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Un nuevo estudio, publicado en el Journal of Clinical Psychiatry reporta que el 69% de las personas que toman inhibidores selectivos de la recaptación de serotonina (ISRSs), el principal tipo de antidepresivos, nunca han sufrido de un Trastorno de Depresión Mayor. Tal vez peor, un 38% nunca en su vida ha cumplido los criterios para Depresión Mayor, Trastorno Obsesivo Compulsivo, Ataques de Pánico, Fobia Social, o Trastorno de Ansiedad Generalizada. Sin embargo, toman la medicación que acompaña a dichos trastornos.
“Yo pienso que, aunque la psicoterapia es otra opción para ayudar a las personas a obtener mayor salud mental, hay bloqueos en la carretera,” opina el Dr. Howard Forman, director médico del Servicio de Consultas sobre Adicción en el Centro Médico Montefiore. Forman, que no estuvo involucrado en el estudio, apunta a los costos, la disponibilidad de expertos y la demanda de tiempo como la razón principal por la que las personas podrían estar decidiéndose por otras alternativas.
El Dr. Ramim Mojtabai, de la Escuela de Salud Pública de Johns Hopkins, y sus colegas se basaron en datos de 4 muestras: el Baltimore Epidemiologic Area Study Wave 1 a la 4. El mismo comenzó en 1981 y terminó en 2005. En total, se utilizaron los datos de 1.071 personas, incluyendo 4 entrevistas y una tasación sobre uso de antidepresivos. El 13% de estas personas reportó utilizar antidepresivos.
El 69% de las personas que toman ISRSs, nunca han sufrido de un Trastorno de Depresión Mayor
Las medicaciones para compensar los desequilibrios químicos (que aún no han sido diagnosticados) no solo incluye a aquellos dirigidos al estado de ánimo. Las anfetaminas ayudan a las personas a concentrarse y las benzodiazepinas ayudan a calmar la ansiedad, o eso es lo que dicen los usuarios. Pero el problema suele ser el uso ocasional y las soluciones rápidas pueden llevar a la dependencia.
Para resolver este problema del uso excesivo de antidepresivos debemos tener en cuenta cuestiones sistemáticas y personales. La desestigmatización de las enfermedades mentales puede hacer que las personas sean más propensas a buscar ayuda. A su vez, la confirmación de que están saludables o un diagnóstico pueden reducir la urgencia de automedicarse innecesariamente. El elemento clave es la eliminación de la incertidumbre.
Forman reflexiona que todos experimentamos estrés, tristeza o dudas sobre nosotros mismos a veces, pero estas situaciones no nos hacen enfermos mentales, sino que nos hacen humanos.
Los autores escriben que muchos individuos a quienes se les prescribe y utilizan la medicación antidepresiva pueden no cumplir con los criterios para un trastorno mental. Sus datos sugieren que los antidepresivos son comúnmente usados en ausencia de claros indicadores basados en la evidencia.
Fuente: Psypost
No te preocupes.
No es para tanto.
Estás exagerando.
No te podés poner así por eso.
No vale la pena estar triste.
Todos hemos recibido alguna vez comunicaciones similares a éstas. Entonces, apenas las escuchamos, corremos a abrir la cajita de herramientas para “cambiar lo que sentimos”, todos ilusionados, hasta que nos damos cuenta de que simplemente no podemos. La cajita resulta inútil, lo que sentimos es algo que no depende de nuestra voluntad. Por supuesto que una vez que una emoción se ha disparado, contamos con varios recursos para elegir cómo responder a ella, pero esa es otra historia.
Las emociones tienen siempre un disparador: un evento que las precipita; que no podamos identificarlo desde afuera no significa que la emoción surgió “de la nada”. Todos los seres humanos estamos preparados para experimentar todas las emociones ya que son parte del desarrollo evolutivo de nuestra especie y cumplen una función. En este sentido no hay tal cosa como emociones “buenas” o “malas”, “correctas” o “incorrectas”.
Vamos a decirlo de entrada: todas las emociones que experimente una persona son siempre válidas y tienen sentido.
Demás está decir que la mayoría de las veces cuando alguien nos dice “no te preocupes, no es nada” está tratando de ayudar, de calmar, de aliviar. Sus intenciones son buenas pero probablemente provoque el efecto contrario: hacernos sentir equivocados y dejarnos solos. A esto le llamamos invalidar: comunicarle al otro que lo siente es incorrecto, que debería sentir distinto, que no es comprensible lo que le pasa.
Básicamente, lo que está detrás de la comunicación invalidante es la NO aceptación de la experiencia emocional del otro.
Probablemente uno de los mayores aportes de la Terapia Dialectico-Conductual (DBT) haya sido la inclusión de la Validación como una de las estrategias centrales del tratamiento –si querés leer más sobre DBT click aquí–. De hecho es una terapia que estimula la presencia de una “dialéctica” entre estrategias de validación (aceptación) y estrategias de cambio, mientras que la mayoría de las psicoterapias que conocemos están orientadas principalmente al cambio solamente.
La validación por parte del terapeuta implica, de manera resumida, comunicar al paciente que sus respuestas emocionales tienen sentido y son entendibles dentro de su historia y/o contexto actual (Linehan, 1993). El terapeuta acepta las emociones del paciente y le comunica esta aceptación. Aceptarlas implica identificar esas respuestas, tomarlas seriamente, sin desatenderlas ni trivializarlas, con una actitud no juiciosa y describiéndolas de manera no peyorativa.
Básicamente, cuando un terapeuta DBT utiliza estrategias de validación emocional lo que hace es alguna de estas cuatro cosas (o varias a la vez):
Podemos definir entonces a la validación como una práctica de aceptación profunda de las emociones del otro sin juzgar, sin aconsejar, sin intentar cambiar nada en ese momento. Cuando validamos, corroboramos la importancia de lo que siente la otra persona y lo tomamos como algo legítimo. En definitiva: comunicamos que nos importa su experiencia.
No tenemos que estar de acuerdo para validar, ni pensar que nosotros reaccionaríamos igual. Tampoco es necesario que nos parezca lógica la respuesta emocional. Si asumimos que todas las respuestas emocionales son producto de una historia de aprendizaje y un contexto particular, podremos entender que son siempre válidas, aunque no comprendamos del todo esa respuesta particular.
Tenemos muy buenas razones para practicar validación con las personas que tenemos a nuestro alrededor. La validación construye confianza y aumenta la intimidad en los vínculos, disminuye la sensación de aislamiento y alienta a que el otro experimente y acepte sus emociones.
La práctica de la validación suele generar también un aumento de la capacidad para la auto-validación emocional. Respetamos las emociones de los otros y también las propias, aceptándolas como parte de la experiencia de ser humanos.
1) Prestando atención, escuchando al otro, mirándolo a los ojos: escuchar lo que dice atentamente, observar sus gestos, su tono de voz, su postura corporal; estar atento a lo que el otro expresa sin pensar en la respuesta que darás.
2) Aceptando con mente abierta la experiencia emocional del otro: cualquiera que sea la emoción que está sintiendo, es su emoción, y puede incluso ser dolorosa pero eso es parte de la condición humana. Es importante hacer lugar a todas las emociones, todas tienen un sentido.
3) Identificar las emociones del otro y dar una respuesta empática sin aconsejar: aconsejar implica que algo de la situación debe cambiar, muestra que nos cuesta tolerar la presencia de la experiencia emocional. Si la otra persona no ha pedido consejo, darlo puede resultar invalidante ya que puede dejar ver que consideramos que el otro no sabe cómo resolver sus problemas.
4) Ofrecer compañía: ofrecele permanecer a su lado durante la experiencia emocional; si no estás seguro de que eso es lo que el otro desea podés preguntar si desea estar solo, si quiere hablar sobre eso o si hay algo puntual que puedas hacer en ese momento. Es importante no emitir juicios ni valoraciones en esos momentos y estar dispuesto a dar no lo que uno cree que es mejor sino lo que es mejor desde la perspectiva del otro.
Una de las razones por las que nos cuesta tanto validar las emociones del otro es la ansiedad que sentimos por ayudarlo a sentirse mejor –y, de paso, sentirnos mejor nosotros. Nos cuesta hacer lugar a las emociones, en especial cuando son dolorosas o displacenteras. Nos duele que al otro le duela, que esté triste, que esté enojado y nos cuesta tolerar estar ahí para simplemente acompañar. Pero el riesgo de querer ahogar rápido esas emociones es alto: podríamos enseñar sin quererlo que las emociones dolorosas no deberían estar ahí, cuando en realidad son parte ineludible de la vida; podríamos estar comunicando que el otro no sabe cómo llevar una vida sin dolor, lo cual es en realidad una meta inalcanzable.
Para finalizar: no hay experiencias emocionales “positivas” sin las “negativas”. Quien no está dispuesto a sentir y aceptar el dolor poco a poco va perdiendo la capacidad para experimentar felicidad y alegría (Luciano Soriano & Salas, 2006). En este sentido, uno de los mejores regalos que podemos ofrecer es dar lugar a las emociones del otro –y a las propias-, las que fueren, porque todas contienen algo de verdad y de sentido y merecen ser experimentadas completamente.
