir una brecha entre quienes tienen los recursos sociales y económicos para mantener un estilo de vida sano y quienes son más vulnerables a la cultura alimentaria obesogénica. Esta bifurcación tiene una fuerte influencia de clase: en todo el Occidente desarrollado, la obesidad se ha correlacionado fuertemente con la pobreza. Me temo que lo mismo ocurrirá con la marea de la postalfabetización.
La alfabetización a largo plazo no es innata, sino que se aprende, a veces laboriosamente. Como ha ilustrado Maryanne Wolf, académica de la alfabetización, adquirir y perfeccionar una capacidad de “lectura experta” de formato largo altera literalmente la mente. Reconfigura nuestro cerebro, aumenta el vocabulario, desplaza la actividad cerebral hacia el hemisferio izquierdo analítico y perfecciona nuestra capacidad de concentración, razonamiento lineal y pensamiento profundo. La presencia de estas características a escala contribuyó a la aparición de la libertad de expresión, la ciencia moderna y la democracia liberal, entre otras cosas.
Los hábitos de pensamiento formados por la lectura digital son muy diferentes. Como muestra Cal Newport, experto en productividad, en su libro de 2016, Céntrate, el entorno digital está optimizado para la distracción porque diversos sistemas compiten por nuestra atención con notificaciones y otras exigencias. Las plataformas de las redes sociales están diseñadas para crear adicción, y el mero volumen de material incentiva intensos “bocados” cognitivos de discurso calibrados para la máxima compulsividad por encima del matiz o el razonamiento reflexivo. Los patrones de consumo de contenidos resultantes nos forman neurológicamente para hojear, reconocer patrones y saltar distraídamente de un texto a otro, si es que acaso utilizamos nuestros teléfonos para leer.
La capacidad de concentración se ha vuelto un recurso escaso, y por eso mismo, cada vez más valioso. Si hay una habilidad que puede darte una ventaja real en el mundo actual, es esta: leer más libros y pasar menos tiempo frente a las pantallas.
Adrián Cordellat en El País:
Según datos del Programa para la Evaluación Internacional de las Competencias de la Población Adulta (PIAAC), conocido como el Informe PISA para adultos y presentado a finales de 2024, el nivel en comprensión lectora de los universitarios españoles se ha hundido en una década. Si en 2012 ese nivel alcanzó los 282 puntos, en 2023 descendió hasta los 271,9, más de 10 puntos por debajo. Estas cifras no solo sitúan a los estudiantes españoles por debajo de la media de la OCDE y de la UE en comprensión lectora, sino que para más sonrojo hay que ver cómo sus calificaciones son inferiores a las de alumnos de Bachillerato de otros países europeos como Finlandia (288), Suecia (283) u Holanda (274).
No es el sistema educativo:
El descenso en los niveles de comprensión lectora ha sido generalizado en todos los países analizados, así que los autores del informe PIAAC sostienen que no se puede responsabilizar a los sistemas educativos. La mirada, inevitablemente, se posa sobre las pantallas de los smartphones y sobre sus aplicaciones estrella, las redes sociales. Y es que, si algo ha cambiado entre 2012 y 2023, es la expansión imparable de pantallas y el crecimiento incesante del tiempo que les dedicamos a diario.
El problema es que leer en pantallas digitales disminuye la capacidad de inferencia, reflexión crítica y retención porque son dispositivos que nos bombardean con estímulos que dificultan mucho la concentración. Las redes sociales promueven mensajes breves lo que hace que las personas estén perdiendo la capacidad de profundizar en textos más largos y complejos.
El titulo del artículo es Jóvenes que saben leer pero no logran entender los textos. Sin embargo, decidí cambiarlo a “la gente”, porque esto no es un problema exclusivo de la población joven, sino de todas las edades.
Aprovecho también para compartirles este video de la BBC que explica cómo la lectura transforma el cerebro:
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