Referencias
Imagen: Changedbychrist
Cuando hablamos de esquizofrenia nos imaginamos un solo trastorno con sus propias características. No obstante, una nueva investigación explica que en realidad es un grupo de 8 trastornos genéticamente diferentes, con sus propios set de síntomas. Según sus autores, este descubrimiento incluso puede predecir entre un 70% y 100% el diagnóstico.
La investigación, publicada online en la revista The American Journal of Psychiatry, analizó las muestras genéticas de 4000 personas con esquizofrenia y 3800 personas sin la condición y descubrió distintos clústers genéticos que contribuyen a 8 diferentes clases de esquizofrenia.
¨Los genes no operan por sí solos. Ellos funcionan en conjunto, similar a una orquesta(…)¨
Dividieron a los pacientes según la severidad de sus síntomas a causa de alucinaciones, delirios y otro síntomas como: falta de iniciativa, problemas al organizar los pensamientos o disminución de la conexión entre las emociones y la cognición. Todos estos síntomas permitieron crear perfiles que describen 8 trastornos cualitativamente diferentes, basados en las condiciones genéticas.
Al aparear las características genéticas con los síntomas particulares de la esquizofrenia: alucinaciones o delirios, se halló que la interacción de una variación genética se relacionó con el 95% de la esquizofrenia. En otro grupo se encontró que el habla y el comportamiento desorganizado se asociaron específicamente a una interacción que permite explicar el 100% de la esquizofrenia.
Robert Cloninger, director de la investigación, lo explica así: ¨Los genes no operan por sí solos. Ellos funcionan en conjunto, similar a una orquesta y, para entender como trabajan, es necesario no solo saber quienes son los miembros de la orquesta sino también cómo interactuan.¨
Esto confirma que no es un solo gen el que eleva el riesgo de desarrollar esquizofrenia, sino que es la interacción alta y consistente de varios genes, que predice en un 70% a 100%, si se padecerá la enfermedad. Los investigadores explican que con estos niveles, es virtualmente imposible evitar que la esquizofrenia se manifieste en las personas con estas variaciones genéticas.
Pero no todas son malas noticias. Los autores explican que al identificar los grupos de las variaciones genéticas se podrán diseñar tratamientos específicos para las interacciones genéticas que causan problemas. Y no solo esto sino que además nos da nuevas luces para investigar otros trastornos complejos como la hipertensión y la diabetes.
El Alzheimer es una de las enfermedades más temidas de nuestra época debido a que afecta profundamente la capacidad de recordar, de aprender y de razonar. Es una enfermedad que no tiene cura pero un diagnóstico oportuno podría ayudar a retrasar algunos de sus síntomas. Y, quizás más importante aún, seria de ayuda para las familias al momento de planificar y saber qué hacer para evitar que la calidad de vida del enfermo, en lo posible, no se vea afectada.
Pero aún sabiendo esto, solo el 45 % de los médicos están informado a sus pacientes de su enfermedad. Así lo divulgó una reciente investigación de la Asociación de Alzheimer, que preguntó a 16000 pacientes si alguna vez sus médicos les habían dicho que tenían la enfermedad de Alzheimer y comparó sus respuestas con su historial médico para ver si coincidian.
Solo el 45 % de los médicos están informado a sus pacientes de su enfermedad
Keith Fargo, director de programas científicos y de divulgación de la Asociación, quien supervisó el análisis de los datos de la encuesta, dijo: «Lo que nos impactó fue que los médicos en general comprenden los beneficios de revelar un diagnóstico, y están de acuerdo con esos beneficios, pero muchos todavía no hacen divulgación en su propia práctica.»
Una de ellas podría ser el temor de causar angustia emocional en sus pacientes y la falta de tiempo y recursos para explicar plenamente lo que significa el diagnóstico.
Es cierto que muchos médicos pueden ser reacios a utilizar la palabra ¨Alzheimer¨con sus pacientes. Pero se necesita de diagnósticos transparentes y honestos para que el paciente pueda buscar información y ayuda necesaria.
Una de ellas podría ser el temor de causar angustia emocional en sus pacientes
Las dificultades a la hora de diagnosticar Alzheimer es que no existen análisis de sangre o escáner cerebral que puedan decir de manera concluyente a los médicos si un paciente tiene o no dicha condición: todavía es un diagnóstico que los médicos hacen basándose en los informes de evolución de las capacidades intelectuales de los pacientes y en los exámenes psiquiátricos que no son específicos para la enfermedad de Alzheimer.
Otro aspecto que dificulta la divulgación de este diagnóstico es que no existen medicamentos eficaces para tratar la enfermedad. Los medicamentos utilizados podrían disminuir los efectos del deterioro cognitivo, pero no pueden detener su avance progresivo.
Si bien no hay tratamientos que los médicos puedan indicar a sus pacientes, si hay cosas que las personas pueden hacer para que su calidad de vida no se vea afectada. Según Beth Kallmyer, vicepresidente de servicios a los ciudadanos en la Asociación, se pueden conformar grupos de atención y preparar a los voluntarios con anticipación. Y pone de resalto la importancia del conocimiento sobre el diagnóstico al momento de buscar el apoyo que necesita cada paciente dentro de su círculo personal.
Fuente: Time
La semana pasada tuve la oportunidad de asistir a un simulacro de juicio por jurados donde el jurado debía decidir si declaraba culpable a una mujer por el delito de homicidio agravado por el vínculo (había matado a su marido), o si consideraba que había actuado en legítima defensa.
En el caso, la señora Saenz (imputada) se había casado con el señor Saenz (víctima de homicidio) hacía 10 años. La pareja tuvo dos hijos, de 8 y 4 años al momento del hecho. Según el relato de la señora, al poco tiempo de haberse casado y a lo largo de su matrimonio, él había empezado a maltratarla y a pegarle. Siempre tenía un motivo: platos sucios, el patio de la casa sin barrer, o simplemente la comida no le gustaba. Ella era culpable si los bebés lloraban cuando él volvía del trabajo y necesitaba descansar. Era la culpable porque había sido una vaga que no fue capaz de tener la casa limpia y en silencio para que su marido, que estaba por fuera todo el día trabajando, pudiera beber una cerveza tranquilo.
La señora Saenz había recurrido a la guardia médica en reiteradas ocasiones, y ante las preguntas de los médicos, argumentaba que sus golpes y lastimaduras eran producto de su propia torpeza, de accidentes domésticos, como caerse de las escaleras. Después de los actos violentos, siempre hubo una disculpa y una promesa de cambiar por parte del marido.
¿Por qué no se fue antes? Como mujer, ¿por qué no reaccionó antes?
El señor Saenz le había prohibido comunicarse con su hermana y con sus padres. Seis meses antes del hecho, la señora Saenz abandonó el hogar porque, según dijo, su marido había golpeado al mayor de sus hijos, y eso era algo que ella no toleraría. Pudo contactarse con un refugio para víctimas de violencia familiar donde podría pasar 3 días con sus niños, pero al cabo de ese tiempo, por las normas de la institución, debía mudarse a la casa de algún voluntario y esperar alguna oportunidad laboral. Pero estas circunstancias no fueron del agrado de la señora Saenz, pues en sus palabras, el lugar donde debía vivir, compartiendo una pequeña casilla con otras personas, no era un lugar apropiado para sus hijos; además, podrían pasar meses hasta que consiguiera una oportunidad laboral que le permitiera mejorar su situación, y por estos motivos decidió volver a su casa, con el padre de sus hijos, quien decidió castigarla por haberse llevado a los niños.
Días antes del hecho la señora Saenz sufrió la golpiza más grande por parte de su esposo, quien incluso ahora la amenazaba con un arma de fuego, tanto a ella como a sus hijos.
La hermana de la señora Saenz, en declaración testimonial, dijo haber notado que su hermana estaba muy golpeada en varias oportunidades, y si bien le dijo que contaba con ella, decidió no meterse, pues en su concepción hay ciertas cosas que las esposas deben tolerar para mantener a la familia unida.
Durante el debate secreto de los jurados, hubo una pregunta común entre todos ellos: ¿por qué no se fue antes? Como mujer, ¿por qué no reaccionó antes?
En la etapa probatoria, se llamó a prestar declaración a un psicólogo dedicado a trabajar con víctimas de violencia, especialmente de violencia familiar, que había atendido a la señora Saenz después del hecho. En su testimonio declaró que, en su opinión profesional, las conductas de la señora Saenz reflejaban de manera clara el síndrome de la indefensión aprendida.
En pocas palabras, podríamos decir que la indefensión aprendida se desarrolla como respuesta a estímulos aversivos que resultan inescapables e incontrolables para la víctima pues, haga lo que haga, no puede evitarlos, razón por la que se somete a ellos sin oponer resistencia. Seligman y Overmier conceptualizaron a la desesperanza aprendida como un proceso cognoscitivo en el cual la formación de expectativas se ve afectada.
Para mayor información te recomendamos el amplio artículo de los licenciados Minici, Rivadeneira y Dahab, donde exploran con mayor profundidad la conceptualización y abordaje de la indefensión aprendida.
Actualmente la indefensión aprendida es relacionada con el trastorno de estrés postraumático, con características propias.
En el artículo Trastorno por Estrés Postraumático: 9 mitos, se exponen distintos criterios descritos por el DSM V como TEPT. Podríamos ubicar la relación de la indefensión aprendida dentro del criterio A, caracterizado por “exposición a muerte o amenaza de muerte, lesiones severas o violencia sexual en una (o más) de las siguientes formas: 1. Experimentación directa del/los evento/s traumático/s. 2. Ser testigo del/los evento/s mientras le ocurren a otro. 3. Enterarse de que el/los evento/s traumático/s le pasaron a un familiar o amigo cercano. En caso de muerte o amenaza de muerte a un familiar o amigo cercano, los eventos tienen que ser violentos o accidentales. 4. Experimentar exposición repetida o extrema a detalles aversivos del/los evento/s traumático/s.”
Haga lo que haga, no puede evitarlos, razón por la que se somete a ellos sin oponer resistencia
En el mismo artículo se desmiente uno de los grandes mitos acerca del TEPT: se cree que el TEPT solo afecta a las personas que son débiles, pero en realidad “no es cuestión de fortaleza o aguante emocional. Hay un número de factores que juegan un rol respecto a si una persona que pasó por un trauma desarrollará o no dicho trastorno. El riesgo de padecerlo depende, en parte, de una combinación de factores de riesgo y factores de resiliencia. Entre los factores de riesgo podemos encontrar tener historia de enfermedad mental y no hablar con nadie sobre el trauma ni buscar apoyo. Por otro lado, factores de resiliencia que sirven como elementos protectores son: buscar apoyo de amigos o familiares luego del trauma, aprender a afrontar de forma saludable, unirse a un grupo de apoyo y sentirse bien sobre la propia reacción al trauma.”
Muchas víctimas de violencia familiar se ven forzadas a cortar lazos con amigos y familiares por las propias presiones y prohibiciones de sus victimarios. En el simulacro de juicio, el fiscal intentó descalificar el diagnóstico de indefensión aprendida por no considerar a la imputada como una persona débil o sumisa cuando prestó su declaración, pues el acusador consideraba que una persona que había sido maltratada debía presentar un carácter sumiso, que en una situación estresante le impidiera defenderse.
La licenciada Zanetti nos explica en un interesante artículo llamado Género, relaciones de poder y subjetividad, que “en todas las clases de vínculos existe un ejercicio del poder y, según nos cuenta Foucault, eso no tiene nada que ver con la violencia, en tanto que es el abuso de este ejercicio en beneficio de uno y en detrimento del otro, lo que lo convierte en violencia”. La licenciada define a la violencia como “una fuerza utilizada para producir un daño en el intento de anular al otro como ser autónomo, pretendiendo reducirlo a la categoría de objeto para que no desee, para que no aparezcan rasgos de lo diferente, arrasando con la subjetividad de quien es lastimado, y con ella la posibilidad de decidir y razonar.”
La violencia doméstica es un patrón de comportamiento continuo, más frecuentemente usado por hombres, dirigido a controlar a las mujeres a través del poder y el miedo. Ésto es llamado control coercitivo y explica cómo los hombres extienden su dominio en relaciones íntimas, que luego aíslan a las mujeres y socavan su independencia con el tiempo.
Imaginá sentirte asustada/o en tu propia casa, y que el miedo sea causado por la persona que amás. Estás ansiosa/o, confundida/o y desvalorizada/o por el abuso soportado durante muchos años. Ahora imaginá que tenés que dejar a tu pareja y tu casa, porque ha amenazado tu vida o la de tus hijos: ¿a dónde irías?
La primera opción es quedarse con familiares o amigos por un corto tiempo, hasta encontrar un hogar alternativo. Pero quienes han perdido contacto con sus familias y amigos, o no tienen respaldo económico, recurren a refugios de emergencia.
Estos refugios suelen contar con métodos de contacto que garantizan la seguridad de las personas que reciben, pero estas personas no pueden permanecer allí por mucho tiempo. Quienes ingresan suelen ser asistidos por trabajadores sociales, psicólogos u otros profesionales que evalúan su situación y el riesgo en que se encuentran. Muy a menudo los refugios están llenos, razón por la cual mujeres y niños deben buscar otros lugares donde hospedarse mientras esperan vacantes. Durante ese tiempo, las mujeres piensan en la posibilidad de denunciar a sus parejas, acceder a asistencia financiera de emergencia y hacer lo necesario para obtener documentos importantes, entre otras cosas; pero esto es particularmente difícil si el español es su segundo idioma, o cuando tienen una discapacidad o viven en comunidades rurales aisladas. A esto se suma que les resulta casi imposible encontrar trabajo o continuar trabajando bajo estas circunstancias, y los niños suelen perder muchas clases en la escuela o necesitan cambiar de escuela. Bajo estas condiciones de presión, uno puede entender por qué algunas mujeres vuelven con una pareja violenta, especialmente cuando esta pareja pide perdón.
El hospedaje en refugios puede ser una solución, pero no una definitiva. A esto se suma que cuanto más tiempo se queda una persona en el refugio, está impidiendo el acceso de otros a esta herramienta.
Existe una alternativa a disposición de las víctimas de violencia, que permite a las mujeres y niños permanecer en sus hogares, una vez que el autor de violencia ha sido removido. Se han desarrollado en muchos países distintos programas basados en la herramienta judicial de exclusión del hogar del autor de violencia familiar, cuyos requisitos y reglamentación varían de país en país. En Argentina, el Congreso Nacional ha sancionado la ley Nº 24417 de protección contra la violencia familiar, y así también lo han hecho las distintas provincias que, a su vez, han habilitado diversos centros de asistencia a las víctimas dedicados a brindar asesoramiento jurídico gratuito a las víctimas de violencia familiar y delitos en general.
¿Cómo podríamos apoyar a las víctimas y cómo podríamos mantenerlos a salvo?”
Esta herramienta ofrece mayor estabilidad a las mujeres y niños, a la vez que envía un mensaje a las personas violentas por parte de la sociedad de que su comportamiento es inaceptable. Pero debemos recordar que la seguridad de las víctimas de violencia doméstica no se garantiza simplemente excluyendo al agresor del hogar, sino que es preciso dotar a las víctimas con una red de apoyo bien coordinada para mantenerlas seguras.
En lugar de preguntarnos “¿por qué simplemente no se va?”, sería más apropiado preguntarnos “¿como podríamos apoyar a las víctimas y cómo podríamos mantenerlos a salvo?”, “¿cómo podemos hacer responsables a los autores de sus actos violentos?”.
Fuente: Theconversation.com
Imagen: Marcela Aberhard
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Aprovecho que es domingo a la noche – el mejor momento para relajarnos antes de la ajetreada semana de trabajo que viene – para compartir este divertido vídeo donde el Cookie Monster hace terapia (Monstruo de las galletas de Plaza Sésamo). El video es muy gracioso y está lleno de metáforas que tal vez puedas utilizar con tus pacientes, claro que… básicamente… hablan de galletas….
Todos conocemos esa sensación. Es sábado por la noche y te quedaste en la casa sin nada que hacer. Cambias y cambias de canal y lo único que encuentras son los capitulos de los Simpsons que ya te sabes de memoria. Para ayudarte con el aburrimiento nocturno, te presento Parenthood, una de las mejores series que he visto en los últimos años y que ha sido alabada por los críticos.
Parenthood es una serie de drama-comedia basada en la película de 1989 del mismo nombre que cuenta los conflictos y relaciones de la numerosa familia Braverman, formada por los abuelos Zeek y Camile, sus 4 hijos Adam, Sarah, Crosby y Julia, y sus respectivas familias.
La primera temporada de la serie fue transmitida en el 2010 e inicia con la mudanza de Sarah a la casa de sus padres. Ella una madre soltera que, obligada por las dificultades, vuelve a vivir a la casa de sus padres con sus dos hijos.
Una de las mejores series que he visto en los últimos años y que ha sido alabada por los críticos
Adam es el hermano mayor de los Braverman, está casado con Kristina y entre ellos crían a su hija adolescente Haddie y a su hijo Max quien es recientemente diagnosticado con el síndrome Asperger y se enfrenta a diferentes dificultades en la escuela.
Crosby es el hermano menor, músico y bohemio que de repente se entera que tiene un hijo de 5 años con una ex novia y decide ayudar en su crianza.
Julia es una abogada muy exitosa que intenta compatibilizar su trabajo con la maternidad junto a su esposo Joel, quien elige quedarse en la casa para encargarse de las tareas del hogar y de su hija. Pero con el pasar de los días se siente aburrido y solo.
Cada familia se enfrenta cada día a diferentes problemas pero eso no les impide buscar la ayuda de sus padres y hermanos para superarlos. La serie resalta la unión familiar de una manera muy inteligente y divertida. Esta es solo una breve descripción de los personajes, no quiero profundizar en los temas y dañar la trama de la serie. Puedes encontrarla en Netflix y empezar una muy buena maratón.
Cuéntanos tus opiniones y con cual personaje te identificaste más.
Conferencia: Dra. Alyson Schafer: «Disciplina sin premios ni castigos» Concurrieron más de mil personas, un centenar quedó sin poder ingresar. El entusiasmo del público lo llevó a pedir más actividades de ese tipo y la traducción al español de la obra de Alyson Schafer, manifestaron insistencia: padres, psicólogos y sobre todo docentes.
Se podrá apreciar a través del video el conocimiento profundo y la capacidad de transmitirlo de manera didáctica y sencilla, tal como lo hacía Adler, prescindiendo de términos técnicos. Para muchos fue el primer contacto con la Psicología Adleriana Comparada. Eso está motivando que diariamente recibamos email y llamadas telefónicas pidiendo que se abran cursos de introducción a la educación de padres. Por otra parte, los docentes insisten en la necesidad de contar con esta herramienta que es psicología profunda, prevención porque con esta herramienta se evitan ulteriores problemas, como neurosis, psicosis, delincuencia. Eso mismo había ocurrido en las primeras clínicas adlerianas.
El modelo está basado en la consigna de la pedagoga Maria Montessori de la inutilidad de los premios porque estos hacen que se trabaje por el premio y no por el logro preestablecido. Y los castigos son negativos porque generan un enérgico rechazo y situaciones vinculadas al odio debido a que los sometidos no quieren continuar en esa situación. ¿Qué es lo que ha tenido de nuevo desde la psicología profunda para remplazar esas viejas tácticas autoritarias y al mismo tiempo mantenerse lejos de todos los condicionamientos?
Está en el aporte de Dreikurs, para muchos el sucesor de Adler, quien acuñó los constructos de “consecuencias naturales” y “consecuencias lógicas”. El Centro de Estudios Adlerianos – IAIP Uruguay está haciendo eco a los reclamos y comenzará la constitución de talleres para padres y docentes.
Este artículo representa la opinión del autor y no necesariamente de aquellos que colaboran en Psyciencia.
En el 2011, Benedict Carey, del New York Times realizó una entrevista a Marsha Linehan, en la cual ella contaba su propio camino con trastorno límite de la personalidad (en inglés aquí).
La publicación de esa entrevista fue un pequeño revuelo: no es algo muy frecuente que una autora e investigadora respetada cuente que solía golpearse la cabeza contra el piso. Buscando material sobre la entrevista me encontré con una traducción hecha en el blog “Al cuidado del alma“, así que corregimos la traducción, adaptamos el formato, y la compartimos aquí para ustedes.
– ¿Eres una de nosotros?
La paciente, quería saberlo, y su terapeuta —Marsha M. Linehan de la University of Washington y creadora de un tratamiento usado alrededor del mundo para personas con graves tendencias suicidas— ya tenía una respuesta preparada. Era la misma que siempre usaba para interrumpir la breve pregunta, ya fuese que el paciente lo expresara lleno de esperanza, de manera acusadora o hábilmente tras haber visto el macramé de borrosas quemaduras, cortes y ronchas en sus brazos.
“¿Quieres decir, si he sufrido?”
“No, Marsha, quiero decir si eres una de nosotros; tal como nosotros. Porque si lo fuiste, eso nos daría mucha esperanza a todos” respondió la paciente en un encuentro durante la última primavera.
“Eso fue lo que me decidió” dijo la Dra. Linehan, de 68 años, quien contó su historia en público por primera vez la semana pasada ante una audiencia de amigos, familiares y médicos en el Institute of Living, de la clínica Hartford, lugar en donde fue tratada por su extrema retracción social cuando tenía 17 años. “Fue mucha gente la que me pidió que lo trajera a la luz y pensé: Bueno, tengo que hacerlo. Se los debo. No puedo morir como una cobarde”.
Nadie sabe cuánta gente con graves enfermedades mentales llevan vidas en apariencia normales y prósperas, debido a que esas personas no tienen la costumbre de anunciarse como tales. Están demasiado ocupadas haciendo malabares con sus responsabilidades, pagando sus cuentas, estudiando y construyendo sus familias, haciendo de todo mientras resisten ráfagas de oscuras emociones o alucinacinoes que podrían abrumar rápidamente a casi cualquiera.
Ahora, un creciente número de tales personas se están arriesgando a exponer sus secretos considerando que ha llegado el momento. Dicen que el sistema de salud mental de la nación es un matadero, que criminaliza a muchos pacientes y deposita a algunos de los más graves en hogares de cuidado y en grupos en donde reciben la atención de trabajadores con mínima formación.
Más aún, el permanente estigma de enfermedad mental le enseña a las personas con este diagnóstico a pensar en sí mismas como víctimas, dejando de lado la única cosa que puede motivarlos a hallar un tratamiento: la esperanza.
“Existe una tremenda necesidad de cortar con los mitos de la enfermedad mental, de ponerles rostro, para así mostrarles a las personas que el diagnóstico no conduce a una vida dolorosa y marginal”, sostiene la Dra. Elyn R. Saks, profesora de la University of Southern California School of Law, quien narra su propia lucha contra la esquizofrenia en The Center Cannot Hold: My Journey Through Madness. “Nosotros, quienes luchamos con estos trastornos, podemos llevar vidas plenas, felices y productivas si tenemos los recursos adecuados.”
Esos recursos incluyen medicación (normalmente), terapia (con frecuencia), una cierta dosis de buena suerte (siempre) y por sobre todo- la fuerza interior para dominar o hasta expulsar los propios demonios. Y, según lo dicen estos pacientes, aquella fuerza puede provenir de diversos lugares: del amor, del perdón, de la fe en Dios o de una amistad de toda la vida.
Pero el caso de la Dra. Linehan muestra que no existe una receta determinada. Ella se vio inmersa en una misión de rescate de personas que tienen una tendencia suicida de carácter crónico, con frecuencia como resultado de un trastorno de personalidad borderline, una enigmática condición caracterizada parcialmente por necesidades autodestructivas.
“Sinceramente, en ese entonces no comprendía que estaba tratando conmigo misma. Pero supongo que es verdad que logré desarrollar una terapia que me proveyó de las cosas que necesité durante muchos años; y no las olvidé”, sostiene.
Linehan aprendió sobre la principal tragedia de su grave enfermedad mental de la manera más dura: golpeando su cabeza contra la pared de un cuarto de aislamiento.
Marsha Linehan llegó al Institute of Living el 09 de marzo de 1961, a la edad de 17 años, y rápidamente se convirtió en la única ocupante del cuarto de reclusión de la unidad conocida como Thompson Two, destinada a los pacientes más severamente afectados. El equipo no tuvo alternativa, la chica normalmente se agredía a sí misma quemándose las muñecas con cigarrillos, tajándose los brazos, las piernas y el vientre, valiéndose de cualquier objeto cortante que pudiera tomar.
El cuarto de aislamiento era una pequeña celda con una cama, una silla y una diminuta ventana enrejada. Pero el estar allí sólo profundizó su necesidad de morir, y Marsha se dedicó a hacer lo único que para ella tenía sentido en ese entonces: golpear su cabeza contra la pared y, posteriormente, contra el piso. Con fuerza.
“Mi experiencia en tales episodios era como si alguien más me lo estuviera haciendo. Era como: ‘Sé que está viniendo y no tengo ningún control; que alguien me ayude. Dios mío, dónde estás?’ Me sentía totalmente vacía, me sentía como el Hombre de Hojalata. No tenía manera de comunicar lo que me estaba pasando, no tenía forma de comprenderlo”, expresa.
Su infancia en Tulsa, Oklahoma, proporcionó algunas pistas. Excelente estudiante desde temprano y naturalmente dotada para el piano, era la tercera de seis hijos que tuvieron un petrolero y su esposa, quien era una sobresaliente mujer que hacía malabares con el cuidado de sus niños, la Junior League y los eventos sociales en Tulsa.
La gente que conoció a los Linehan en aquel entonces recuerda que la precoz tercera niña con frecuencia tenía problemas en su hogar, y la Dra. Linehan recuerda sentirse profundamente inadecuada en comparación con sus atractivos y exitosos hermanos. Pero cualquiera haya sido la corriente de aflicción corriendo bajo la superficie, nadie se percató de ello hasta que quedó postrada a causa de dolores de cabeza durante el último año de la secundaria.
Su hermana menor, Aline Haynes, recuerda “Esto era Tulsa, en los sesenta. No creo que mis padres hayan tenido idea sobre qué hacer con Marsha. En realidad nadie sabía qué enfermedad mental era.”
Prontamente un psiquiatra local recomendó que permaneciese en el Institute of Living hasta dar con el problema de fondo. Allí, los médicos le dieron el diagnóstico de esquizofrenia, le suministraron dosis de torazina, librium y otras drogas muy fuertes, como así también muchas horas de análisis freudiano; también la sujetaron para realizarle tratamientos de electroshock: 14 veces la primera vez y 16 la segunda, según los registros médicos. Nada cambió, y la paciente pronto volvió a la reclusión del ala cerrada.
“Todos estaban aterrorizados de acabar allí”, dijo Sebern Fisher, una paciente que llegó a ser amiga íntima de Marsha. Pero sin que importara su entorno, la Sra. Fisher agrega “ella era capaz de cuidar con mucha atención a otra persona. Su pasión era tan profunda como su soledad.”
Un sumario de alta, fechado el 31 de mayo de 1963, consigna que “en 26 meses de hospitalización, la señorita Linehan fue una de las pacientes más perturbadas de la clínica durante gran parte del tiempo.”
Un verso que la turbada chica escribió en ese entonces dice:
They put me in a four-walled room
But left me really out
My soul was tossed somewhere askew
My limbs were tossed here about
Mientras golpeaba su cabeza en dondequiera que estuviese, la tragedia permanecía. Nadie sabía lo que le sucedía, y por eso el cuidado médico solo lo hizo peor. Cualquier tratamiento verdadero no tendría que haberse basado en la teoría, concluyó posteriormente ella, sino en los hechos: qué emoción precisamente lleva a un pensamiento que conduce luego a un acto siniestro Se tendría que quebrar esa cadena y enseñar una nueva conducta.
“Estaba en el infierno. E hice una promesa: cuando salga, regresaré y sacaré a otros de aquí”, afirma.
La Dra. Linehan sintió el poder de otro principio mientras estaba en una pequeña capilla en Chicago.
Corría 1967, varios años después de que dejara el instituto siendo una joven veinteañera a quien los médicos le dieron pocas oportunidades de supervivencia fuera del hospital. Y apenas logró sobrevivir: tuvo un intento de suicidio estando en Tulsa, cuando llegó a su casa; y otro episodio cuando posteriormente se mudó al YMCA, en Chicago, para un nuevo comienzo.
Linehan tuvo que ser hospitalizada otra vez y salió confundida, sola y más comprometida que nunca con su fe católica. Se mudó a otro YMCA, encontró trabajo como empleada en una compañía aseguradora y comenzó a tomar clases nocturnas en la Loyola University —y a rezar con frecuencia en una capilla en el Cenacle Retreat Center.
“Cierta noche estaba allí, arrodillada, mirando la cruz, y de pronto todo el lugar se volvió dorado y sentí que algo venía hacia mí. Fue una brillante experiencia. Luego tan solo regresé corriendo a mi habitación y me dije: Me amo a mí misma. Esa fue la primera vez que recuerdo haberme hablado en primera persona. Me sentí transformada”, afirma.
Aquella mejoría duró alrededor de un año, antes de que los sentimientos de devastación regresaran bajo la forma de un romance que finalmente terminó. Pero algo era diferente. Ahora podía superar sus tormentas emocionales sin cortarse o dañarse a sí misma.
¿Qué había cambiado?
Le tomó años de estudio en psicología — obtuvo su doctorado en Loyola en 1971 — antes de encontrar una respuesta. A primera vista parecía obvio: se había aceptado a sí misma tal como era. Había intentado matarse muchas veces debido a que la brecha entre la persona que quería ser y la persona que era la dejaba desesperanzada, profundamente nostálgica por una vida que nunca conocería. Esa brecha era real e insalvable.
Aquella idea básica —aceptación radical, la llama ahora— gradualmente fue más importante a medida que empezó a trabajar con sus pacientes, al principio en una clínica de suicidas en Buffalo y luego como investigadora. Sí, el verdadero cambio era posible. La emergente disciplina del conductismo enseñaba que la gente podía aprender nuevas conductas —y que actuar de manera diferente puede, en el trascurso del tiempo, modificar las emociones subyacentes.
Sin embargo, las personas con una grave tendencia suicida han intentado cambiar millones de veces y han fracasado, por lo que la única vía para llegar a ellas era reconocer que su conducta tenía sentido: los pensamientos relacionados con la muerte eran una dulce liberación si se consideraba lo que estaban sufriendo.
“Era muy creativa con las personas. Noté eso de inmediato”, dice Gerald C. Davidson, quien en 1972 admitió a la Dra. Linehan en un programa de doctorado en terapia conductista en la Stony Brook University (en la actualidad, Davidson es psicólogo de la University of Southern California). Ella podía sacar a las personas de su centro; lo hacía desafiándolas con temas que no podían escuchar sin que se sintiesen menospreciadas, asegura.
Ningún terapeuta podría prometer una rápida transformación o un súbito insight de parte del paciente, y mucho menos una deslumbrante visión religiosa. Pero ahora la Dra. Linehan se encontraba acercando dos principios aparentemente opuestos que conformarían la base de su tratamiento: la aceptación de la vida tal como es —no como se supondría que fuera— y la necesidad de cambiar, a pesar de esa realidad y a causa de ella. La única manera de tener certeza de que se trataba de algo más que de una teoría era probarla científicamente, en el mundo real —y nunca existió duda alguna sobre por dónde empezar.
“Decidí probar con personas supersuicidas, los casos más extremos, porque imaginé que eran las personas más sufrientes del mundo: piensan que son malignos, que son malos, malos, malos. Y yo entendía que no eran así. Comprendía su sufrimiento porque estuve allí, en el infierno, sin ninguna idea de cómo salir”, sostiene.
Eligió, en particular, tratar a personas con el diagnóstico que le habían dado a ella cuando joven: el trastorno límite de la personalidad, una condición pobremente comprendida que se caracteriza por las apego excesivo, estallidos e impulsos autodestructivos que con frecuencia llevan a cortes o quemaduras. Bajo terapia, los pacientes borderline pueden ser aterradores: manipuladores, hostiles, a veces siniestramente mudos y notables frecuentemente por salir del consultorio amenazando con suicidarse.
La Dra. Linehan observó que la tensión de la aceptación al menos podía mantener a las personas dentro de la habitación: los pacientes aceptan quienes eran, aceptan que sienten las ráfagas mentales de ira, vacío y ansiedad de manera mucho más intensa que la mayoría de las personas. Los terapeutas, a su vez, aceptan que dado todo esto, los cortes, quemaduras e intentos de suicidio tienen sentido.
Finalmente, el terapeuta pide al paciente un compromiso por cambiar su conducta; una promesa verbal a cambio de una oportunidad de vivir: “La terapia no funciona con las personas que están muertas”, dice Linehan.
Sin embargo, aún mientras ascendía por la escalera académica, yendo desde la Catholic University of America a la University of Washington en 1977, sabía a partir de su propia experiencia que la aceptación y el cambio difícilmente eran suficientes. Durante aquellos primeros años en Seattle a veces sentía las tendencias suicidas mientras conducía hacia su trabajo; incluso hoy todavía siente ráfagas de pánico, como le sucedió hace poco mientras conducía a través de unos túneles. Recurrió a terapeutas de tanto en tanto a lo largo de los años, en busca de apoyo y de guía (aunque no recuerda haber tomado medicamentos después de dejar el instituto).
El naciente enfoque para el tratamiento de la Dra. Linehan —llamado ahora terapia dialéctica conductual o DBT — tendría que incluir también habilidades para el día a día. Después de todo, un compromiso significa muy poco si las personas no tienen las herramientas para llevarlas a cabo. Así que utilizó algunas herramientas de otras terapias conductuales y agregó más elementos, como la acción opuesta, en la que los pacientes actúan de forma opuesta a la que sienten cuando una emoción es inapropiada; y la meditación mindfulness, una técnica zen por el que las personas se concentran en su respiración y observan sus emociones ir y venir sin ejercer ninguna acción sobre ellas (en la actualidad el mindfulness es de amplio uso en muchos tipos de psicoterapia).
En estudios llevados a cabo durante las décadas del 80 y 90, investigadores de la University of Washington y de otros centros siguieron el progreso de cientos de pacientes límites con alto riesgo de suicidio que asistieron semanalmente a sesiones de terapia dialéctica. En comparación con pacientes similares que acudieron a tratamientos de otros expertos, aquellos que aprendieron el enfoque de la Dra. Linehan realizaron muchos menos intentos de suicidio, llegaron a los hospitales con menor frecuencia y tuvieron muchas más probabilidades de permanecer en tratamiento. En la actualidad DBT es ampliamente utilizada para una gran variedad de pacientes inflexibles, incluyendo delincuentes juveniles, personas con trastornos alimenticios y adicción a las drogas.
“Creo que la razón por la que DBT se ha extendido tanto se debe a que se dirige a algo que antes no podía tratarse; las persona no sabían qué hacer cuando se trataba de trastorno límite. Pero considero que el motivo por el que DBT ha resonado tanto dentro de la comunidad terapéutica tiene mucho que ver con el carisma de Marsha Linehan, con su habilidad para conectarse tanto con personas en tratamiento como también con la audiencia científica”, afirma Lisa Onken, directora de la filial de tratamiento conductual e integrativo del National Institute of Health.
Quizás lo más destacable sea que la Dra. Linehan ha alcanzado un lugar en el que puede mantenerse de pie y contar su propia historia, sea como sea. “Ahora soy una persona muy feliz”, dijo en una entrevista en su casa cerca al campus, en donde vive con su hija adoptada, Geraldine; y con Nate, el esposo de ésta. “Por supuesto, todavía tengo altas y bajas, pero creo que son como las de cualquiera”, sostiene.
Después de su exposición la semana pasada, visitó el cuarto de reclusión en el que estuvo, que ahora se ha convertido en una pequeña oficina. “Bueno, vean eso, han cambiado las ventanas. Ahora hay mucha más luz”, dijo, levantando sus palmas.
Artículo previamente publicado en Grupo ACT y compartido para Psyciencia.
Artículo recomendado: Entrevista a Marsha Linehan, creadora de la Terapia Dialectico Conductual.
La información que viaja por el Sistema Nervioso se sirve de tres tipos de neuronas:
Neuronas sensitivas: Envían información desde los tejidos corporales y los órganos de los sentidos hacia el Sistema Nervioso Central, que procesa la información.
Interneuronas: El procesamiento nombrado anteriormente requiere la participación de las interneuronas, que pertenecen al Sistema Nervioso Central y permiten la comunicación interna. Además, intervienen entre los impulsos sensoriales aferentes y los impulsos motores eferentes.
Neuronas motoras: Son las que se encargan de transportar la información eferente desde el Sistema Nervioso Central hasta los músculos y las glándulas.
Nuestro sistema más complejo es el de las interneuronas ya que contamos con algunos millones de neuronas sensitivas y motoras pero miles y miles de millones de interneuronas.
Fuente: Myers (2006), Psicología 7ma edición, Editorial Médica Panamericana: Madrid
La diabetes mellitus y la depresión constituyen las enfermedades más prevalentes en el mundo, dentro de sus respectivas áreas de estudio, la metabólica y la psiquiátrica. Sin embargo, existe evidencia de que los pacientes con diabetes tienen mayor riesgo de padecer depresión.
Objetivo
Presentar una revisión actualizada acerca de los aspectos clinicoepidemiológicos, psicosociales, emocionales y neurobiológicos acerca de la relación de la diabetes y la depresión.
Desarrollo
Estudios epidemiológicos indican que no sólo existe mayor prevalencia de depresión en la diabetes, sino que su asociación incrementa la mortalidad de los pacientes. A pesar de que existe un considerable número de estudios clínicos que apoyan esta relación, poco se ha descrito acerca de los mecanismos neuroquímicos que constituirían sus bases neurobiológicas.
Conclusión
Alteraciones en el metabolismo de las aminas biógenas (serotonina y noradrenalina), del eje hipotálamo-pituitaria-adrenal (al aumentar el cortisol) y de agentes tróficos, como el factor de crecimiento derivado del cerebro, a través de la glucógeno sintasa cinasa-3, constituyen algunas de las anormalidades documentadas en modelos animales o en pacientes con diabetes que podrían explicar la asociación entre la depresión y la diabetes. Adicionalmente, se consideran de manera breve los factores psicoemocionales que pudieran subyacer a la relación entre la depresión y la diabetes, haciendo también un paréntesis en los efectos (en su mayoría deletéreos) de la terapia antidepresiva en el control glucometabólico.
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Descarga el PDF completo: Depresión y diabetes: de la epidemiología a la neurobiología
Fuente: Neurologia
Una fobia consiste en un miedo intenso y persistente a un objeto o situación. Este miedo puede activarse ante el objeto o situación, presente o no, ya que en muchos casos el sujeto lo que hace es anticiparse al mismo. El miedo en ocasiones se refiere incluso a llegar a perder el control al exponerse ante lo temido.
(Artículo relacionado: Definición de la semana: Fobia especifica)
Cuando una persona presenta fobia, intenta insistentemente evitar aquello que le genera el temor ya que podría llegar a experimentar pánico, miedo, taquicardia, sudoración, pérdida de control, sensación de ahogo o falta de aire, entre otros.
A continuación exponemos algunas de las fobias más y menos comunes
Tras una evaluación exhaustiva se elabora un plan de tratamiento individualizado, donde el principal objetivo se centra en la reducción de la ansiedad del paciente. Para ello es necesario que el paciente comprenda qué relación existe entre sus pensamientos, emociones y conductas ya que se llevará a cabo un entrenamiento específico para que la persona sea capaz de manejar los pensamientos negativos existentes ante el estímulo fóbico. De esta manera, podrá modificarlos por otros más adaptativos que generarán una menor intensidad emocional y conductas más aptas para el enfrentamiento de lo temido.
(Artículo recomendado: Terapia de Exposición para las Fobias)
Además se entrenará a la persona en técnicas de relajación y/o respiración para así conseguir a través de una exposición gradual, progresiva y controlada la exposición al estímulo fóbico.
Artículo previamente publicado en Psicoadapta y fue modificado para su publicación. Psicoadapta es un centro especializado en terapia cognitivo conductal y EMDR para adultos y niños en Madrid, España
Imagen: Flickr
El concepto “adolescencia” aparece en la sociedad industrial del siglo XIX, y se refiere a un proceso de transición, de cambios, no tanto una etapa definida.
Siguiendo las representaciones actuales, los adolescentes estarían llenos de carencias comparándose con una persona adulta, ya que son fácilmente influenciables por los medios de comunicación, dan mucha importancia a los grupos, les encanta ser el centro de atención, piensan que son observados constantemente, se caracterizan por la impulsividad y el no pensar en las consecuencias de sus actos, están “plagados” de conflictos internos, obsesionados por el sexo y son insensatos por creer que las situaciones son fácilmente modificables. Pero, esta definición de los adolescentes ¿es real o es sólo un estereotipo? Además, cuando se hace ese boceto de los adolescentes ¿con quién se les está comparando: con cualquier adulto, o con un adulto idealizado?
En la sociedad postmoderna no se los tachaba de individuos llenos de aspectos negativos sino todo lo contrario, se les valoraba como personas maduras y refinadas, con ideas reformistas. De hecho, podríamos llegar a decir que en esa época eran todo un modelo social, ya que muchos adultos querían parecerse a ellos. Quizá, en parte, podamos decir que actualmente hay personas que vuelven a considerar a los adolescentes como modelos por el ser jóvenes y por serles también atribuidas ciertas cualidades, como la de ser despreocupados, alegres y creativos.
¿Con quién se les está comparando: con cualquier adulto, o con un adulto idealizado?
La adolescencia es un momento muy importante debido a que la persona está explorando, está conformando su identidad, definiendo sus gustos y diferenciándose de los demás. Para formar su identidad, y lograr más independencia y autonomía, se distancia de los progenitores (que hasta ese momento eran su principal figura de referencia) y comienzan a sentirse más vinculados con aquellos que tienen su misma edad.
Sobre lo dicho anteriormente de que hay muchas ideas negativas y estereotipos sobre la adolescencia, es en el sentido de que se exageran ciertas cuestiones. Por ejemplo, sobre la impulsividad, es cierto que puede ser mayor en el adolescente, y tiene como factor (no causa) la falta de madurez de la corteza prefrontal. ¿Los adolescentes no saben manejar las emociones? En parte será por tener una actividad en la amígdala superior a la del lóbulo frontal (en los adultos sucede a la inversa), pero, de todos modos ¿estas diferencias son tan grandes? Las relaciones entre los cambios cerebrales (que tienen mucha presencia durante la adolescencia, hasta los 20 años que es cuando el cerebro alcanza la madurez) y la conducta no son causales. Toda conducta atiende a muchos factores, nunca hay una sola causa que la explique.
En la adolescencia influyen, como en cualquier otro momento de la vida: la educación recibida, la suma de experiencias vividas, posibles acontecimientos que puedan perturbar el bienestar de la persona –como fallecimientos en el entorno familiar, divorcio, cambios de residencia, etc.
Hay cambios físicos y biológicos (durante toda la vida se producen cambios aunque se hallen bastante acentuados en la pubertad). Por ello, debemos ser críticos con los estereotipos sobre la adolescencia para no actuar de forma sesgada. Puede que, aquello que pensamos que suelen cumplir los adolescentes, como la rebeldía, no lo cumpla esa persona con la que nos hallamos pero que pase a cumplirlo a modo de profecía autocumplida. Y es que lo que pensamos de las otras personas influye mucho en el modo en que estas se comporten, ya que, sin casi darnos cuenta, actuaremos de forma distinta ante ellas y sus respuestas variarán.
Si tratamos a una persona como que no se entera de nada y ya decimos que es que “está en la edad del pavo”, sin pararnos a ver si realmente tiene esa conducta que le atribuimos por haber alcanzado una determinada edad ¿no se rebelará ante nosotros? ¿no mostrará enfado y se distanciará? La pregunta queda abierta, aunque la respuesta parece clara.
Solicite información aquí.
La presente jornada está dirigida a estudiantes y profesionales de la salud mental y de la educación. Tiene como objetivo que el asistente pueda distinguir el fenómeno de Bullying (hostigamiento entre pares) como proceso social e individual.
Se presentará el desarrollo emocional infanto-juvenil, desde una perspectiva neurocientífica que contemple la interrelación de aspectos sociales, culturales y biológicos.
Durante la disertación se irán desarrollando estrategias de afrontamiento, qué hacer al respecto desde los distintos roles, como ciudadano, como profesional de la salud mental, como docente, como padre, etc.
A través de la jornada, se trabajará además sobre aspectos legales del Bullying (Dr. Tessone) y se dictarán intervenciones psicológicas específicas en talleres de habilidades sociales (Lic. Torres y Lic. Mariani).
Por último, se presentarán resultados preliminares de la investigación comunitaria de Psicoeducar®; «Campaña AntiBullying: Qué hacer ante el hostigamiento de pares (2010-2015)».
Fecha: 9 de mayo de 2015.
Horario: de 10 a 18 ó 19 hs. (el horario admite una variación de una hora de acuerdo con la dinámica grupal. Incluye hora para almuerzo y dos intervalos).
Lugar: Marcelo T. de Alvear 1155.
Inscripción: se realiza con anticipación.
Para solicitar su inscripción, contáctese por mail a [email protected] o a los siguientes teléfonos: 4867-6378, 4902-6522 o 4342-1899.
Arancel: $650. (Reclama el 25% de descuento, diciendo que eres lector de Psyciencia)
En las películas y series de televisión no falta el personaje súper inteligente que usa lentes. Muchos podrían pensar, y me incluyo también, que es un cliché exagerado para caracterizar al personaje en el argumento.
Pero aunque no lo creas, desde hace 57 años la ciencia ha encontrado que las personas con miopía obtienen mejores resultados en las pruebas de CI y logran niveles más altos de educación en comparación con las personas que no son miopes. E incluso la correlación sostiene que cuanto mayor es la miopía (mayor graduación del lente) mayor es el nivel de inteligencia. O sea que la creencia popular está apoyada por la ciencia siempre y cuando la persona tenga miopía (problemas para ver de lejos) y no hipermetropía (problemas para ver de cerca), ya que los niños con esta última enfermedad tuvieron puntajes más bajos en el CI.
Todo comenzó a finales de la década de los 50 cuando Nadell y Hirsch encontraron que los niños estadounidenses con miopía tenían un CI más alto. Estos resultados han sido corroborados por investigaciones realizadas en República Checa, Dinamarca, Israel, Nueva Zelanda y Singapur.
La correlación se mantiene independiente al número de libros que leen
Entendiendo que la correlación no implica causa, seguramente pienses que la respuesta está en que la lectura promueve la miopía en personas que son genéticamente predispuestas. Sin embargo, la investigación realizada en el año 2004 por Saw y colaboradores, encontró que la correlación se mantiene independiente al número de libros que leen los niños por semana, la edad, género, escuela y educación parental.
Entonces, ¿cual es la causa de esta correlación? Los científicos todavía no tienen una respuesta clara sobre cuáles son los mecanismos subyacentes entre estos dos fenómenos, pero creen que se debe a diversos factores genéticos y ambientales.
Por ejemplo, en 1987 el investigador danés T.W. Teasdale publicó una investigación que sugiere que la ¨exploración fiscal del entorno cercano¨ desde el nacimiento, podría estar asociada tanto a una mayor inteligencia y a la miopía. Por otro lado Saw et al, 2004 y Czepita D 2008, creen que también podría haber un factor genético que afecta el tamaño del ojo o su crecimiento (asociado con la miopía) y el tamaño de la corteza neocortical, la cual está vinculada con la inteligencia.
La relación entre la miopía y la inteligencia ha generado mucho debate. Los investigadores todavía siguen intentando encontrar su causa. Pero la evidencia disponible indica que la miopía y la inteligencia realmente podrían estar significativamente asociadas. Quizás Stephen Hawkings y Bill Gates sean ejemplos de ello.
Aquí te dejo otra investigación recientemente publicada en el Journal of Ophtalmology que evalúa la evidencia de ésta relación a través de los años.
Imagen: IndieWire
Hoy en día, la televisión no solo es parte de casi cualquier hogar a nivel mundial, sino que también la vemos en escuelas, universidades, restaurantes, etc. Por tal razón, la misma ha sido objeto de algunos estudios, ya que obviamente alguien se preguntó en algún momento si este aparato tan común que utilizan niños, adolescentes y adultos, es bueno o no, qué tipo de programas benefician, hasta qué punto, considerando que la niñez es un tiempo de rápido aprendizaje y desarrollo, cuál es el impacto en ellos. Sin embargo, las conclusiones de las investigaciones sobre los beneficios y consecuencias específicos de la TV en los niños han sido inconclusas.
Una posibilidad es que los programas educacionales podrían ser una manera más conveniente y moderna de mejorar el aprendizaje de los niños. Varias compañías han empezado a ofrecer videos a familias con niños pequeños, publicitando su producto como enfocado al aprendizaje.
Se encontró que la televisión tenía un impacto negativo en el desarrollo del lenguaje de los niños
Sin embargo, existe otra posibilidad: el tiempo dedicado a la televisión puede ser tiempo perdido en cuanto a oportunidades importantes para aprender y desarrollarse. Mirar la televisión ¿podría realmente estar dañando el desarrollo de los niños? Un nuevo estudio sugiere que tal vez sí.
En la investigación participaron 1778 niños coreanos, los cuales fueron evaluados con respecto al desarrollo de su lenguaje y el tiempo que pasaban mirando televisión. Los científicos también abordaron otros factores que podrían influir, tales como el cuidador principal, el nivel de ingresos de la casa y el tamaño de la ciudad en la que viven. A su vez, se recolectó información sobre los padres: nivel educativo, empleo, satisfacción marital y patrones de comunicación con su hijo/a.
Se encontró que la televisión tenía un impacto negativo en el desarrollo del lenguaje de los niños. Más específicamente, la cantidad de tiempo que los niños pasaban mirando televisión estaba directamente vinculada al desarrollo del lenguaje: los niños que miraban más televisión presentaban un desarrollo del lenguaje reducido.
Los niños que pasaban más de 2 horas diarias mirando TV, eran de 2.7 a 3 veces más propensos a´presentar un retraso en el lenguaje
En promedio, los niños del estudio pasaban 1.21 horas por día mirando televisión. Sin embargo, los niños que pasaban más de 2 horas diarias mirando TV, eran de 2.7 a 3 veces más propensos a presentar un retraso en el lenguaje que aquellos que la miraban por menos de 1 hora al día.
Si bien estos resultados no pueden decirnos si es la televisión la que causa los retrasos en el lenguaje, no debemos ignorarlos a la hora de decidir cuánto tiempo pasarán nuestros pequeños frente al televisor.
Los autores creen que los hallazgos son especialmente importantes ya que se trata de niños pequeños que están en desarrollo. Ellos sugieren a los padres que se provean también otras formas de desarrollar el lenguaje como por ejemplo la lectura de libros o juegos.
Fuente: Psypost
La Real Academia de Ciencias de Suecia otorga, desde 1901, el premio Nobel a los descubrimientos científicos o contribuciones más importantes para la humanidad. Este prestigioso galardón no tiene una categoría para la psicología (ni para las matemáticas), pero esto no ha detenido a los psicólogos.
En el año 2002, Daniel Kahneman fue el primer doctor en psicología en obtener el premio nobel por sus investigaciones sobre la toma de decisiones en momentos de incertidumbre. Y en octubre del año pasado los los psicólogos John O’Keefe y el matrimonio May-Britt Moser y Edvard I. Moser ganaron en conjunto el premio nobel de fisiología y medicina, por sus hallazgos de las células que forman el sistema de posicionamiento del cerebro. En otras palabras, es el GPS interno que nos permite orientarnos en el espacio y saber dónde nos encontramos.
Explica cómo el cerebro crea un mapa del espacio que nos rodea y cómo podemos movernos en un entorno tan complejo
El descubrimiento tomó más de 43 años de investigación, se dio cuando O’Keefe encontró que un tipo de células nerviosas alojadas en el hipocampo de ratones estaban siempre activas al hallarse en un lugar determinado y otras células se activaban cuando estaban en un lugar diferente. A estas últimas las denominó ¨células del lugar¨. Ese fue el primer componente del GPS interno. Luego, en el 2005, los Mosers encontraron otro tipo celular que llamaron ¨células cuadrícula¨ porque generan un sistema de coordenadas que permiten el posicionamiento preciso en el espacio.
Los descubrimientos de O’Keefe y los Mosers explican cómo el cerebro crea un mapa del espacio que nos rodea y cómo podemos movernos en un entorno tan complejo. Un problema que había interrogado a filósofos y científicos por siglos.
Un breve perfil profesional de los ganadores:
John O’Keefe: En 1967 obtiene su doctorado en Psicología Fisiológica por la Universidad de McGill, en Canadá. Desde 1987 se desempeñó como profesor de Neurociencia Cognitiva en el University College de Londres y actualmente es el director del Centro de Circuitos Neuronales y de Conducta de la misma universidad.
May – Britt Moser: Nació en la ciudad sueca de Fosnavag en 1963. Estudió con su esposo psicología en la Universidad de Oslo, tiene un Doctorado en Neuropsicología y es directora del Centro de Computación Neuronal en Trondheim.
Edvard Mosers: Nació en 1962 en Noruega y es psicólogo, neurocientífico y director del Kavli Institute for Systems Neuroscience and Centre for Neural Computation.
Los logros de Kahneman, O’Keefe y los Mosers son ejemplos que indican que los psicólogos están desarrollando investigaciones interesantes y demostrando que la utilidad de la psicología y las neurociencias no se restringe al consultorio, a la evaluación o a los ámbitos ya conocidos. La psicología está en todo lo que hacen los humanos y que los psicólogos ganen premios en otras ramas es una prueba de eso.
Fuente: Nobel Prize
Imagen: ScienceNews
¨ Como siempre, me costaba mucho menos pensar que ser.¨ – Julio Cortázar, escritor argentino
En 1995, el psicólogo estadounidense Daniel Goleman publicó el libro “Inteligencia Emocional”, obra en la cual postulaba la existencia de un conjunto de habilidades relacionadas con el autocontrol, el entusiasmo, la perseverancia y la automotivación, que se distinguían de las habilidades lógicas consideradas tradicionalmente en la medición del CI. La tesis de Goleman sugiere un punto de reflexión desconcertante: incluso las personas más sobresalientes, con un CI elevado, podían llegar a ser pésimos directores en la orquesta de sus vidas, sucumbiendo con gran facilidad ante las pasiones desenfrenadas y los impulsos ingobernables.
Estamos condenados a sentir. Y puede interpretarse el “condenados” de muchas maneras, pero sugiero que sea en este sentido: irremediablemente hundidos en el fango de las emociones cotidianas. Todos nos vemos expuestos, día a día, a situaciones que despiertan en nosotros alegría, tristeza, miedo, frustración o ira. Es normal y necesario; las emociones fungen como alarmas, como detectores de humo que nos ayudan a asimilar y organizar la información proveniente del medio externo para establecer un equilibrio en el interno. Es muy probable que para ti, que lees esto ahora, las emociones sean fenómenos tan naturales como llenar un vaso con agua; puede que incluso las consideres maravillosas, y de hecho lo son: en gran medida, distinguen a una mujer de una roca y a un hombre de un zapato. Sin embargo, este artículo no se trata de exponer el paraíso de las emociones según la gente positivamente emocional, sino el infierno de las emociones según la gente torpemente emocional (y el “torpemente” también puede interpretarse de muchos maneras, pero sugiero que sea en el sentido: no estamos muy cómodos con esto).
¨ Todas las emociones son, en esencia, impulsos que nos llevan a actuar, programas de reacción automática con los que nos ha dotado la evolución (…) Es sólo en el mundo “civilizado” de los adultos en donde nos encontramos con esa extraña anomalía del reino animal en la que las emociones, los impulsos básicos que nos incitan a actuar, parecen hallarse divorciadas de las reacciones (…) ¿Cómo puede una persona con un nivel de inteligencia tan elevado llegar a cometer un acto tan estúpido? La respuesta necesariamente radica en que la inteligencia académica tiene poco que ver con la vida emocional.¨ – (Goleman, 1995)
En condiciones ideales, el pensamiento lógico y los sentimientos van de la mano, asociación que nos permite tomar decisiones adecuadas, comunicarnos asertivamente e interpretar de forma eficaz las señales captadas a través de los sentidos. Aún cuando en el agitado estilo de vida moderno pocas personas se tomen un café mientras dialogan acerca de sus emociones, el lenguaje emotivo está tan arraigado a la humanidad que, normalmente, somos capaces de saber cómo se siente alguien con solo mirarle. Este conocimiento del mundo emocional no solo fortalece la empatía, sino que nos facilita el maniobrar en situaciones que ameritan una respuesta rápida. En palabras del psicólogo Keith Oatley, de la Universidad de Toronto, las emociones “son como la sirena de una ambulancia: no te dicen lo que ha sucedido, pero si estás manejando, hacen que te eches a un lado para dejar camino al vehículo que viene pasando” (Oatley, 1989).
Para el psicólogo clínico Travis Bradberry, coautor del libro “Inteligencia Emocional 2.0”, el concepto de inteligencia emocional hace referencia a “algo dentro de nosotros que es un poco intangible, y que afecta cómo manejamos nuestro comportamiento, navegamos complejidades sociales y tomamos decisiones personales que desenlazan en resultados positivos” (Bradberry, 2014). Distingue, además, dos grandes dimensiones como pilares básicos de la inteligencia emocional: la competencia personal, que incluye la conciencia y manejo de las propias emociones, y la competencia social, que involucra el ser capaces de reconocer las emociones de los demás, entenderlas y emplear este grado de conciencia para manejar con éxito las relaciones interpersonales.
Indudablemente, una inteligencia emotiva sólida es un arma favorable en todos los campos de la vida humana, pero ¿qué pasa con quienes hallan un suplicio en la sola tarea de distinguir sus emociones? ¿Qué ocurre cuando la mente entrenada para el pensamiento lógico no encuentra opciones lógicas? La respuesta es simple: lo que ocurre es que fallamos. Torpemente.
¨ Las personas que son emocionalmente inteligentes no remueven todas sus emociones al momento de tomar una decisión. Remueven aquellas emociones que no tienen nada que ver con la decisión que van a tomar.¨ Stéphane Côté, profesor de Comportamiento Organizacional Universidad de Toronto (Huffington Post, 2013)
Los orígenes de una escasa inteligencia emocional son diversos. Märtin & Boeck (2013) destacan el impacto del abandono y las experiencias violentas en la infancia y su efecto en la modificación química del cerebro. Un niño que es atendido de forma mecánica, sin recibir atención emocional, crea a nivel cerebral una especie de trinchera bioquímica que puede dar lugar a ataques de ira más adelante. Un niño que ha recibido poco afecto difícilmente logra desarrollar una emotividad estable, pues tiende a formarse un autoconcepto negativo, culpándose a sí mismo de la poca atención brindada por sus padres. No cuesta imaginar que, a medida que el niño crece, su falta de confianza se traslada a escenarios de la vida adulta, convergiendo en una acumulación de fracasos que atribuye a su “incapacidad”. Fácilmente, podemos deducir que una escasa inteligencia emocional se relaciona directamente con una baja tolerancia a la frustración y el surgimiento de creencias irracionales del tipo: “No puedo. No valgo. No soy”.
Desde luego, una infancia de abandono y violencia no es la única causa de una inteligencia emocional deficiente. Para Daniel Goleman, hemos dado demasiada importancia a los aspectos puramente racionales, a todo aquello que nos brinda un aproximado del CI; sin embargo, en aquellos momentos de la vida en los que nos vemos arrastrados por las emociones, la inteligencia estrictamente lógica queda por completo desfasada. La mente excelentísima, capaz de resolver el acertijo de Rubik en cuestión de segundos, se paraliza ante un evento traumático, incapaz de asimilar algo tan insustancial como el sufrimiento humano; la inteligencia espacial no es de gran ayuda en un arrebato de celos y la comprensión de la física cuántica no es un tratamiento preventivo contra la distimia.
Es un hecho: los sistemas educativos mayoritarios otorgan más relevancia a una formación académica racional basada en la adquisición de nociones y habilidades útiles para ser competentes en términos rentables, que al desarrollo intrapersonal. El potencial humano ha sido sistematizado en una escala numérica que facilita exportarnos al mercado laboral en muestras enlatadas: “Excelente”. “Bueno”. “Inútil”. Muchos fuimos educados para competir, no para sentir; el resultado es que somos muy buenos en lo primero y francamente desgarbados en lo segundo.
¨ Nuestras emociones necesitan ser educadas tanto como nuestro intelecto. Es importante que aprendamos a sentir, a responder, a dejar que la vida misma nos toque.¨ – Jim Rohn, escritor estadounidense
Las emociones sobrevienen cuando nuestras metas o expectativas se ven afectadas. La consecuencia directa de una inteligencia emocional deficiente implica una dificultad inusual para hacer frente a la pérdida, al fracaso o al rechazo, para reconocer, manejar e incluso verbalizar las propias emociones. La angustia, la ansiedad o la decepción se convierten, entonces, en espectros de ocho brazos que nos acechan; la felicidad se reduce a una mera sensación de conformismo o a un ataque de éxtasis; la molestia se torna fácilmente en ira; el amor es un enigma poco práctico y, las relaciones interpersonales, un protocolo confuso. Las consecuencias del analfabetismo emocional calan a nivel individual y colectivo, llegando a dificultar el dar respuesta a preguntas tan sencillas como un: “¿Qué tal te sientes hoy?” o “¿Qué cosas te hacen feliz?”. Un autoconocimiento emotivo pobre limita nuestra capacidad para establecer vínculos afectivos con los demás, y nos pinta un mundo de contrastes o muy negros o muy blancos, con cataclismos a la vuelta de la esquina.
En algunos, la idea de que el ser humano ideal es una máquina perfecta ha sido implantada por un modelo educativo regido por la disciplina y la autoexigencia, y aunque los resultados, sin duda, implican una formación notable de habilidades como la comprensión verbal, la velocidad perceptual o el razonamiento lógico, la realidad nos dice que con eso no basta. Que quizás nos hemos equivocado. Torpemente.
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Bradberry, T. (1 de Septiembre de 2014). Emotional Intelligence – EQ. Forbes.
Goleman, D. (1995). Inteligencia Emocional. Barcelona: Kairós.
Huffington Post. (22 de Noviembre de 2013). How Emotional Intelligence Can Improve Decision-Making. The Huffington Post.
Märtin, D., & Boeck, K. (2013). EQ. Inteligencia Emocional: Claves para triunfar en la vida. Madrid: EDAF.
Oatley, K. (1989). The importance of being emotional. New Scientist, Vol. 123(N° 1678), 33-36.
¨Una persona, al descubrir que es amada por ser como es, no por lo que pretende ser, sentirá que merece respeto y amor.¨ – Carl Rogers
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